La explotación de las minas, de oro, plata, cobre y de estaño en el Alto Perú sojuzgaron pueblos y los desmembraron. Aquí en el sur, en el Río de La Plata, nada, vacas sueltas cimarronas y un puerto para el contrabando. Tierras baldías sin metales, sólo pampa. Llegaría después la inversión del mapa, cuando hacia fines del siglo XIX estas tierras serían ricas.
Una Sudamérica llena de puertos en sus puertas. Esa puerta es la que recibe la novedad, la que aprovecha lo primero que llega y es la que domina ingresos y egresos, en su más amplia acepción. El triunfo del puerto, enfermó de acromegalia a Buenos Aires, con sintomatologías que denigraron a la larga, todo sistema federal e institucional, su ambiente, su río y su Riachuelo. El extractivismo generó un modo de explotación con salidas por los bordes, que fueron desolando el interior del país y el continente mismo.
Nuestros ríos no fueron vías de integración, como ocurría en Europa, sino lugares de salida, de extracción.
Hoy, el extractivismo se ha expandido a través de las ciudades, “extrayendo barrios” a los que sustituyeron por torres que habilitan la especulación inmobiliaria y a la gentrificación.
La piqueta se carga todo lo que vale y da identidad a la ciudad, no solo por modernidad, sino por la necesidad de cambiar definitivamente su paisaje.
En la actualidad, muchos barrios se transforman en laberintos espejados en los que los vientos chiflan en el desfiladero de torres y sus geografías son desconocidas para quienes alguna vez las habitaron.
Los nuevos flujos de comunicación e información imprimen una velocidad que no da pausa para pensar ni descansar. Flujos que obligan a tomar decisiones rápidas, cada vez más en soledad, sin siquiera alguna discusión de sobremesa. En ese contexto, toda interacción humana se percibe retardataria.
El extractivismo de hoy se genera sobre nosotros, sobre nuestros cuerpos y pensamientos. En la extracción de data, que alimentan algoritmos, quedan nuestros perfiles de gustos y consumos. No es solo la publicidad para sacarnos dinero, sino la guía efectiva para que una mascota amigable, como el conejo de Alicia, nos lleve a la madriguera de los líderes de nuestro tiempo.
Todas las etapas extractivistas tienen un denominador común: la transformación del paisaje. Hacerlo, impone la ajenidad para sus habitantes y la comodidad para el conquistador. Eso ocurrió en nuestra América morena, en sus minas e infraestructura urbanas, con los campos y su organización en la etapa de provisión de materias primas. Hoy, con la sequedad de los ríos, con los humedales, la contaminación ambiental, las ciudades y su gentrificación. Pero sobre todo, en nuestros cuerpos y mentes con la extracción del dato que alimenta el algoritmo. Todas estas fases proponen cambios en el espacio que habitamos.
La aceleración y la velocidad extractiva están cambiando patrones de nuestras vidas. Decía Paul Virilio: “Al mismo tiempo que la interactividad nos acerca a lo lejano, nos aleja de lo próximo, del amigo del paciente, del vecino y los transforman en extraños”. Esa es la velocidad que han impuesto y no mide consecuencias en el frenado, porque tal vez el fin sea un choque de consecuencias imprevisibles.
Toda esta fascinación por el mundo virtual tendrá su tiempo, como la tuvieron todas las innovaciones que llegaron y se temieron; como también pasó con el cine, la radio y la televisión.
Debemos tener la firmeza de poder desarrollar el pensamiento crítico, no para negar los avances tecnológicos, sino para superarlos por medio de la crítica, sino para recuperar el derecho y la necesidad de discrepar. Es por allí donde pasa nuestra épica contra este nuevo Leviatán. Re politizar para revertir la derrota puede ser una acción imprescindible, sabiendo que los pueblos, por lo general con su gran sabiduría, tardan más que sus opresores en dar respuestas. Pero al fin y al cabo las dan.
No fueron los defectos del campo popular los que nos llevaron a esto. Esta reacción conservadora llegó a nuestras vidas por lo que logramos.
Estar pensando procesos para amalgamar una experiencia social, económica, cultural y política es el desafío. Tenemos que romper nuestras formas de individualismo. Por eso, y suscribo con todas las letras: no hay camino sin CFK a la cabeza. Ni museo, ni proscripción, a la conducción. No hay futuro sin la heroína que superó todo y está en estado de gracia para asumir un liderazgo para hacer lo que hay que hacer, lo que hicimos y lo que todavía falta. En ese esquema hay lugares para todos los que se sientan un eslabón para escalar nuevamente la cuesta del gran reino animal. Sísifo nos anima cargando la piedra todos los días; y nos empujan nuestros trabajadores cargando todos los días su propia piedra a diario. CFK nos anima, porque atravesó la odisea; ahora solo queda pasar la flecha por los siete aros. Siempre pensé que era lo más fácil después de todo lo ocurrido, porque lo anterior era mera preparación para tener el temple y la concentración necesario. Veo a la líder indiscutida del movimiento nacional con el arco tensado, para habilitar la renovación política y seguir comiendo y compartiendo el pastel.
La derecha argentina tiene un plan sistemático: el aislamiento y el agotamiento de la experiencia que el pueblo reconoce en el apellido Kirchner.
No todo tiempo por pasado fue mejor, como decía Spinetta. Lo mejor tiene que estar puesto en el futuro con las enseñanzas que nos va dejando el presente.
Se viene el momento del encuentro real, de reconocerse, de verse frente a frente, sin ningún tipo de edición. Todo hace a un ecosistema humano, en el que se funde lo político con el ambiente, que es donde vivimos. Por eso es prioritario politizar el ambiente y ambientalizar la política. Vernos y sentirnos cómo somos y de dónde somos.






