Si la República Argentina marchara según lo esperado, y si el Presidente de la Nación supiera interpretar a la sociedad y no confundiera apoyo con redención, y si la esperanza fuera un bien infinito (quizá lo sea después de todo), y si alguien pudiera evacuar dudas en lugar de seguir apilando interrogantes, entonces la lógica y la moral deberían llevar a la sociedad Argentina a aplazar sus preferencias y sus desencantos, para votar por el oficialismo y darle un voto de confianza, una tregua, en las próximas elecciones de octubre. Pero son demasiados si, demasiada especulación. Porque además, el presidente posee demasiados estímulos incondicionados, como aquellos que tenían los perros del fisiólogo Iván Pavlov al ver la comida, y saliva, y confunde rápidamente estado de derecho con estado autocrático, altruismo con idiotez, competencia electoral con entierros fúnebres, y apoyo con sumisión. Si la República Argentina (su actual administración) no estuviera mendigando besos y prestamos, y si la pobreza certeramente hubiera disminuido, y si este breve gobierno no dejara longevas y drásticas consecuencias, y si el plan fuera superador (no demasiado, tan solo perecer en eso de construir un enemigo, y por el contrario, construir un horizonte más prometedor que el de la morosidad internacional), entonces la lógica innata, casi por inercia, arrojaría un rotundo y generoso apoyo al gobierno de turno. Pero en cambio, e indefectiblemente, el apoyo y la tolerancia se retiran día a día, como la marea, hasta dejar al descubierto los resabios de un día de verano en la playa: la basura que acumula esta gestión, sin siquiera percatarse de ello.

Porque si hay una palabra que define a la sociedad Argentina, esa es pragmatismo. La verdad absoluta se ha transformado en algo meramente devaluado, y en cambio han ganado lugar la utilidad práctica, la eficiencia, y la acción, o al menos, en rigor de la verdad, un burdo y obsceno intento de ellas. Pragmatismo es el titular debajo del cual el país alterna gobiernos casi como un ta te ti, que van desde Cristina Fernandez de Kirchner, para pasar a Mauricio Macri, para apelar a Alberto Fernandez, para terminar (nunca más literal) con Javier Milei. La sociedad vota con pragmatismo, o con desesperación, vaya uno a saber. Y a veces, también, vota con el bolsillo. O cambia su voto después, por el bolsillo. Si de una popular gritan aquel viejo consuelo de roban pero hacen, del otro gritan mientras me vaya bien… Y si bien son meollos ocasionales, que varían el voto según el precio del dólar, las tasas de interés, la actividad económica y el desempleo, cierto es también que eventualmente la historia nos presenta un escenario apocalíptico (como el actual), o alguno sin demasiada escapatoria (como el actual), en donde el futuro de las familias Argentinas se debate no en su esfuerzo, su trabajo, la economía de su país, las políticas de desarrollo y la inversión, sino en lo que quiera, diga, opine y accione, por citar un ejemplo, Donald Trump. O en todo lo contrario. Argentina necesita muchas cosas, pero ciertamente, y posiblemente esta afirmación salde la fractura social, no necesitaba la injerencia de ningún presidente de otra nación.

Probablemente las justificaciones existan, o las inventen, y posiblemente haya quien quede satisfecho con ellas, y quienes no, pero al final del día una cosa es innegable: si después de dos años de gobierno implementando políticas propias que apuntaron y acertaron en el recorte del gasto, si después de incrementar la deuda con el FMI (U$S20 mil millones de dólares), de vastos DNU’s para tener vía libre en sus políticas, de aplastamiento de las jubilaciones, del desguace de la salud y la educación publicas, y de un (supuesto) equilibrio fiscal, si después de todo eso, el gobierno necesita desesperadamente un rescate por parte del gobierno de Estados Unidos, y se arrastra por él, entonces eso significa, ineludiblemente, que la gestión no es sino un rotundo fracaso. Si abrimos los ojos, y miramos, y prestamos atención, y escuchamos, y quitamos el ruido, y razonamos, entonces la conclusión honesta es una sola: fracasaron. Y una cosa es cierta: si el plan platita, como denominaron a la supuesta emisión descontrolada de Sergio Massa, estaba mal, entonces cómo está el plan dolarito, que es nada más y nada menos que esta necia obsesión por seguir pidiendo dólares prestados. Y para qué. Al final, sin dinero, de especialista nada.

Pepe Mujica dijo que en esta vida no compramos las cosas con plata, sino con el tiempo que gastamos para conseguir esa plata. El presidente nos está haciendo perder el tiempo, mientras él intenta ganarlo; nos está coartando. Y al final, será el pueblo argentino el que terminará financiando su campaña, cuando debamos pagar con nuestro tiempo el dinero con el que nos sigue endeudando. El dilema moral se presenta en medio de una realidad que goza de una claridad que encandila: primero, siempre, la patria. Pero el dilema persiste, es innegable la coyuntura, como es innegable también la desesperada necesidad de que el país marche. Al final, el dilema se diluye, la realidad lo destroza: siempre es preferible no saber qué buscar, a no saber con qué podemos encontrarnos. Y, si lo que se obtiene siempre es una versión desorbitada de lo que se consigue, entonces es necesario apelar a la responsabilidad moral y social que todo hombre y toda mujer que vive y sueña tiene, y utilizar el derecho al voto para recordarle a la política que a la libertad hay que defenderla, y la única forma es yendo en contra de quienes pretenden robárnosla desde allá arriba.






