La muerte del director de cine más raro de la industria –y “raro” es la palabra exacta y justa– generó la más ramplona de las tristezas. Surgieron todos los lugares comunes. Sin vueltas, moqueando por redes sociales y en mensajitos de WhatsApp, se impuso la congoja entre quienes lo queríamos. Y esa fue otra revelación: al margen de la admiración, lo queríamos un montón.
Perdimos a David Lynch, el tipo que puso a Twin Peaks en televisión, que hacía cosas que nadie entendía, por momentos oscurísimas, y lo que nos pasó es que lo lloramos como si hubiese muerto el tío Quique, que hacía buenos asados, imitaba al Diego y cada tanto contaba la misma anécdota de un verano en Santa Teresita. Y eso también fue bien raro. O quizás no tanto.
Por estos días se han dicho cientos de cosas sobre Lynch y su obra. Todas muy elogiosas y casi siempre acertadas. En definitiva, ¿quién podría rebatirlas? Una de las características de su cine era la generosidad interpretativa, como un juego de encastre donde todas las piezas van con todas las piezas. Podés tomar un significante, unirlo al significado que más te guste y así ir siguiendo la trama. Claro, al final no armaste nada en concreto, la historia queda siempre inconclusa, esqueleto de edificio sin terminar, porque de eso se trata: de ir probando, ir juntando bloquecitos, escuchar el click y ver hasta dónde llegás. Después, emocionado, lo vas charlar con tus amigas y amigos. “Mirá, yo hice esto, me salió esto, ¿vos qué armaste?”.
El chiste es que si bien no terminás de entender –en el sentido más llano, más operativo del asunto–, todo se ofrece para su examen. Podés tocar y jugar sin límites, como en la cabaña de la bruja de los cuentos, donde las paredes también son de galletita. Porque Lynch no era un snob que la iba de complicado y disfrutaba del vitoreo de unos iniciados que gozaban con el desconcierto de los demás. Y sí hubo algo de eso, fue una mala praxis ajena al autor.
Lynch, que no era masivo, sí tenía una manera de ser popular, en el sentido de que usaba los elementos disponibles, los que estaban a mano en la cartografía pueblerina y urbana, los que aparecían en los noticieros, los que fue recolectando desde su propio origen como miembro de una familia que recorrió lo profundo y telúrico de los Estados Unidos. Así se ve en la gran mayoría de los temas, perfiles humanos y escenarios escogidos para sus películas, series y cortos. Por eso el resultado es tan inquietante y tenebroso. No es que sea demasiado extraño, es que está demasiado cerca.
Podés tocar y jugar sin límites, como en la cabaña de la bruja de los cuentos, donde las paredes también son de galletita.
Lograr algo así solo está al alcance de alguien que sabe todo sobre su oficio, que conoce cada rincón del taller, los trucos y las mañas. Qué botón apretar para obtener qué cosa. Porque el paso siguiente es hacer exactamente lo contrario. Un sabio que elige perder la cabeza. Como dice el refrán, para romper una regla primero hay que conocerla. Por eso estuvo tan pero tan bien elegido el papel de John Ford que Steven Spielberg le dio en Los Fabelman.
Hasta los 78 años, Lynch jugó con el instinto cultural que durante décadas Hollywood fue creando en nosotros. Se dedicó a confundir los reflejos condicionados de nuestra formación como espectadores, emancipándonos a la posibilidad de construir otros nuevos. En ese camino, a la vez, renunció a la zanahoria de la perfección a cambio de algo más atractivo.
Por eso, el mismo sujeto capaz de las escenas de mayor oscuridad del alma humana transmitía luminosidad y optimismo. Por eso nos afectó de una forma tan familiar su pérdida. Al igual que el tío Quique, había cosas que solo él podía hacer y que vamos a echar de menos.






