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Si las máquinas trabajan, ¿qué queda para nosotros?

Por José Pollola Baron
23 marzo, 2026
Si las máquinas trabajan, ¿qué queda para nosotros?

Una reflexión sobre la IA, la precarización en Argentina y el nuevo rol de los trabajos de cuidado.

Hace décadas se observa que la automatización viene sustituyendo tareas manuales por procesos cada vez más automatizados, pero hoy, con la irrupción de la IA, resulta bastante claro que muchas tareas que se pensaban a salvo de este reemplazo (administrativas, técnicas e incluso profesionales) también pueden ser automatizadas por sistemas de inteligencia artificial: desde programar o analizar datos hasta redactar textos. Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿qué tipo de trabajo va a quedar para las personas?

Más allá del análisis teórico, hay algo personal en todo esto. Para quienes tenemos hijos, somos docentes o simplemente pensamos en el futuro, la pregunta es directa: ¿qué vale la pena estudiar hoy? ¿Qué tipo de trabajo va a existir mañana? Porque, si bien es poco probable que los oficios desaparezcan por completo, sí es muy probable que muchos requieran menos trabajadores para ser realizados. Qué trabajo va a quedar para el resto es una de las preguntas que este texto intenta responder.

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Perspectiva histórica

Claramente, no sería la primera vez que una transformación tecnológica cambia radicalmente el mundo del trabajo. Durante la Revolución Industrial, la introducción de maquinaria desplazó grandes cantidades de mano de obra. Con el tiempo surgieron nuevos sectores, productos y empleos que terminaron absorbiendo a la población. Pero ese proceso no fue inmediato. Durante varias décadas hubo desempleo masivo, caída de ingresos, condiciones de vida muy duras y fuertes conflictos sociales. Recién después el sistema logró reorganizarse, en gran parte también para aplacar esa conflictividad. La pregunta es si estamos entrando en un proceso parecido.

Si la inteligencia artificial avanza con fuerza en el reemplazo de tareas, es posible que ocurra algo similar: menos necesidad de mano de obra en muchos sectores, más productividad concentrada en pocas empresas y la aparición de nuevos trabajos, pero con retraso. Ese desfasaje es clave, porque incluso si el sistema termina generando nuevas oportunidades, el período intermedio puede ser socialmente muy costoso.

Escenario local (Argentina)

Más allá de lo que pueda pasar a futuro, hay cosas que ya se están viendo en la Argentina, incluso sin la IA como protagonista principal.

Por un lado, avanza la incorporación de tecnología en distintos sectores y, por otro, se producen cambios en la matriz productiva que implican el cierre o la reducción de actividades industriales tradicionales. A eso se suman nuevas formas de contratación más flexibles, fragmentadas o mediadas por plataformas.

El resultado es un aumento de la incertidumbre: menos empleo estable en algunos sectores, más rotación y un crecimiento del trabajo por demanda.

En este contexto, la transición no está impulsada todavía por la inteligencia artificial, sino por una combinación de factores tecnológicos, económicos y regulatorios. Y eso hace más difícil anticipar qué tipo de trabajo va a predominar.

Una salida cada vez más frecuente para quienes quedaron fuera del empleo formal ha sido volcarse a aplicaciones móviles para generar ingresos de manera autónoma, con la desventaja de que las plataformas organizan el trabajo de una manera muy particular: las tareas se asignan por demanda, la reputación se evalúa constantemente y los trabajadores compiten entre sí de manera directa. Los ingresos, además, son variables e inciertos.

Esto puede llevar a una situación en la que las personas, aunque trabajen, lo hagan en condiciones inestables y con poca capacidad de negociación, sobre todo ante el aumento de la competencia entre trabajadores desplazados del empleo formal.

Las máquinas producen, las personas atienden

Incluso si los oficios no desaparecen, hay un efecto más sutil: van a seguir existiendo, pero van a requerir menos personas que en la actualidad. Esto implica más gente compitiendo por menos lugares, presión a la baja sobre los ingresos y un aumento del trabajo informal o por demanda. En ese escenario, es lógico que crezcan actividades mediadas por plataformas: transporte, entregas, tareas domésticas y cuidado domiciliario.

De hecho, si uno mira hacia dónde se está moviendo el mundo del trabajo, empieza a verse un patrón: la automatización avanza sobre tareas repetitivas, estructuradas e incluso intelectuales, pero hay un conjunto de actividades que resisten: cuidar, acompañar, enseñar, atender. Todo lo que implica presencia humana, asistencia, contacto y vínculo.

No es casual. Son tareas difíciles de automatizar porque requieren algo que las máquinas todavía no pueden reproducir del todo: empatía, contexto y experiencia corporal.

Este escenario abre una posibilidad inquietante: que avancemos hacia una nueva forma de organización social en la que un sector diseña, controla y captura los beneficios de la tecnología, mientras otro queda concentrado en tareas de cuidado, servicio y contacto humano.

En otras palabras: las máquinas producen, pero los humanos quedan en roles de servicio.

Obviamente, no se trata de servidumbre en el sentido clásico. No hay coerción directa ni pérdida formal de libertad. Pero sí podría aparecer algo más sutil: dependencia económica, menor movilidad social, trabajos centrados en satisfacer necesidades de otros y poca capacidad de negociación.

Ahí aparece el riesgo más profundo. No tanto un escenario de desempleo total, sino uno en el que una gran parte de las personas trabaja en condiciones de alta dependencia, compitiendo entre sí por ingresos cada vez más ajustados. Una forma nueva, difícil de definir, pero que combina adaptación con pérdida de autonomía.

Regulación como punto de equilibrio

Ante este escenario, el rol del Estado resulta inevitable. Una posibilidad concreta es establecer ingresos mínimos por hora en plataformas, precios piso para ciertos servicios y reglas más claras de protección laboral.

Sin embargo, el desafío es mayor: el Estado debe funcionar como un garante de la transición, asegurando que las ganancias de productividad generadas por la IA se redistribuyan para sostener la seguridad social y la formación continua. Así como el Estado fiscaliza el empleo formal, debe intervenir en el ecosistema digital para evitar que la precarización termine siendo la única respuesta posible ante el avance de la automatización.

Es importante recalcar que no se trata de frenar la tecnología; de hecho, la discusión no es tecnológica. Es, sobre todo, una discusión sobre cómo queremos vivir.

Cierre

En todo caso, este texto busca ser apenas un pequeño aporte a un debate que se va a intensificar a medida que se profundicen los cambios, porque la forma en que definamos el trabajo en los próximos años también va a definir el tipo de sociedad en la que vamos a vivir.

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Tags: desempleoiaprecarización laboralservicios
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