La tregua de dos semanas en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán está lejos de representar una estabilización. Más bien, expone una doble brecha: entre los objetivos declarados y los resultados reales en el terreno, y entre el orden internacional que busca sostener Washington y el que efectivamente está emergiendo.
En términos concretos, la ofensiva estadounidense-israelí no logró aún sus metas centrales, aunque el impacto en la infraestructura iraní y en los cuadros de dirección política es considerable. No hubo cambio de régimen en Irán, que mantiene intactas sus estructuras de poder, incluso tras la eliminación de su líder. Tampoco se verificó una destrucción sustantiva de sus capacidades nucleares, ni la neutralización plena de su poder de respuesta.

A esto se suma un dato clave del plano económico: el mercado todavía no convalida la tregua. Los seguros de guerra siguen en niveles elevados y el tránsito por el Estrecho de Ormuz continúa condicionado. Con cientos de buques demorados y un flujo todavía restringido, lo que se configura no es una normalización, sino una “tregua administrada”, donde Irán conserva capacidad de regulación efectiva sobre un punto neurálgico del comercio energético global.
Esto revela que la tregua funciona más como una pausa táctica que como una resolución del conflicto. Las negociaciones parten de posiciones no convergentes: mientras Washington aspiraba a una reconfiguración profunda del poder iraní, Teherán logró sostener su esquema político y fortalecer su posición relativa en la mesa de negociación.
Por otra parte, como en toda guerra contemporánea, la disputa también se libra en el plano simbólico. La batalla por la narrativa divide aguas dentro de Estados Unidos: mientras sectores alineados con la Casa Blanca presentan la ofensiva como un éxito, crecen las lecturas críticas que ponen el foco en la brecha entre objetivos y resultados. Todo esto ocurre en un año electoral, en el cual la prolongación del conflicto y sus efectos económicos actúan como factores que debilitan la capacidad electoral del gobierno de Donald Trump. Hay que admitir que el historial es adverso para los oficialismos en las elecciones de medio término, pero un cambio en la ya estrecha correlación de fuerzas en el Congreso podría implicar un debilitamiento importante para lo que queda del segundo mandato de presidente.

Un tercer plano de análisis de lo ocurrido nos remite a una dimensión de la crisis que excede lo regional. Lo que se manifestó es la tensión entre una intervención unilateral de los EE.UU. y su aliado Israel ante una realidad que avanza hacia un orden mundial multipolar. El conflicto dejó al descubierto la articulación de un eje entre Rusia, Irán y China: Moscú aportando inteligencia y apoyo logístico en el plano militar, Beijing operando en el terreno diplomático y Pakistán funcionando como mediador clave.
Este entramado muestra los límites crecientes de la capacidad de Estados Unidos para imponer condiciones de manera unilateral. La principal potencia global sigue teniendo primacía militar, pero enfrenta un escenario donde otros actores pueden bloquear, condicionar o encarecer sus intervenciones.

Una última dimensión tiene que ver con el marco de inestabilidad derivado de esta transición del sistema internacional, propagada en este caso a través de la montaña rusa de los precios del petróleo y sus derivados, consecuencia de la fragilidad de las cadenas de suministro. Este marco de incertidumbre está lejos de aplacarse con la tregua alcanzada y tiende a ser el telón de fondo del nuevo escenario internacional, sobre el cual se proyectan las políticas que los Estados diseñan para amortiguar los efectos en el mercado interno, las capacidades industriales y la protección de los activos energéticos estratégicos. De España a Brasil, pasando por China y Estados Unidos, han definido una serie de políticas en este sentido. El contraste con la Argentina libertaria no podría ser mayor: la política de Milei deja a la Argentina ante la intemperie frente a un mundo inestable.
En síntesis, Ormuz no marca el cierre de una crisis, sino la evidencia de una transformación más profunda: la dificultad creciente de sostener un orden unipolar y la consolidación de un mundo en disputa, donde el poder se distribuye, se negocia y se confronta en múltiples planos al mismo tiempo.
*Profesor de la Universidad de Buenos Aires y Director del Observatorio del Sur Global.






