Todos los días hay que escribir de
nuevo la Carta de Rodolfo Walsh,
aunque sea como una plegaria
contra el Mal.
(De redes sociales)
El legítimo voto popular nos introdujo en una trampa trágica. Mucho hay para pensar y decir al respecto, a contramano de consentimientos, obsecuencias, conformismos y acomodamientos. Escasa ocasión, en cambio, para matizar una conversación pública sofocada por múltiples razones. Hay de las propias, la desmoralización de la derrota, entre la autoinculpación y la erosión de la autoestima por un lado, y la abrumadora, sistemática diatriba contra el campo popular, y a favor del terrorismo económico y el genocidio social. Terrorismo económico es someter a una población (hemos olvidado desde cuándo) a un estado constante de pánico sobre datos, variables y articulaciones causales presentados como leyes de la naturaleza que, si no se obedecen según las instrucciones de un colectivo de oficiantes de tales supersticiones, acarrearán tremendas e imputables desgracias. Genocidio social es empujar a una parte vulnerable e indefensa de la población a condiciones de miseria, llevarla a un borde inhabitable mientras el resto del país mira para otro lado. El denominado 2001 mostró empíricamente cómo podía ocurrir, y ahora es programa de gobierno.
Una creencia mágica se ha instalado en las conversaciones públicas: el sacrificio es exigido a cuenta de una venturosa e ineluctable secuela. Las condiciones precedentes son culpa íntegra del campo popular, que no debió haber sido tan demandante sino mucho más discreto hacia la renta del Capital que, como sabemos, es víctima heroica de la historia, única actora desde el pleistoceno de las aventuras paradisíacas prometidas por religiones y utopías. No, solo el dinero bajo imperio de la propiedad privada salva, todo lo demás es crimen, mentira, robo.
Enseñanzas extravagantes amparadas por la libertad de cátedra en numerosas universidades, nunca expectantes de gobernar efectivamente en sus propios términos, de pronto fueron instaladas por un estado de colectivo extravío en el gobierno de un país. Mientras tanto, poderes globales se frotan las manos por el experimento disparatado que a nadie se le podría haber ocurrido nunca ni en ningún lado considerarse plausible. Tenemos un país que ofrecer al Moloch del anarcocapitalismo, a ver qué pasa.
Hay que mirar de frente al horror que nos subyuga, porque solo así podremos desestimar algunos falsos problemas con que nos quieren distraer, como si la gravedad de estos sucesos no fuera tal, fuera secundaria o, peor aún, fuera culpa nuestra.
La primera acepción de trampa en el Diccionario de la Real Academia Española remite a una perdición en la que se cae por el peso propio, en un aprisionamiento irreductible. Una trampa es donde ingresamos de modo voluntario, incauto, y una vez dentro nos hará daño permanecer, pero salir también. Es la lógica del secuestro de rehenes: permanecer como tales supone una consecuencia funesta, huir también. A diferencia de un arma, la trampa queda involucrada de modo inseparable en la suerte de la presa, a la que aprisiona bajo la condición de permanecer unida a su víctima. De modo similar, quien toma rehenes tiene como premisa un riesgo sacrificial: si no se hace lo que demando, moriremos todos. Acude entonces la pericia negociadora: cómo disminuir el riesgo o aun aventarlo sin que el sacrificio llegue a consumarse. O se hace lo que mando para destruir la institucionalidad republicana, o la destruyen ustedes al impedírmelo. O me permiten destruir la estatalidad, o la destruyen ustedes si se sublevan. Nada me importa más que mi norma absoluta, ni antes ni después. No soy un actor político sino un ángel de la muerte con un único propósito. No tengo nada que perder. Llegué. Estoy.
La primera cuestión que se requiere en caso de caer en una trampa o en un secuestro es tener clara noción de la naturaleza de la situación. Se corre un riesgo terminal, y sobrevivir requiere prestar atención al mecanismo o procedimiento que aprisiona. Es famoso el llamado síndrome de Estocolmo, cuando la víctima se identifica con el victimario. De ello tenemos una epidemia. Van cayendo como moscas, tanto en el orden de la política como de los medios, como de las instituciones. Es exactamente lo que voté, dicen quienes no tienen idea de qué votaron porque si la tuvieran no necesitarían repetirlo a cada rato. Nunca nadie en ningún lado dice “es lo que voté” ante cualquier cosa que se haga y de la cual nada se dijo antes o se dijo cualquier otra cosa. Por lo que exactamente voté es por afiliarme al síndrome de Estocolmo que en este caso tuvo lugar de antemano. El secuestro ocurrió desde el primer día del raid televisivo. El evento consistió en un embargo de masas: un proceso de captura libidinal, de arrobamiento de multitudes sometidas a un encantamiento moral. Como tal, no tuvo la especificidad que se le podría atribuir. Respondió a un estado de afección colectiva de odio, de anti-estatalismo estólido, de sometimiento incondicional al fetichismo de la mercancía, y de un aspiracionalismo vacío, resentido y culposo, todo ello derivado para ser considerado más allá de estas breves líneas. Ese estado de cosas puede haberse remontado a la dictadura de 1976, aunque las genealogías traman tiempos largos. Sin embargo, un conjunto de rasgos discursivos y afectivos encuentran su configuración originaria en esas fechas.
Una creencia mágica se ha instalado en las conversaciones públicas: el sacrificio es exigido a cuenta de una venturosa e ineluctable secuela. Las condiciones precedentes son culpa íntegra del campo popular.
Una confusión que deslindar es sobre el propósito, o despropósito, en acto. Esto no es política ni tampoco es economía. Esto es detonar las tramas sociales argentinas, construidas para bien y para mal durante los cien años que se invocan, para que las ruinas sean adquiridas a bajo precio por mega corporaciones globales de capitales concentrados. Esto no es contra el cine, ni contra la universidad, ni contra la ciencia, salvo los estúpidos y reaccionarios prejuicios que muchos de ellos tienen en determinados temas. La destrucción de todo lo demás no es sobre las cosas en sí –salvo “daño colateral”–, sino sobre su régimen de propiedad, inversión y empleo. Se trata de que el “capital humano” quede a merced de su adquisición a precio de remate. Y para ello hace falta montar una narrativa apocalíptica, trasegada de odio, malestar y violencia. Del regateo forma parte devaluar lo que se anhela poseer para bajarle el precio. Aquí se trata además de exterminar (esa palabra usan) el régimen de propiedad realmente existente, es decir, la estatalidad entramada con el lazo social. A eso lo llaman regulaciones, y a la libre disponibilidad de todo lo existente en una entidad para ellos llamada Argentina, a eso lo llaman libertad. Es la libertad del predador para devorar a su presa una vez que la cazó e inmovilizó.
De esto no podremos salir mejores porque el tránsito que nos ocupa nos hace convivir con saturaciones de crueldad, indiferencia, odio, maldad habilitada y exhibida, de lo cual no hay retorno. Habrá primero que sobrevivir y luego reconstruir por el resto de los tiempos concebibles.
Hay que mirar de frente al horror que nos subyuga, porque solo así podremos desestimar algunos falsos problemas con que nos quieren distraer, como si la gravedad de estos sucesos no fuera tal, fuera secundaria o, peor aún, fuera culpa nuestra.
Solo quien ha transcurrido la vida preservando su integridad política a favor del pueblo sin haberla traicionado nunca, quien fue capaz de grandes orfebrerías políticas, electorales, movimientistas, solo ella nos ofrece una carta expectante frente al eventual destino de limitarnos a minorías virtuosas y testimoniales, del cual no habremos en modo alguno de renegar, aunque sin renunciar a lo que contamos como patrimonio experiencial histórico.
*Docente universitario, crítico cultural y ensayista.
*Esta nota fue publicada en el número 56 de la revista Contraeditorial.






