Más de la mitad de las visitas del turismo rojo corresponde a personas de entre 18 y 35 años. Con los juegos de rol del Hóngsè Jùběnshā, China convierte su historia revolucionaria en una experiencia inmersiva en la que los jóvenes ya no se conforman con mirar.
A las once y media de la mañana, el eco de una corneta militar rompe la calma del Paso de Loushan, en la provincia de Guizhou. Banderas chinas ondean impecables mientras un grupo de jóvenes turistas avanza a la carrera en un campo de batalla, en medio de explosiones de pirotecnia, columnas de humo y una pantalla gigante de fondo. “Así es exactamente cómo cargó el Ejército Rojo en aquel entonces, solo que sin efectos especiales. Para ellos, todo era real”, dirá luego Chen Muyang, una visitante de 30 años, aún emocionada por recrear la primera gran victoria de la Larga Marcha que tanto le habían contado en la escuela.

La escena forma parte del denominado Hóngsè Jùběnshā, una versión a la china de los juegos de rol y misterio, pero enfocados en los logros de la revolución comunista. Se trata de una de las propuestas del turismo rojo que más creció en los últimos años, con alrededor de 5.200 guiones recreados en unos 10.000 escenarios naturales, según cálculos extraoficiales. En Ganzhou, por ejemplo, una recreación sobre la Larga Marcha convocó a 338.500 espectadores en más de 600 representaciones. En Honghu, por otro ejemplo, un proyecto turístico convirtió 81 sitios históricos en teatros al aire libre que reciben a miles de turistas todas las semanas.
Mirar las vitrinas de un museo y aburrirse con el relato monocorde de guía que parece haber quedado lejos de las preferencias de una generación que ahora se enfunda un uniforme azul, participa en combates cuerpo a cuerpo y convierte la historia revolucionaria en una experiencia propia. Lo que aprendió en los libros adquiere otra dimensión cuando deja de ser una sucesión de nombres y fechas, para convertirse en algo que puede experimentar en primera persona.

El académico Kirk A. Denton, especialista en cultura china contemporánea de la Universidad Estatal de Ohio, advierte que “la revolución ya no es algo que se vive, sino algo que se consume”. En esa reconversión, los jóvenes de entre 18 y 35 años ocupan un lugar central. Representaron más del 52% de las más de 4.200 visitas que el turismo rojo tuvo en 2025. Y superaron el 50% de las reservas de entradas durante el primer semestre de 2026, según la cadena CCTV.
Esa presencia juvenil se combina con dos fenómenos que favorecen la difusión del relato oficial. El orgullo nacionalista del Guócháo convive con la cultura del “fichaje” (Dǎkǎ), que convierte estas visitas en una oportunidad para sacarse fotos, grabar videos y compartirlos en Xiaohongshu (el equivalente a Instagram) o Douyin (el TikTok chino).
El mercado también se expandió hacia la cada vez más activa “economía plateada”, de los adultos mayores, y al turismo infantil, con juegos de rol adaptados para chicos de entre 7 y 12 años. La revolución tiene ahora sus versiones para toda la familia, a las que se suman las universidades con sus contenidos específicos de formación académica.

La socióloga Lu Xiao, de la Universidad Xi’an Jiaotong-Liverpool, identifica en esta fórmula lo que denomina una “resonancia emocional”. El visitante participa activamente, pero la interpretación histórica permanece dentro de un marco definido de antemano. Es decir, puede decidir cómo avanzar en el juego, aunque no necesariamente discutir el relato que lo sostiene.
Con variantes, este recurso viene utilizándose desde hace décadas en las recreaciones de la Guerra Civil estadounidense en Gettysburg y en las visitas teatralizadas a los campos de la Batalla de Verdún, entre otros ejemplos. Se trata de ofertas turísticas que presentan un denominador común: bajo el formato del entretenimiento, transmiten una bajada de línea ideológica.
En marzo, las oficinas generales del Comité Central del Partido Comunista de China y del Consejo de Estado difundieron nuevas directrices para revitalizar las antiguas bases revolucionarias, con medidas orientadas a integrar el turismo y la oferta cultural, coordinar proyectos entre regiones y mejorar las rutas y la infraestructura. El documento apunta a darle mayor impulso a una actividad en la que confluyen los intereses de las autoridades, el sector turístico y un público cada vez más atraído por las experiencias inmersivas.

Ese impulso se traduce en un recorrido por los lugares que marcaron la revolución china, desde las primeras bases comunistas hasta los escenarios de la Larga Marcha. En Jiangxi, Ruijin y Yudu recuerdan los primeros años del poder comunista y la partida de aquella expedición. En Shaoshan, Hunan, los visitantes llegan a conocer el pueblo donde nació Mao Zedong; y en Yan’an, Shaanxi, descubren la época en que el Gran Timonel convirtió esa ciudad en una de las principales bases del Partido.
La expansión de estas propuestas también abre oportunidades para actores, guías y técnicos, en un momento en que la automatización y los algoritmos modifican la producción audiovisual. En un parque temático de Linyi, en la provincia de Shandong, una experiencia inmersiva sobre la resistencia china contra la invasión japonesa generó más de 130 empleos locales, 35 de ellos ocupados por personas de familias humildes de la zona. «Beneficiar a la gente representa una forma de transmitir el espíritu rojo», declaró Yan Jisuo, subdirector general del espectáculo.
La dimensión territorial de este mercado quedó reflejada durante las recientes vacaciones por el Día Nacional de China. Entre el 1 y el 7 de octubre, se registraron 826 millones de viajes internos, en los cuales el 40% de los turistas participó en actividades vinculadas a la memoria revolucionaria, como visitas a sitios históricos y espectáculos patrióticos. En Beijing, el Museo de la Revolución Popular Militar de China recibió más de 300.000 visitantes durante esa semana, un promedio superior a 42.000 por día.
En el Paso de Loushan, una corneta militar vuelve a sonar. Pero, a diferencia de 1935, esta vez la está tocando un joven turista chino.






