El salto de una caricatura de la TV a la Rosada refleja la descomposición de una forma de sentir la Argentina. El Estado Nación como experimento frustrado y las conquistas que supimos olvidar.
Javier Milei fue un personaje menor en la política argentina. Siempre lo fue. Y lo seguirá siendo. Y también lo será para la historia futura. Posiblemente, sus días como presidente de Argentina estén contados. La escandalosa estafa de las criptomonedas Javier Milei, como marca, como emblema, como bandera, dejó de existir. Ya no es ese león de melena al viento similar al León de Judá que despertaba corderos en las redes sociales, no es el “carismático” muchacho con los dedos pulgares en alto y rostro aflautado que se angulaba hacia la pera. Ahora nos gobierna la caricatura patética que siempre fue en los sets de televisión a los que era invitado como un guasón estrambótico del Tercer Mundo. Hoy nadie inteligente cree en Milei omnipotente. Por esa razón, en los próximos meses asistiremos al derretimiento de su rostro, a una horrenda decadencia de él y de su proceso económico que nadie sabe cuánto puede durar. Posiblemente la coalición gobernante logre rearmar el gobierno minimizando el rol de Milei, licuando el poder de su hermana Karina, pero sobre todo, podrá lograrlo por el engendro que todavía continúa siendo la oposición. Pero el León ya se convirtió en una caricatura, ya no tiene legitimidad. Será un fantasma en su propio gobierno, en su Narnia inventada. Sus votantes estarán silenciosamente desilusionados y esa esperanza de cambio que había despertado los sumirá en un escepticismo chabacano. El “Proyecto Milei” nunca fue viable; sin embargo, ofreció a una porción importante de sus votantes la esperanza de que Argentina pudiera ser un país diferente. Hoy, esa ilusión se disipó. Hoy, sus votantes se verán sumidos en un profundo y extenso “invierno de nuestro descontento”, sin ningún sol de York que lo vuelva verano.

Pero pese a la insignificancia de su caricatura, el Milei ilusorio, la promesa blanca de los “Argentinos de Bien” no debe desestimarse. El León fue un símbolo, una impostura, ciertamente, pero por sobre todas las cosas fue un síntoma. Como si se tratara de una inversión del célebre personaje Dorian Gray de Oscar Wilde, Milei construyó su retrato público, gracias a los recursos tecnológicos de la Inteligencia Artificial y del más humilde Photoshop, como el de un apolíneo y eternamente joven, reservando en alguna guardilla de la Casa Rosada la “caricatura real” de lo que siempre fue su rostro. En la novela del exquisito dublinés, el personaje central escondía su verdadero rostro en un retrato que se ajaba con el paso de sus felonías. La hipocresía del personaje consistía en mantener su cara de carne y hueso inmaculada mientras la pintura sufría las transformaciones horribles de su alma perversa. Milei, en cambio, intentó hacerle creer a la sociedad que la imagen inmaculada del retrato –en las redes– podía reemplazar al rostro “natural” surcado por los dogmatismos, las crueldades y las contradicciones que encierra su alma. El Milei humano, falible, víctima de su propia vida, el “ser” trágico y verdadero, siempre se escondió detrás de una caricatura para poder sobrevivir. Y en un doble juego de ocultamiento, Milei se inventó a sí mismo en una supuesta omnipotencia que lo destruyó. La doble negación de sí mismo es el drama más cruel de su existencia personal.

Milei es un hombre que merecería nuestra piedad. Pero como él no pudo tener piedad de sí mismo se convirtió en el más cruel de los hombres. Un dogma, un ideal, el retrato de perfección que mostraba, le permitió destruir el umbral de su conciencia sobre el mal que ejercía. Formar parte de las “fuerzas del cielo”, ser el primer “argentino de Bien”, le permitió banalizar el profundo y brutal daño que perpetró contra millones de personas. Estigmatizar, perseguir, brutalizar, empobrecer fueron los verbos que utilizó para la gramática devastadora de sus políticas públicas.
Para desentramar el síntoma Milei es necesario escaparle a los lugares comunes. Ni una mirada estrictamente ideologizada –los discursos nacionalistas o de izquierda– ni la psicopatologización del personaje nos permitiría, en mi opinión, comprenderlo. Milei no es simplemente un representante de la derecha radical ni un títere de los poderes económicos –ni siquiera del capital financiero trasnacional–. Y tampoco es un mero desquiciado. Más allá de que sea un poco de todo aquello de lo que lo acusan. Milei, en realidad, es el síntoma de un país que se niega a sí mismo.

Por supuesto que Milei es parte de un entramado de la tradición liberal-conservadora en la historia argentina, que su anarco-capitalismo es una profundización de la ideología de dominación que la elite de la “Argentina Establecida”, que tiene puntos de contacto con el sistema cultural del macrismo, del menemismo, de las dictaduras militares y que es heredero de los imaginarios de dominancias de la elite del Proceso de Organización Nacional. No en vano se referencia en el Orden Oligárquico de 1862-1916 ni elige como tótems históricos a Juan Bautista Alberdi, Domingo Sarmiento, Julio Argentino Roca –más allá de la dudosa correspondencia de esas apelaciones–. Por supuesto que a Milei se lo puede acusar de “vendepatria”, de “cipayo”, de “fascista” o de “populista de derecha”, de haber hecho la transferencia de ingresos ascendente más brutal de la historia argentina, de haber empobrecido en tiempo récord a millones de argentinos, incluso de haber hundido en la miseria y la indigencia a muchos de esos millones, de haber destrozado la industria, de haber logrado, además, de fundir a los exportadores de materias primas y a los productores de manufacturas del mercado interno simultáneamente y de haber aumentado los niveles de endeudamiento a niveles que hacen las delicias del Fondo Monetario Internacional y los especuladores financieros que se hacen multimillonarios negocios a costa de la riqueza de los argentinos. Por supuesto, también, que a Milei se lo puede acusar de autócrata, de no respetar las instituciones, de endurecer la represión hacia los sectores populares, de emitir una violencia discursiva –que no se verifica tanto en la práctica– pero que puede tener desenlaces no deseados y que, en sí misma, implica una peligrosidad preocupante.

Milei implica todas esas advertencias que se leen en los diarios, que se escuchan en las radios, que forman parte de las conversaciones en los bares, en los sindicatos, en los espacios políticos, en las universidades. Pero, también, es algo más que una manifestación más o menos reconocible de distintas tradiciones presentes en nuestra historia: Milei es el síntoma de la degradación más espeluznante del sistema cultural argentino –entendido como principios, valores, imaginarios, expectativas colectivas, prácticas oficiales e insurgentes– y que tiene como máxima creación el Estado Nación.
A esta altura debo aclarar que no utilizo el término “síntoma” con una pretensión médica ni psicoanalítica sino con una intencionalidad modestamente simbólica. En el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas, la palabra “síntoma” aparece como derivada del latín “symptoma”, que podría traducirse como “coincidencia”, o del griego “sympipto”, que significa “yo coincido” o “caigo juntamente”. El término “sintomático”, utilizado a principios del siglo XVIII, derivó del griego “ptoma”, que significaría “cadáver” o propiamente “ruina, desecho”. De esta manera, me gustaría utilizar la palabra “síntoma” en el sentido de ser un “aviso útil” o, en el mejor de los casos como una “correlación” entre las manifestaciones en los discursos y los actos de la sociedad con un imaginario o “inconsciente colectivo”. El “síntoma” lo utilizo para rastrear lo que está oculto, lo no dicho e incluso lo indecible hacia el interior de una comunidad que muestra una “decadencia conjunta”, pero no una decadencia en un sentido valorativo sino sencillamente descriptiva.

En este sentido, Milei es un síntoma de que una forma de pensar y sentir la Argentina se encuentra en estado de descomposición. Y uno podría leer esa situación en la poca importancia que las apelaciones nacionales obtienen entre las mayorías, más allá del fervor futbolístico legítimo o de cierto chauvinismo xenófobo explotado por dirigentes políticos oficialistas, como la discriminación contra los pueblos originarios en nombre de una argentinidad blanca por parte de una ministra o de los delirios expansionistas de la Argentina Imperial de una figura rutilante de La Libertad Avanza recientemente caída en desgracia. Hoy, las ideas de “patria”, de “nación”, incluso ese artefacto tan poderoso del siglo XX que fue el “Estado Nación” no parecen traccionar obediencias ni acumular voluntades más que en un sector minoritario del esquema político.
Milei puede remontarse al momento de la escritura de las Bases de Alberdi, por ejemplo, con su elefantiásico decreto de principios de su mandato, situación pre constitución de 1853, y amenazar con la destrucción del Estado, porque, justamente, lo que está en crisis es el funcionamiento de ese aparato administrativo, pero en un cuestionamiento aún más profundo, el concepto mismo de “Estado Nación”. Milei, entonces, no llegó para destruir el Estado Nación: su emergencia es síntoma de que el Estado Nación argentino es un experimento fallido.

Esa “caída en conjunto” abarca el marco del Estado Nación pero, además, incluye a los tres grandes pactos sociales –¿nacionales? – que se realizaron a lo largo de la historia argentina: a) el pacto de la Educación Pública como herramienta de igualación de oportunidades (o al menos como ficción de esa posibilidad) llevada adelante por el gobierno de Roca en 1884; b) el pacto de la Justicia Social arrancado por el peronismo en 1845 y que supuso el ingreso de los sectores populares al mundo de la política y de los derechos sociales; y c) el pacto democrático firmado por la sociedad argentina en 1983, con Raúl Alfonsín como garante, pero que fue el resultado de la toma de conciencia de los horrores que generó la violencia política en la Argentina y, por sobre todas las cosas, la brutal represión ilegal de la última dictadura militar. Por la única razón por la que Milei pudo avasallar esos tres pactos es porque la sociedad ya no visualizaba como conquistas propias ni como patrimonios anhelados los beneficios de una educación pública cuestionada, una justicia social imperceptible y una democracia que “no curó ni educó ni dio de comer”.
En ese camino de interpretación, la ficción del éxito individual, la adscripción a modelos económicos universalistas como es el capitalismo financiero –con sus marquesinas de aplicaciones de internet que permiten especular con enriquecerse desde el sillón del hogar–, o el aislamiento de millones de trabajadores aislados en pequeñas agencias de trabajo, o los homeworkers que ya no pueden generar lazos comunitarios en fábricas multitudinarias, atentan contra el viejo imaginario colectivo de que la unión de los más débiles hace la fuerza. Es más, el aislamiento favorece dos procesos: la creencia de un empoderamiento propio –absolutamente ficticio– y la pérdida de brújula sobre cuáles son los intereses propios y quiénes son los culpables de los altos niveles de frustración que viven los individuos. Milei, justamente, es síntoma de esa frustración individual que se tradujo en frustración colectiva o nacional.






