Todavía no salgo del éxtasis que me produjo ver El Eternauta que Bruno Stagnaro hizo para Netflix. Mi historia es la de tantos: soy fan de Juan Salvo desde chico. Tengo recuerdos de mis diez años, esperando que mi abuela Chola arrojara desde su balcón una bolsa con la pelota de fútbol y los pesos necesarios para ir al kiosco de Alfio, donde me esperaba el fascículo semanal de El Eternauta.
Los “cascarudos”, los “manos”, los “gurbos”, los “ellos” y Favalli, y Franco y Juan habitaban mi mundo. Sus batallas eran las mías y su coraje para hacerle frente a los invasores era todo lo que estaba bien. Viendo la serie reviví mi infancia. Le quiero agradecer a su director eso. Es impagable. La sensación de volver a ser -por un instante- el que ya no soy.
Un chico que no sabía quiénes eran Héctor Oesterheld y Solano López e ignoraba por completo el contexto socio-político que animó la historieta. Alguien que disfrutaba la saga desde la salvaje impunidad de los diez años, que veía en la nieve, la nieve; en los cascarudos, cascarudos; y en la invasión, extraterrestres muy malos.
Porque uno ve lo que sabe y lo que no sabe, resulta invisible a sus ojos.
La adaptación que hizo Stagnaro para Netflix, técnicamente descomunal, suerte de orgulloso Pulqui nacional levantando vuelo entre los aviones a reacción de la ciencia ficción planetaria, tiene esa virtud: devuelve el relato que Oesterheld imaginó al mundo de las fantasías bien narradas, atrapantes, inspiradoras, materia prima con valor agregado de una industria global que mueve miles de millones dólares al año, entre cines y plataformas hogareñas.

A las y los directores, actores, productores, fotógrafos y técnicos locales les sobra talento para producir bienes culturales y quedó demostrado una vez más. La industria audiovisual argentina está –lejos- entre las mejores del mundo. Que la serie siga al tope entre las más vistas a escala universal lo confirma, y eso que la original es una historia que exuda localía. Es un logro por dónde se lo quiere ver.
En casa nos devoramos los seis capítulos en dos días. Por lo que antes comenté, yo fui feliz mientras duró, no me decepcionó ni tengo cosa alguna para reclamarles a sus hacedores, y ansioso espero por la segunda temporada, que seguro veré y volveré a disfrutar. Mis expectativas están satisfechas, aún con Ricardo Darín y los chivos a diestra y siniestra.
Pero, lo asumo, este no es El Eternauta de Oesterheld.
Hay más de Solano Lima en el story board, si se quiere. Este es El Eternauta que Stagnaro rodó para Netflix y para que sea visto en Europa, Asia u Oceanía. Una versión libre, una obra diferente, que se parece bastante a la que yo tenía en la cabeza de mis diez años, cuando yo no sabía y por eso veía menos.
Por eso igual la celebro, sin mucha exigencia y sin lectura crítica. Punto. De haberlo hecho, estaría tentado a suscribir lo que Cynthia Ottaviano escribió, también en Contraeditorial, bajo el título “El Eternauta: No es tiempo de odiar, sino de politizar”: “En momentos en que las máximas autoridades políticas del país sostienen que “no odiamos lo suficiente”, tal vez valga la pena recordar esa premisa de Juan Salvo: “no es tiempo de odiar, sino de luchar”, con ese héroe que no es solo, como insisten desde Hollywood, sino colectivo; que no necesita un súper poder individual, sino la fuerza del colectivo, conjugándose a medida que transcurre la necesidad, la urgencia por impedir la dominación. Luchar hoy es politizar.
Ante tan complejo desafío ¿cuánto espacio queda para la admiración sobre las locaciones vernáculas, la fascinación porque la cancha de River es el escenario de la invasión, la cantidad de views de la versión descremada en el mundo entero, el ascenso en los rankings, la indudable capacidad de haber dado trabajo, sobre todo en Argentina ante la sequía y el destrozo producido en la industria audiovisual por el gobierno de Javier Milei?
La pregunta resulta inevitable, ¿en función de qué historia ocurre, de qué intereses, de quién o para quiénes? ¿O acaso la conciencia del trabajador y la trabajadora no se vincula con el producto de su trabajo?

¿Habrán leído El Eternauta? ¿Cuál de todas las versiones? ¿Habrán debatido sobre la falta que nos hacen Héctor Oesterheld, sus hijas Estela, Beatriz, Diana y Marina, las últimas dos embarazadas, todas secuestradas y asesinadas, además de los tres yernos? ¿Dónde están? ¿Qué implicancias para adaptar o inspirarse en cualquier versión de la obra que el autor y casi toda su familia integren la lista de 30 mil detenidos desaparecidos por el terrorismo de Estado?”.
Suscribo en parte lo que escribió Ottaviano. Creo, sin embargo, que el tema exige sumar indagaciones. No cabe duda de que si el poder corporativo intentar despolitizar la obra, o la desaliniza al punto de potabilizarla para consumo de suscriptores en los cuatro puntos cardinales, entonces hay que probar con repolitizar nacionalmente El Eternauta, como un hecho necesario de resistencia, de los tantos que componen el rechazo cultural al modelo libertario dominante, que es todo lo contrario al “nadie se salva solo” que rescata con algo de tibieza la propuesta de Netflix.

Consigna que contrasta con el clima egoísta de época que niega cualquier salida colectiva a la crisis que provocan las políticas de ajuste y coloniaje que se vienen aplicando en la Argentina desde la desaparición de la familia Oesterheld, con el intervalo excepcional de los años de gobiernos kirchneristas.
Ahora bien, la pregunta que hay que hacerse es quién se agencia la tarea de la politización que esta nueva obra requiere. En el texto de Ottaviano aparece el Estado y hasta una apelación directa a la plataforma, al director, al productor y a sus actores.
¿Podría comenzar cada capítulo con un mensaje de Abuelas contando que hay nietos de Oesterheld que están desaparecidos desde hace décadas y no saben aún su identidad? Yo creo que sí, pero es verdad que no está, no se hizo. O sus protagonistas, cada vez que “venden” la serie o hacen “prensa”, ¿acaso podrían mencionar quién era su autor original y por las cosas que pasó? ¿O algo del contexto de época en la que se escribió el original de El Eternauta? ¿Acaso un Darín contando que es una historia contemporánea de Operación Masacre?

Obligados no están. Sería “de onda”. Compromiso basculante. Vuelvo a decirlo: este no es El Eternauta de Oesterheld. Es una nueva obra, una adaptación de Stagnaro y Netflix. Una potabilizada y globalizada de tal manera que un coreano lo vea como cuando yo lo vi siendo chico: como una aventura atrapante y listo. Un producto de entretenimiento.
Para actores y actrices, directores, iluminadores, editores, montajistas que están penando “mishiadura”, víctimas de un gobierno que paralizó el INCAA y redujo a casi 0 el fomento estatal a la cultura audiovisual, estas plataformas digitales y sus esporádicos conchabos son un atajo al alimento más o menos digno de un grupo reducido. Pero es la otra cara del mismo modelo.

Volvamos a la indagación principal. ¿Quién o quiénes deben politizar El Eternauta? No creo que haya que pedirle a Netflix, ni a los involucrados directos en una industria devastada por el libertarismo económico.
Me animo a decir que lo omitido, lo no dicho en esta adaptación que yo disfruté tanto, además de la figura de lo vacante, tiene contorno de oportunidad a aprovechar. Como si fueran puntos suspensivos a rellenar.
Están en condiciones de politizar El Eternauta las organizaciones sindicales, las educativas, de derechos humanos, las culturales, las bibliotecas populares, los partidos que todavía siguen en pie y todos los etcéteras de nuestra comunidad que resisten a la desmemoria y la antipolítica dominantes. Es allí donde la obra de Oesterheld debe ser conceptualizada, historizada, contextualizada y debatida. Politizada.

La inventiva popular intervino con las caras de la familia Oesterheld los afiches callejeros que Netflix pegó por toda CABA y el conurbano. Esa es la actitud: intervengamos la serie, hagamos de ella el disparador de juntadas donde se converse alrededor de la figura de Juan Salvo, los “cascarudos”, la psicología de los “manos”, quiénes son los “ellos”, lugares en los que pueda citar que sin los bombardeos a Plaza de Mayo no habría Eternauta, y que eso provoque que alguien desde el fondo con ingenuidad pero también con honesta curiosidad pregunte y se pregunte: “¿Por qué?”.
Que el sujeto del debate sea El Eternauta de Oesterheld y que la obra de Stagnaro sirva para generarlo y, de paso, disfrutar de una aventura bien contada que va a quedar en los anales de la industria audiovisual.
La diferencia la hacemos nosotras y nosotros. Es cierto, lo pide Ottaviano: ¡Politicémosla ya! En eso coincidimos.






