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Si todos somos víctimas, nadie lo es

Por Fabiana Rousseaux
2 febrero, 2025
Si todos somos víctimas, nadie lo es

Durante el último año, hemos asistido a un espectáculo que no nos priva absolutamente de nada, de ninguna mostración de crueldad, de ningún desparpajo rotundo sobre lo que se dice y hace. Lo obsceno, lo fuera de escena, ha colmado el escenario político y social, al punto que seguir mirando o escuchando las sucesivas violencias nos impotentiza, nos desorienta, nos deja fuera de toda perspectiva de intervención y, en algunos casos, ante el riesgo de pasajes al acto, como hemos visto a través de los medios despiadados que muestran y reproducen lo intolerable de mirar, por el goce insuperable de repetir lo brutal. De este modo, ante tal desanudamiento de la política, nos quedamos con pocos o nulos recursos, sin traducción posible, sin  marco que logre inscribir lo que se desborda.

Sin embargo, hay algunas precisiones que ubicar. Sin lugar a dudas, habitamos una época donde estos escenarios se manifiestan no solo en la Argentina, aunque aquí es donde se cumple de un modo literal el “experimento neofascista”, como lo define Jorge Alemán en varios de sus artículos, y donde la figura de la víctima ha llegado a impregnar todos los escenarios posibles. Esta condición parece constituirse de entrada en la consecuencia directa y esperable de estas políticas del odio, y suele establecerse sobre la suposición generalizada de que esa figura arrasa con toda forma de sujeto, de subjetividad o incluso de subjetivación de esa condición, empujando a quienes pasan a formar parte de ella al lugar de objeto de un Otro despiadado.  

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Frente a esto, lo que estamos viendo en el contexto de un escenario dantesco es algo que nos interpela respecto de esa subjetivación, y podemos pasar a considerar si no será que –a la inversa– solo puede haber víctima allí donde hay sujeto, es decir, donde se puedan dar las condiciones para una inscripción que, como tal, implique al sujeto, dignificando así esta posición. Dicho de otro modo, para que haya víctima –como construcción subjetiva retroactiva y no solo como consecuencia de un hecho victimizante– debe haber un sujeto, esto es, una división psíquica, una pregunta, un retorno que interpele acerca de qué hacer frente a esa posición.

De lo contrario, en el amplio espectro de víctimas de hecho que arroja este impiadoso proyecto de destrucción del Estado y de los lazos sociales, vemos cómo, a la par del derrumbe de la estructura social, se reproduce un modo de discurso público que avala tamaña destrucción. Muchas víctimas de la destrucción consienten la destrucción, como si ellas estuvieran afuera o como si ellas, estando adentro, no fueran tocadas por el impacto letal. O como si, estando adentro y siendo tocadas por el impacto letal, insistieran en no salir de allí. Esto último parece extraño, dado que inmediatamente llega la pregunta acerca de ¿quién querría ser una víctima tan voluntaria? Pero desde que Freud ofreció a la humanidad ese maravilloso texto llamado “El malestar en la cultura” ya no podemos sustraernos a esta pregunta, tan profunda y determinante para la civilización. 

La hipótesis de Freud es que el sujeto tendrá que ceder a su satisfacción pulsional en beneficio de un lazo común, y que en el devenir de la civilización existe un malestar provocado por el antagonismo irremediable entre la pulsión que exige y la cultura que restringe, dado que los miembros de una comunidad deben postergar esas exigencias para sostener la vida en común. 

Las limitaciones que lo social nos impone; las diversas formas que suponen el sacrificio de entrar en el lazo social, ponen en juego una realidad a veces intolerable: el sujeto deberá pagar con su cuerpo la pérdida de satisfacción pulsional. Sin embargo, no quiere renunciar a “lo sin límite”. Si se evade ese reconocimiento, que implica asumir la castración (el no todo es posible, para traducirlo muy rápido), se produce simultáneamente una retirada del lazo social, y la forma que en la política toma ese exceso es la de quedar regida por lo desmesurado y escandaloso del goce ilimitado. La ilusión de que se puede hacer todo, cualquier cosa, sin restricción, irrumpe bajo la forma de una política del exceso que –sin embargo– desata aquello que mortifica a los sujetos. La repetición despiadada de lo intolerable se adueña del lazo social, denigrándolo. Ese podría ser uno de los grandes costos de este sometimiento irresponsable a la simplificación de una vida sin restricciones y en franca retirada del lazo social, arrojados al consumo repetitivo e inmediato de la nada que es uno de los nombres de la angustia.

Freud descubre entonces que la autonomía de la pulsión de muerte constituye el mayor obstáculo con que tropieza la cultura, es decir, el núcleo constitutivo de lo humano. Apoyar y sostener aquello que destruye los cimientos de amplios sectores de la sociedad por parte de esos mismos sectores es lo que hoy vemos de un modo muy claro, frente a un escenario intraducible, y es allí donde nos apresuramos a nombrar a casi todos como víctimas, e incluso tratamos de convencer e insistir en que quienes aún no se nombran de ese modo deberían hacerlo, porque ese es el nombre que mejor los representa frente a los eventos crueles. Pero el empuje generalizable a esas categorizaciones soslaya el valor irrenunciable de la responsabilidad que constituye a los sujetos hablantes para limitar la voracidad del Otro. De lo contrario, quedamos expuestos al choque puro de lo real que irrumpe  en el cuerpo, dejándonos perplejos o mudos.  

La víctima conlleva una dignidad que solo el Sujeto puede asumir al atravesar por la distancia ética –no moral– que lo separa de aquello que refuerza lo meramente identitario, y con ello, la culpa y la vergüenza. Todos caminos hacia la cancelación y segregación mortificante.         

Lesionar la relación con el otro, con el semejante, a cambio de la sustitución sin freno de objetos para saciar las exigencias pulsionales, es el exacto lugar donde todos nos hemos vuelto víctimas de todo. La respuesta-víctima parece ser un nombre potente ante la impotencia que trae intentar desmedidamente suturar lo que se agujerea sin cesar. Si todos lo somos, nadie lo es. Si todos renunciamos a la responsabilidad de subjetivar ese lugar, entonces hemos llegado hasta acá sin saber por qué. La renegación de esa responsabilidad nos sumerge, y sumerge a quienes ya no pueden pensar en lo que ocurre, en la imposibilidad de hablar en nombre propio y anudarse a un proyecto colectivo. Como contracara, la irresponsabilidad generalizada no puede traer más que malas palabras, palabras malditas, palabras mal escritas, mal dichas, mal inscriptas. Y el retorno mortífero de ello cae como maldición sobre quienes realmente ya no pueden sostener nada, quienes son empujados al vacío simbólico y económico.  

Ante semejante amenaza de aproximación a cierta lógica del fin, algunos significantes en la construcción de lo civilizatorio deben ser custodiados, salvados de la deriva denigrante, ganados de la deserción, repliegue o abandono de las distintas formas que trae el discurso social como freno a la irresponsabilidad colectiva y la impotencia social.

(*)Psicoanalista, autora de Sueños y testimonios: inconsciente y discurso jurídico (La Cebra).

*Esta nota fue publicada en el número 56 de la revista Contraeditorial.

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Tags: crueldadEl malestar en la culturaJorge Alemánneofascismopolíticas de odiopulsión de muerteSigmund Freudvíctimaviolencia
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