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Perjuicio nacional

Por Alejo Álvarez Tolosa
19 febrero, 2026
Milei, la cara no es solo para la tele

Hace unas semanas, leyendo un libro de un escritor argentino, en el que diserta respecto de la última revolución nacional – la del 70 -, en la que participó, y en donde declara asumirse parte de una de las generaciones más fracasadas de la historia – porque fracasaron y porque el país, según él, después de esa derrota se volvió aún más injusto, aún más pobre, aún más desigual -, me pregunté si esa máxima que el escritor lanzaba no era también la definición a la que se podrían ajustar todas las generaciones posteriores a la suya, y, en ese caso, qué fue lo que limitó y limita el poder de reacción de una sociedad que observa que se va a caer, y sin embargo, no hace más que agarrarse del clavo.

Me pregunté si era miedo (que se tiene), o cobardía (que se elige), y no encontré respuesta; me pregunté qué hace falta, no solo para pelear por aquello que deseamos, sino por no perder lo que tenemos, en un contexto político marcado por la avaricia; y me pregunté, también, y después me contesté, que si la Argentina posterior a la última revolución se transformó en algo más siniestro y menos equitativo, es imposible no percatarse de que el país, hoy, también está teñido por un presente bastante más oscuro y desolador que el de hace unos pocos años. No tantos.

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Surgieron más interrogantes: ¿cómo se defiende, hoy, un pueblo ante las amenazas de sus propios líderes; cómo se gesta una revolución? ¿Sirve? ¿Alcanza con ganar la calle, con marchar, con argumentar y escribir y el arte y el cine y la organización político-social? ¿O todo eso no es realmente suficiente cuando enfrente – como en el 70, aunque de diferentes maneras – el Estado cruza, con el aval de cierto recodo social, los límites de lo moral y de lo permitido y pone en jaque a todo un país bajo la siempre infalible e inefable amenaza de algo peor, sea cierto o no? ¿Cómo pelear, en términos argumentativos y políticos, contra falsedades y supuestos y construcciones discursivas y odios enquistados?

Existió un período en el que, amparado por el poder de turno – aunque no por ello más asequible lo ambicionado -, buena parte de la sociedad peleó y dio batalla por conquistar derechos, por defender un estandarte de vida – no el ideal, posiblemente no exista, aunque sí más próximo a lo deseado -, y terminó logrando la proclamación de leyes que formalizaron sus reclamos. También, hace poco más de veinte años, el hastío y el hambre, producto del hostigamiento social y económico que dejaron casi una década de políticas neoliberales, arrojó a buena parte de la sociedad a las calles a exigir que se fueran todos, a reclamar lo que les habían quitado, lo que era suyo por definición.

Posiblemente, y a grandes rasgos, esos sean los dos períodos más marcados de lucha por parte de la sociedad argentina desde el regreso de la democracia. No más. Lo cual, a primeras, podría suponer que tampoco hizo falta pelear por más; así como uno se alimenta cuando tiene hambre, no antes no después; o cuando lo cautiva la gula, también. Pero la gula social nace cuando el resto se encuentra saldado, y lejos estuvimos y estamos de alcanzar ese punto. Por eso es que, si entendemos que las últimas grandes movilizaciones (que se agruparon en un puñado de años) tuvieron como propósito conquistar derechos y emparchar deudas de antaño, entonces debemos entender también que la anterior, la del 2001, poseía motivaciones económicas, con sus derivaciones, poco más, y que fue, además, el resultado de una larga antesala de impostada algarabía impulsada por una pequeña parte de la torta social y económica del país; como ahora.

Y como una expresión social no tiene nada que ver con la otra – una buscaba exponer un hastío y remediar un robo, y la otra conquistar derechos -, es necesario centrarse en la primera, no solo por encontrar similitudes con la actualidad, sino porque es la actualidad: el país va hacia una crisis social y económica. Así llegue en una semana o en dos años, o mañana, va hacia ese lugar, como ya fue en el pasado, solo que en aquél entonces sólo se supo cuando la sangre ya había alcanzado el río, y ahora ya tenemos el diario del lunes.  

Entonces, ¿por qué es que reina una calma chica que sodomiza, que desprecia la defensa y la resistencia, que incluso las desestima, las tira por la borda bajándole el precio bajo argumentaciones peyorativas: que los que van los miércoles no son jubilados, que los que se quedan sin trabajo son vagos, que todo es parte de una reorganización nacional necesaria, que el mundo es así, que si no te alcanza el salario de médico entonces abrí un almacén, que acá el que no labura es porque no quiere, que tanto hambre no hay porque no hay muertos en las calles?

¿Cuándo se instaló la idea de que no hacen falta normativas, ni un Estado presente, ni salarios dignos, ni jubilados que tomen sus medicamentos? ¿Cuándo empezamos a aceptar justificaciones y dejamos de exigir soluciones? ¿Fue siempre así? ¿Aquellos que no tienen ni ideas ni ideologías y que creen, o que dicen que creen, y defienden esas postura tan mezquina, siempre estuvieron en la sociedad? Claro que sí. De eso no hay dudas. Pero entonces, ¿qué fue lo que cambió para que esa porción de la sociedad empezara (volviera) a esbozar esos, por no encontrar una mejor palabra, ideales? ¿Qué hay después de eso? ¿Hay algo después de eso? ¿No es acaso el fracaso social la mayor derrota que un país puede soportar?

Es importante detenerse a pensar, además, qué parte de esas actitudes y discursos corresponden a una postura política, qué parte a mero instinto de supervivencia, y qué parte surge de una autoestima falsa, voluntarista y peligrosa. Porque es, en parte, ese discurso, lo que acaba limitando la reacción social, la unión y la consciencia. Sería interesante proponer un escenario supuesto en el que del primero al último médico o médica de la república renunciaran a sus trabajos para ponerse almacenes o kioscos, y ver qué sucede cuando al primero que sugirió con displicencia la idea de que si no les alcanzaba la plata hicieran otra cosa, se le inflamara el apendicitis.

O también, imaginar un escenario (en este caso no es necesario tanto esfuerzo) en el que el trabajo escasee de manera escandalosa, y consecuentemente el consumo se derrumbara, y las ganancias de quienes defendieron este modelo económico también, hasta necesitar pedir un subsidio. O, por qué no, que la masa trabajadora, orgullosa y organizada, dejara de aceptar salarios indignos, y que ni abajo de las baldosas se encontrara quién pudiera comandar máquinas, o levantar cargas, o completar remitos. Sería magnífico que algo así sucediera. Sería magnifico que las palabras se les fueran encima, los arrinconaran, los obligaran a hacerse cargo. Porque si no son eso, meras palabras sin sustento que se esbozan con el único fin de menospreciar y justificar lo injustificable.

Posiblemente allí radique el problema central; posiblemente desde lo actualmente habilitado discursivamente se trabe toda opción a buscar una alternativa democrática para sortear gobiernos que, con políticas retrógradas y para unos pocos (cada vez menos), castigan a un país entero. Gobiernos como el actual, que magnifican y se hacen eco de un escenario de buenos y malos, de ellos y nosotros, de los chorros y los de bien, y que en ese meollo incrustan sus ambiciones. Pero todo eso es posible, necesita ser sustentado, por una sumatoria de individualidades – que nada tienen que ver con una sociedad – que tomen ese discurso y lo hagan propio, para crear así una pseudo verdad que suena demasiado convincente porque siempre pone el conflicto, la culpa y las excusas, en el pasado.

Suena complejo y conlleva demasiada explicación, pero en verdad no lo es. En este contexto las certezas pierden valor, la realidad pierde valor, la individualidad pierde valor, y todo eso se esconde detrás de una construcción política que irradia odio y exculpación. Porque también es necesario entender que detrás de la defensa de lo indefendible, buena parte de la sociedad maquilla una imperiosa necesidad de sentirse lo que no es, aunque eso signifique un tiro en el pie.

¿Cómo se defiende, hoy, un pueblo ante las amenazas de sus propios líderes? Definitivamente mediante el voto popular. Pero no alcanza. Y no lo hace por el simple hecho de que el voto, si no es por convicción, es un momento, nada más. No por nada la Argentina ha alternado gobiernos de los espectros más amplios durante los últimos 12 años. El voto posee una cuota indiscutible de pasión que no logra ser superada por la cuota de instrucción. Y ese conflicto surge, inexorablemente, de una estrepitosa falta de educación, de concentración, y de responsabilidad social. Seamos honestos: nuestro país está sumergido en un ensueño demasiado profundo del que la sociedad, tan colonizada mentalmente y tan subordinada intelectualmente, no se percata, ni se quiere despertar. ¿Cómo se defiende un pueblo ante las amenazas de sus propios líderes? La respuesta no está clara, pero seguramente aparezca cuando se abandone con aplomo el rincón de la víctima y la inacción. Que ya lo dijo Antonio Machado: Haced política, porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros y probablemente contra vosotros.

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Tags: EstadoJavier Mileirevolución popularviolencia política
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