Observar los juegos en una plaza puede dar cuenta del tiempo transcurrido y de dónde quedaron nuestras impresiones de la niñez. Muchas veces queremos ver allí una retrospectiva de nuestras vidas: trepando árboles, balanceándonos en una hamaca, parados y desafiando la ley de la gravedad. Recordamos el momento en que aparecía una pelota y, como si fuera un imán, todos nos sentíamos convocados a su alrededor. Así empezaba a armarse el picadito, con sus códigos: pan y queso para elegir jugadores; los arcos y sus tamaños; los límites del campo de juego. Todo un conjunto de acuerdos y negociaciones que permitía organizar al grupo que decidía jugar, poniendo sus propias reglas, sin adultos. Ese era un mundo de pibes, el que uno ve —o quiere ver— con nostalgia.
Pero ¿qué ocurre cuando, en un paseo dominguero por una plaza de Palermo, vemos a lo lejos una pelota dando vueltas y a los pibes en movimiento? Recurriendo al recuerdo, desde lejos la escena parece decirnos que algo no cambió: los pibes siguen jugando. Sin embargo, cuando el zoom de la caminata nos acerca para pispear el juego, notamos que la imagen es otra. La plaza está llena de pibes, pero todos tienen su propia pelota y juegan solos. No comparten el juego ni la pelota. No hay a quién dársela, ni siquiera por casualidad, porque la dedicación al propio juego es total. Tampoco hay adultos que se entrometan; deben estar tranquilos porque el pibe no se mete en los problemas típicos de asociarse con desconocidos.
Esto que vemos en la ciudad —que estadísticamente cada vez tiene menos pibes y pibas y más animales de compañía— es un cuadro de época. Recuerdo que, en los años noventa, mientras me capacitaba en Madrid, notaba que casi no había infancias en las plazas. En uno de los cursos a los que asistía, el disertante puso un ejemplo sobre el juego infantil y enseguida se retractó, diciendo: “Bah, ya nadie juega en las calles porque no hay niños”. Siempre recordé ese señalamiento y lo asocié a la opulencia de la vieja España que ingresaba al mercado común europeo y adoptaba muchas de las lógicas del individualismo de las sociedades más ricas.
Lo que jamás creí es que en estas tierras del sur algo similar ocurriría, en la actualidad, en la ciudad de Buenos Aires, hay más animales de compañía, que infancias. Hoy los celulares les imponen a las infancias un ritmo de aprendizaje digno de Colapinto: velocidad, respuestas inmediatas, contestaciones sin demora e irritación frente a cualquier tardanza. A muchos adultos también les pasa lo mismo, aunque tengan más recursos para resolverlo.
También aparece el aburrimiento frente a los estímulos escolares que no avanzan a esa velocidad, lo cual se convierte en un problema para docentes.
La estimulación de un niño siempre fue algo importante para su desarrollo, así como el juego —y no el juego de azar al que se accede a través de las redes—. El juego es fundamental, tanto en la escuela como en la plaza. Sobre todo cuando lo único que se tenía era una pelota. Esa pelota representaba a un grupo de niños unidos por el balón, que iba tejiendo una red invisible de relaciones en su vaivén y permitía que se conocieran: el Rojo, el Celeste (por el color de sus camisetas), el Cabezón, el Petiso, el Pelado y tantas otras identificaciones precisas y aún incorrectas, que facilitaban acercarse a un desconocido.
La pospandemia nos trajo un mundo de individualidades, fortalecidas por la velocidad de las redes y por el encierro. También dejó una educación temerosa para las infancias: normas estrictas, cuidados de contagio, distancias obligadas, encierros. A la vez, abrió la posibilidad de habitar muchos barrios, no solo uno geográfico y tangible.
Nuestras madres, que no podían saber exactamente dónde andábamos, tenían una clara conciencia de las geografías barriales, y eso las tranquilizaba. Nosotros, que conocíamos esos territorios al detalle, sabíamos qué se podía hacer en cada uno de ellos. Pero lo más importante —y también lo más inquietante— era que sabíamos lo que no se podía hacer, y eso dejaba un final abierto entre la corrección y la travesura. Ese era el desafío de la calle.
Lo virtual es un espacio sin fronteras, donde la imaginación reduce las definiciones a meras sombras conceptuales.
El barrio, pensado desde ese punto de vista, pasa a ser una “obra de arte”, concebida libremente por cada uno de sus habitantes y creadores. Su representación puede o no tener relación con lo real, pero siempre queda implícito un vínculo emocional y de pertenencia entre su creador y su barrio.
La nueva vida barrial intenta acomodarse a este doble circuito: volver a la presencialidad, pero con cautelas, desconfianza y menor relación cara a cara.

Hoy, desde la computadora, se accede a múltiples mundos. Y eso no está mal. El problema es la escasa capacidad de interacción en el cara a cara y en la idea de asociarse con el otro. La República Popular China ha implementado una serie de reglamentaciones y restricciones para el uso de la virtualidad escolar y ha dado prioridad a las libertades del recreo. Además, ha desplazado parte de la exigencia meritocrática hacia la educación física y las artes, buscando propuestas más lúdicas. Son soluciones que intentan recuperar la creatividad, valorizar el ocio y las propias destrezas (ver nota, https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/la-lista-negra-de-la-educacion-china/ )
Un amigo dice que ver a los pibes repasando tablas de posiciones y goles de las ligas de fútbol en sus celulares durante el recreo, no está mal. Tampoco que las pibas hagan coreografías de sus cantantes preferidas, y junto a los pibes, investiguen datos históricos o aprendan idiomas. El desafío es alejarlos de las arquitecturas de violencia digital, del bullying, y recuperar el discurso afectivo y empático, tan escaso últimamente en la familia y en la escuela.
La tecnología, utilizada críticamente, es algo maravilloso. Pero no resulta tan copada cuando el ídolo, promociona el juego de azar y dice que los menores no pueden jugar. Es la peor propaganda; la que más incita a hacerlo. También está el engaño del porno infantil escondido detrás de un simple jueguito, equivalente al viejo sátiro del piloto.
Entonces, ver a chicos que juegan cada uno con su pelota debería ser algo a revisar por padres y madres. No es beneficioso para un espacio público —se supone comunitario— que se utilice de manera tan parcelada.
Debemos pensar en jugar más con nuestros hijos, ayudar a armar el picadito, permitir que el individualismo vuelva a aparecer en la figura del “morfón” que no pasa la pelota y recibe la penalización moral del grupo. Aprender a ganar, a perder, a aburrirse y a crear estrategias para el juego que no impliquen nada más que el ejercicio de la imaginación, debería ser un camino para que la comunidad recree sus formas de encuentro.
Tal vez esos niños, solos con su pelota, sean un primer intento de volver a integrarse, a partir de intereses y necesidades que irán descubriendo. Tal vez estén llamando nuestra atención con una actitud tan infrecuente. ¿O acaso no quieren hacer un gol como el tercero de Argentina contra Francia en la final del Mundial?
Padres y docentes deberían repasar las variantes de la velocidad, como valor de esa jugada: todos se pasan la pelota y, de repente, un rayo de velocidad cambia todo. El gol es producto de la administración de la velocidad, cooperación y talento. La lentitud es una decisión sobre el uso del tiempo, que utilizamos para definir. No todo, es el vértigo de las autopistas virtuales.
Al menos ya están en un espacio público con límites reales. Un barrio —sea físico o virtual— debe ser reconocido por quienes lo habitan y se construye a partir de la diversidad de miradas, relatos, prácticas y experiencias.
Así tal vez surja la necesidad de acercarse a comentar algo, de hacer un favor, de compartir el cuidado, de pedir, de discutir, de participar. Simplemente, ayudarnos a recuperar la pasión de vivir cerca, haciendo vida barrial donde se habita y en comunidad.
Un lugar donde podamos darnos cuenta de lo aburrido que es jugar solo cuando sobran las pelotas.






