En “El oro de los tigres”, Borges recuerda que fue perdiendo los colores hasta que el amarillo quedó como una de las últimas luces que sus ojos podían reconocer. El oro era para él también ese color: el de los tigres, el de ciertas tardes, el de una memoria que se resistía a desaparecer.
Pero el oro tiene muchas vidas.
En la Argentina fue riqueza, respaldo, obsesión y también materia de leyenda. Durante décadas circuló una de las infamias más persistentes del antiperonismo: aquella historia según la cual, cuando cayó Perón en 1955, había tantos lingotes acumulados en el Banco Central que no se podía caminar por sus pasillos. Como tantas imágenes eficaces, importaba menos su veracidad que su utilidad política. El oro servía para construir un relato: el país supuestamente saqueado, el tesoro dilapidado, la riqueza perdida.
Curiosamente, setenta años después, el oro vuelve a producir preguntas. Pero esta vez no por un mito construido hacia atrás, sino por una incertidumbre del presente.
El presidente del Banco Central, Santiago Bausili, fue consultado sobre el destino de las reservas de oro que salieron del país. Primero evitó precisar dónde estaban. Después sostuvo que se encontraban depositadas en el Banco de Pagos Internacionales, en Suiza. Sin embargo, la cuestión no quedó despejada. La Auditoría General de la Nación señaló que su tarea de control sobre esas operaciones todavía no había concluido y que, por lo tanto, no podía confirmar oficialmente esa localización. Una demora que excede lo prudencial de la entrega por parte del BCRA.
Esto ocurre en un contexto donde el gobierno busca la reforma de la Carta orgánica del BCRA. No parece que esto garantice la “independencia” de la manipulación deseada, del organismo encargado de preservar la estabilidad de la moneda y del sistema financiero.
A esto se agregaron los interrogantes de la senadora Juliana Di Tullio, quien reclamó conocer el porqué del destino, las condiciones y las garantías bajo las cuales fueron trasladadas las reservas, y planteó además interrogantes sobre eventuales operaciones realizadas en Londres.
No se trata solamente de saber en qué bóveda están unos lingotes. Se trata de un activo perteneciente al Estado argentino. Cuando sobre un patrimonio público de semejante importancia aparecen respuestas incompletas, versiones sucesivas o controles todavía inconclusos, la incertidumbre se convierte en una cuestión política.
Tal vez por eso el oro vuelve a inquietar.
Durante buena parte de la historia económica mundial fue la medida de todas las cosas. Antes de que el dólar ocupara el centro del sistema monetario internacional, el patrón oro prometía una seguridad casi física: detrás del papel había metal. Algo pesado, limitado, aparentemente indiscutible. Después aquella equivalencia desapareció, pero la fascinación permaneció. Cada vez que el mundo se vuelve incierto, el oro reaparece como refugio.
No solamente entre los Estados, los bancos centrales o los grandes inversores.
También reaparece en las casas.
Cuando la economía aprieta, la gente común vende o empeña sus pequeños oros: el anillo de matrimonio, una alianza heredada, una cadenita, una pulsera, una medalla, una imagen religiosa. Objetos donde el valor económico y el afectivo se mezclan de una manera brutal. Lo que alguna vez fue regalo, recuerdo o promesa se pesa en una balanza y se transforma en dinero para atravesar el mes. Es otro patrón oro, mucho más doloroso.
El oro de las reservas nacionales y el oro de una familia terminan hablando, de maneras diferentes, de la misma palabra: seguridad. Una nación guarda metal para protegerse de las tormentas financieras; una familia vende sus últimas alhajas cuando las seguridades cotidianas empiezan a desaparecer.
Pero queda todavía otro oro: el que permanece bajo la tierra.
Y allí aparece la otra cara del color brillante. La minería aurífera, el extractivismo, las montañas removidas, el agua utilizada, los territorios que disputan qué significa realmente la palabra riqueza. Porque el oro que tranquiliza a los mercados puede significar conflicto ambiental en el lugar donde se lo extrae.
Tal vez por eso sea un material tan complejo. Puede representar estabilidad y despojo, reserva y necesidad, memoria y especulación, poder y supervivencia.
Borges alcanzaba a distinguir el amarillo cuando casi todos los demás colores comenzaban a abandonarlo. Nosotros seguimos viendo el oro con demasiados significados superpuestos.
El que alguna vez sostuvo monedas. El que alimentó mitologías políticas. El que hoy no sabemos con absoluta certeza dónde está. El que una familia lleva a una casa de empeños.
Además, está el que todavía duerme en una montaña, mientras alguien calcula cuánto vale extraerlo.
La bóveda, el alhajero y la montaña. Todos los oros.






