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Los dos mil 90

Por Carlos Romero
14 febrero, 2024

Junto a lo pésimo que solemos hablar de los 90 a nivel colectivo, está lo bien que muchas veces hablamos de los 90 a nivel personal. Y no me refiero al que te dice, de costado, mareando el Negroni, “a mí me fue genial, olvidate”. No. Hablo de los carne de cañón, de los picados por la viruela menemista y aún hoy con stress económico postraumático pero –retengan este dato– jóvenes por entonces.

Tanto insistir con los 90 Smells like teen spirit, de meterles épica urbana y aguante, que un día volvieron. Pero los otros, no el recuerdo de nuestra gesta de cerveza Palermo, gancia Marcela y viajes en loop en el Sarmiento escuchando a Los Redondos o a Los Ramones, según la remera que te haya tocado en el reparto de identidades disponibles. Volvieron ellos, los 90, ¡de pie, señores! Y tiemblen.

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No sabemos todavía cómo se traducirán, con qué actualizaciones e intensidades, las fábricas descascaradas, los ramales copados por los yuyos, los barracones abandonados como los Incas dejaron un día su rascacielos en Cuzco; el policía bonaerense de bigote teñido superando el límite y ennegreciendo también la piel del cabo; los padres quebrados porque el mundo les pedía servicios y ellos no sabían otra cosa que levantar paredes o ensamblar línea blanca, y las madres quebradas en muchos sentidos y formas para las que ni nombre había pero que igual tenían, ellas y solo ellas, que sostener las paredes del loquero familiar; y los perros hechos mierda –pero hechos mierda de verdad– y cada vez más goteras en la casa de la que convenientemente te ibas de día para volver de noche, viendo a sus habitantes envejecer dormidos.

– Y contame, ¿cómo fueron tus 90?

– La pregunta no es cómo, sino dónde.

– Ok, entonces, ¿dónde fueron tus 90?

Afuera, claro, todos los días y todo el tiempo posible. Porque “salís a la calle y te matan” pero te quedás adentro y te morís también. El plomo en la espalda o la humedad que sube desde los cimientos y te agarra por las patas. Como en las postales gringas de la Gran Depresión, el crack del Carlos y Mingo fue también un plano secuencia de gente mirando y esperando la nada. En el pilar del frente, en las esquinas, en los puentes, yendo de acá para allá y a ningún lado a la vez. Sin plata una casa es el recuerdo constante de un mal recuerdo. Mejor estar afuera. A pesar de todo, mejor estar afuera.

“No sabemos todavía cómo se traducirán, con qué actualizaciones e intensidades, las fábricas descascaradas, los ramales copados por los yuyos, los barracones abandonados como los Incas dejaron un día su rascacielos en Cuzco”.

Los 90 fueron una ola de calor en un país sin aire acondicionado. Ahora mismo pienso en esas noches sofocantes en que subía a la terraza con mi hermano, arrastrando colchones para dormir al fresco sobre la membrana y bajo las estrellas. Unas horas antes, mi viejo había calzado el ventilador, “el turbo”, en el ventanal del fondo, apuntando hacia afuera, y mi mamá trajo jugo de naranja que rinde 5 litros el litro y todos del otro lado del marco, menos la tele, que quedaba adentro, viendo VideoMatch, el original, el comienzo de la plaga eterna de Marcelo Tinelli. Qué alegría simple, todos en cuero, mirando la boca insaciable de Tinelli y rascándonos las picaduras de mosquitos.

¿Ven?, acaba de pasar de nuevo: elogios camuflados para los 90, como quien repasa un anecdotario de peligros superados, una película de esas en que todo explota, te dan por muerto y te lloran, pero salís con vida y aparecés por atrás con cara de imbécil. Los 90 como una extraña, diminuta y oscura medallita, quizás la única que tenemos como generación.

Fueron, hicimos de ellos, nuestros 70, pero sin paso a la clandestinidad ni la vida por Perón, ni formación alguna. Alegres e ignorantes. No había entre nosotros militancia juvenil –la dictadura se había encargado de eso–, pero sí banditas de rock y revistas abismales –gracias, Enrique–. Todo el mundo tenía una o tenía amigas y amigos que tenían una. Y eran como un fueguito ordenador alrededor del cual armar la ronda, calentarse las manos y quemar cables para vender el cobre.

La dictadura, esa que ahora quiere infiltrarse con el nombre clave Libertad, cortó el hilo de la historia, mató el trasvasamiento generacional y, después de la decepción alfonsinista que muchos ni llegamos a disfrutar como expectativa, nos dejó solos con la democracia, que fue perdiendo encanto y predicamento hasta quedar piel y huesos, reducida a un método eficiente para elegir y renovar. Y eso hoy, como dicen los pibes, igual es un montón, ¿eh?

“Como quien repasa un anecdotario de peligros superados, una película de esas en que todo explota, te dan por muerto y te lloran, pero salís con vida y aparecés por atrás con cara de imbécil.Los 90 como una extraña, diminuta y oscura medallita, quizás la única que tenemos como generación”.

Ya por entonces no queríamos cambiar el mundo, solo queríamos cambiar la racha. Muchos de nosotros ni siquiera teníamos idea del pasado reciente, del ayer nomás, de nuestro origen como generación. Éramos un eco lejano del botín de guerra. Pasó largo tiempo así. Hasta 2004, diría, hasta que Néstor Kirchner descolgó los cuadros de Videla y Bignone y en ese acto nos encastró una pieza en la memoria y esa pieza se expandió sobre el resto del rompecabezas, incluido su pasado.

Tal vez por ese largo bache, antes que la tragedia menemista, la frustración alfonsinista y el legado de terror de los genocidas –la palabra ya me resulta poco, como que se limpió de sangre y horror en todo este tiempo–, nosotros recordamos más y nos ocupamos de propalar mejor el mito de nuestra juventud noventera, de la segunda época dorada del rock nacional y la resistencia de pobreza franciscana con la que igual la pasábamos bien. Es una mierda decirlo, pero la pasábamos bien, al menos en un relato posible del pasado –todos lo son–, esa forma en que construimos algo y borramos otro tanto, sin saber bien qué es una cosa y qué es la otra.

Por supuesto –y el 19 de noviembre quedó demostrado que sí hace falta aclararlo–, fue sobre todo una época de mierda, con dos mangos en el bolsillo y con la policía que te cagaba a palos y que cada tanto le abría un agujero en el pecho a algún amigo del barrio. No sé bien cómo explicarlo –¿esto es válido en el periodismo o desprestigio al gremio, je?–, porque mientras en unos foros proclamamos que los 90 fueron una desgracia –y efectivamente lo fueron–, en otros relatamos la heroicidad de Toppers y All Stars gastadas, de cerveza a $1 y de bares patéticos y entrañables.

“Pasó largo tiempo así. Hasta 2004, diría, hasta que Néstor Kirchner descolgó los cuadros de Videla y Bignone y en ese acto nos encastró una pieza en la memoria y esa pieza se expandió sobre el resto del rompecabezas, incluido su pasado”.

La juventud, el divino tesoro –hoy tienen memes, nosotros tenemos referencias de rock y citas mal recordadas– es un arte en sí mismo. Juan Verdaguer decía que política es una palabra con tan mala imagen que no importa con qué la combines, siempre da negativo, y ponía el ejemplo de madre: si le sumás “política” a “madre”, te da “madre política” y así se transforma en suegra. Espero que sepan disfrutar del humor de salón sin pedirle pedagogía de aula. Bueno, en el caso de la juventud pasa igual pero a la inversa: no importa con qué la mezcles, en general, a la larga deja un buen recuerdo, transforma el dolor en aventura –saludos, Fabián–. Hasta existe un lugar común que hizo de la expresión solemne “tuvo una juventud muy dura” el preámbulo para una vida de superación y eventual éxito.

Esa década maldita fue nuestra juventud y entonces los adjetivos van a la cola del sustantivo. La recordamos acodados a la mesa, pelando maní. La recordamos porque sobrevivimos. Pero ahora los 90, los posta, están volviendo a terminar la faena, traen a varios de sus monstruitos originales y nosotros ya no somos jóvenes ni tenemos aquel rock y ni aquellos riñones.

Si estos dos mil veintipico son los nuevos 90, la pregunta que quema es: ¿en qué consiste la novedad? Lo vamos a descubrir pronto, en ese intersticio de segundos que queda entre el parpadeo de una luz y algo que se acerca saltando sobre los espacios ciegos. ¿Lo pueden ver? Hay que achinar los ojos.

Mete miedo, pero si me apuran, prefiero enfocarme en eso a seguir la novelita por entregas del gobierno distópico que eligió el voto popular.

Haedo, 7/12/23

* Publicado originalmente en La Patriada Web.

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Tags: LLALos 90MenemismoMilei
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