La exposición del presidente Javier Milei en el Foro Económico Mundial de Davos se desarrolló ante un auditorio con escasa concurrencia y dejó como saldo un discurso que no logró sintonizar con el clima internacional atravesado por tensiones geopolíticas, disputas comerciales y redefiniciones del poder global. La baja asistencia y el contenido de su mensaje marcaron un fuerte contraste con las presentaciones de otros jefes de Estado y líderes políticos que concentraron la atención del encuentro.
De acuerdo con testimonios recogidos entre participantes del foro, la intervención del mandatario argentino fue seguida por menos de una cuarta parte del público previsto para el salón principal, con capacidad para unas 1.300 personas. El desinterés también se replicó en la transmisión oficial por internet, que mostró niveles de audiencia sensiblemente menores a los registrados durante las exposiciones de figuras centrales del evento.
La diferencia fue notoria frente a las disertaciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump; del francés Emmanuel Macron; de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen; y del primer ministro canadiense, Mark Carney, quienes colmaron el auditorio y concentraron el foco de la agenda política del foro. En esos casos, los discursos estuvieron atravesados por advertencias sobre guerras comerciales, disputas territoriales y el debilitamiento de las reglas multilaterales.
En ese contexto, Milei presentó una confusa ponencia leída, con reiteraciones de conceptos ya conocidos de su ideario económico. Defendió el capitalismo de libre comercio, cuestionó al socialismo y a la agenda “woke”, y volvió a destacar las reformas implementadas por su gobierno. Sin embargo, su mensaje apareció desligado de los debates centrales de Davos, dominados por la confrontación entre potencias y la incertidumbre global.
Uno de los momentos que generó mayor desconcierto fue la afirmación de que “Maquiavelo ha muerto”, una frase lanzada sin mayores precisiones y que no encontró eco en una audiencia reducida y dispersa. A lo largo de su exposición, el Milei también incorporó referencias a la política interna argentina, como la inflación, la pobreza y el desempeño de algunos ministerios, tópicos de escasa relevancia para un foro internacional centrado en la coyuntura mundial.
El presidente argentino introdujo además la noción de una “deuda civilizatoria”, al señalar que América debería expresar gratitud hacia las tradiciones culturales que, según su visión, dieron origen a Occidente. La idea fue planteada mientras el foro debatía escenarios de confrontación económica y política, lo que reforzó la percepción de un discurso desalineado con el momento histórico.
Mientras otros líderes advertían sobre un mundo cada vez más fragmentado y con reglas en retroceso, la presentación del mandatario argentino transcurrió por un carril propio, sin referencias directas a los conflictos que dominaron Davos. La escasa convocatoria y la limitada repercusión de su intervención pusieron en duda el impacto internacional que Milei suele atribuirse y evidenciaron que su retórica no logró captar la atención en un ámbito donde se discuten decisiones de alcance planetario.
En Davos, el paso del Presidente argentino dejó más interrogantes que definiciones: un auditorio semivacío, conceptos reiterados y confusos, y una declaración simbólica – la muerte de Maquiavelo – que terminó opacada por una escena global marcada por disputas reales y urgentes.






