En la apertura de sesiones ordinarias, el presidente Javier Milei volvió a colocar a la economía en el centro de su discurso, con un tono celebratorio que contrastó con la complejidad del escenario social. Entre datos seleccionados, promesas a futuro y afirmaciones categóricas, el mensaje combinó anuncios ambiciosos con omisiones relevantes y una narrativa orientada a consolidar la idea de un punto de inflexión histórico.
Uno de los ejes centrales fue la reivindicación del ajuste fiscal como hito fundacional de una nueva etapa. El mandatario aseguró que “hemos logrado el ajuste más grande de la historia de la humanidad” y defendió el equilibrio de las cuentas públicas como un principio “innegociable”. En ese marco, el Gobierno destacó la obtención de superávit fiscal – tanto primario como financiero – como prueba del éxito del programa.
Sin embargo, el énfasis en el resultado contable no estuvo acompañado por un análisis detallado de su composición ni de sus efectos distributivos. El superávit fue presentado como un logro técnico, pero sin profundizar en el peso que tuvieron la licuación del gasto, el recorte de partidas sensibles y la caída real de jubilaciones, salarios públicos y obra pública.
Además, la sostenibilidad de ese superávit comienza a mostrar tensiones del lado de los ingresos. En enero, la recaudación alcanzó los $18,3 billones, lo que implicó una caída real del 7,9% interanual y acumuló seis meses consecutivos de contracción. Es decir, el equilibrio fiscal se sostiene en un contexto de recursos en retroceso.
El principal factor detrás de la merma fue el desplome de los ingresos aduaneros, particularmente los derechos de exportación, que cayeron 40,8% interanual. Pero el deterioro también alcanzó al mercado interno: los impuestos Internos retrocedieron 18,6%, Bienes Personales 13,8%, el IVA 3,3%, Créditos y Débitos 0,4% y Combustibles 3,9%.
A este cuadro se sumó la caída de los recursos de la Seguridad Social (-3,9% interanual), que acumulan tres meses consecutivos en terreno negativo, reflejando el impacto del enfriamiento económico sobre el empleo formal y la masa salarial. Este dato resulta especialmente relevante en un contexto en el que el Gobierno impulsa reformas laborales y previsionales sin precisar su efecto inmediato sobre el financiamiento del sistema.
En paralelo, Milei sostuvo que “la inflación tiene fecha de defunción” y atribuyó la desaceleración de precios al ancla fiscal y monetaria. Si bien la baja en el ritmo inflacionario constituye un dato concreto, el discurso omitió mencionar el costo asociado: contracción del crédito, caída de la actividad y pérdida de poder adquisitivo. La estabilización aparece así como una meta en proceso, cuyo éxito depende de variables todavía frágiles, como la recuperación del nivel de actividad y la acumulación de reservas.
Otro punto destacado fue la voluntad de avanzar en reformas estructurales para “liberar las fuerzas productivas” y convertir a la Argentina en “el país más libre del mundo”. La aprobación de la reforma laboral fue presentada como un avance clave, aunque no se detalló su impacto fiscal ni su efecto sobre la recaudación en un escenario donde los ingresos muestran debilidad persistente. La apelación a la libertad como principio ordenador funciona como marco ideológico, pero deja abiertos interrogantes sobre la viabilidad económica y social de las transformaciones propuestas.
En materia de crecimiento, el Presidente proyectó una recuperación vigorosa tras la recesión inicial, asegurando que la economía habría tocado piso y que el rebote será significativo. Sin embargo, esa expectativa convive con indicadores fiscales que muestran estancamiento y con una estructura productiva tensionada por la apertura importadora, la caída del consumo y el encarecimiento en dólares. La promesa de un “boom de inversiones” descansa más en la confianza futura que en anuncios concretos de flujos confirmados.
El discurso también fue categórico en términos políticos: “no vamos a claudicar”, afirmó Milei al defender el rumbo económico. Esa definición busca transmitir previsibilidad, pero reduce el margen de maniobra ante un escenario donde el equilibrio fiscal depende cada vez más del ajuste del gasto en un contexto de recaudación en caída.
En síntesis, el mensaje económico combinó la exhibición de superávit fiscal y desaceleración inflacionaria con proyecciones optimistas hacia adelante. No obstante, los datos recientes muestran que el equilibrio se apoya en una estructura de ingresos debilitada y en un ajuste profundo del gasto público. Entre logros parciales, tensiones fiscales y promesas de crecimiento acelerado, la viabilidad del programa dependerá no sólo de la consistencia macroeconómica, sino también de su capacidad para sostener recursos genuinos y legitimidad social en el tiempo.






