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Liberemos los arroyos de la ciudad

Por Antolín Magallanes
9 marzo, 2026
Liberemos los arroyos de la ciudad

En un ejercicio de gran imaginación sin planificación, como siempre, el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sacó de la galera un nuevo barrio: Península Medrano. Un lugar a desarrollar en la desembocadura del arroyo Medrano, que se favorecerá con la tierra que se extraerá cuando se empiece a socavar la Línea F de subte. Otra vez los sobrantes de tierra al río, para terminar en un negocio de especulación inmobiliaria. Otro proyecto en contra del equilibrio ambiental que requiere una gran ciudad con un gran río, como Buenos Aires.

Si hay un libro que define un río es El Corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que nos enseña mucho acerca de la condición humana y de cómo el colonialismo entraba en el mundo mediante la exploración de esos ríos, recurso que también entendió Francis Ford Coppola para explicarnos el imperialismo a través de otro río, pero en otra selva: la de Vietnam. Un sublime ejercicio de reinterpretación de un texto y de las fases depredadoras del capitalismo. Dos momentos en los que los ríos fueron el transporte de la depredación y de la alienación humana. Un río es eso también: el transcurrir de la vida y sus avatares. Y Conrad lo sabía porque lo vivió: fue capitán de barco y cursó el río Congo, inspirador de su novela.

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Un río, un arroyo, es un camino que nos lleva hacia otro lugar, que nos transporta hacia donde su agua busca ir, hacia un lugar definido que la contenga. Por ese rasgo uno presiente que puede haber otro lado, qué noticias llegan desde allí, qué pasa en esos lugares, y qué leyendas y sucesos ocurren.

Un río comunica. Pero cuando este es alterado, entubado, tapiado a la vista o rellenado, pierde ese poder de señalar destino y con él se pierde el rastro para llegar a donde deberíamos ir o soñar con ir.

Tal vez por eso Buenos Aires perdió muchos de sus caminos y señalizaciones hídricas (al menos hay cartelitos recientes en las cuencas de los arroyos) y también su gran río, en un trabajo muy dedicado hecho por la ambición inmobiliaria y la falta de una estrategia sostenida de planificación urbana.

Por debajo de la ciudad hay un cementerio de arroyos entubados que corre oculto bajo las calles y que desemboca en el Río de la Plata o en el Riachuelo. Fluyen por donde transitamos y vivimos, transmiten sus vibraciones, impregnan nuestras suelas, nos llenan de humedad, de energías y de humores. Corrientes soterradas en la ciudad, ocultas, lo que no significa que no las percibamos.

Tenemos algún registro en una boca de tormenta o en un cruce de calles, en los que podemos sentir vibrar un torrente intenso que nos llama la atención: agua que fluye, que se escucha. La presentimos en bordes aún vivos con la inclinación y vegetación de una ribera, lugar en los que alguna vez alguien se sentó a contemplar un arroyo desde esa barranquita, inmóvil con alguna cañita y un piolín para pescar mojarritas. Esa topografía permite adivinar que allí hubo un arroyo.

Los hemos percibido cuando, después de entubarlos, los seguimos cercando con construcciones, impermeabilizamos sus suelos linderos y los hemos visto emerger, hasta que generaron graves inundaciones en la ciudad. Es decir que allí están, esperando siempre su oportunidad de llenar el lugar vacío, de ir por él, de buscarlo por fuera de las paredes de concreto que, por el momento, los conducen, los ocultan y facilitan que se los ensucie. Son una gran tentación para tirar la basura debajo de la alfombra.

Entre los mitos de la ciudad de Buenos Aires hay dos recurrentes: el primero refiere a que la ciudad es plana, porque así pensamos la llanura de nuestra pampa. El segundo, que no tiene arroyos ni zanjones, ni riachos ni lagunas, salvo los artificiales que conocemos en los lagos del sur de la ciudad o en Palermo y Saavedra.

La ciudad no es plana. Tiene distintos niveles de altitud, sobre todo en su parte central. Hoy, con el auge de las bicicletas y el running, muchos porteños lo descubren en el repecho. De no haber tenido esta cualidad, las primeras obras sanitarias de la ciudad hubieran sido más costosas, pues el transporte de agua se pudo concretar por gravedad gracias a esas pendientes.

El segundo mito es tan falso como el primero: la ciudad tiene arroyos y zanjones por todos lados que han sido tapados y entubados a lo largo del tiempo por distintas razones.

El agua es un fenómeno de búsqueda permanente de sí misma: por suelos, subterráneamente, por el aire, en las lluvias y la evaporación. Está en constante transformación y búsqueda para amoldarse a su continente, siempre circunstancialmente, porque jamás se detiene.

Es como el Terminator malo, que toma el cuerpo de un policía rubio con aire de James Dean y cuya misión es matar a la querida Sarah Connor. Cuando lo destruyen, sus pedazos se separan en miles de gotas de líquido plateado y al rato se empiezan a buscar, así se reconstruye y vuelve a su búsqueda. El agua es igual, se dispersa y se busca, a la larga pasa y se reconstruye.

Hoy hemos perdido visualmente los numerosos cursos de agua que atravesaban la ciudad. Corrían por ella naturalmente en arroyos, cañadas, zanjones y pequeñas lagunas, además del Riachuelo. La mayoría de estos cursos fluviales sufrieron procesos de rectificación o entubamiento de acuerdo con las directivas que la ingeniería inglesa estableció en las obras sanitarias de la ciudad. Aquí se hizo un proceso similar al de Londres, ya que estos cursos de agua muchas veces frenaban el crecimiento de la urbanización e inundaban. Además, eran considerados focos infecciosos, no solo por sus aguas sino por quienes vivían a sus orillas: “los orilleros los marginales”. Coincidían situaciones no bien vistas para una ciudad que quería crecer y dejar atrás a la “barbarie”.

Por eso, desde aproximadamente 1900 hasta la década del 60, se dio este proceso de higiene pública y social.

Los arroyos más importantes que surcan la ciudad son el, Raggio, Medrano, Vega, White, Maldonado, Radio Antiguo (Terceros), Manso, Ugarteche y Raggio todos ellos desembocan al Rio de La Plata, el Ochoa, Erezcano, Elías y el Cildañez, al Riachuelo.

Una ciudad es una construcción social que en sucesivas capas va dejando improntas de lo que fue y de lo que quiso ser. Esas capas se manifiestan en sus suelos, sus ríos y sobre el manto primigenio de lo prístino y natural que ya no será.

Buenos Aires eligió ser una ciudad sin río ni arroyos, una ciudad muy poco “biodiversa” en sus escenarios y bastante aburrida, sin sus cursos de agua.

La ciudad es una construcción social en disputa permanente, y eso habilita repensarla.

Hoy, los conceptos más modernos y ambientales impulsan liberar los cursos de agua, dejarlos fluir, hacer que se integren urbanísticamente, que estén limpios y sean un atractivo central del paisaje en esta época de cambio climático.

El arroyo Medrano todavía tiene un recorrido al aire libre desde la Avenida Cantilo hasta el Río de la Plata. Se ha presentado en la Legislatura porteña un proyecto de parque público ribereño: el Parque del Arroyo Medrano, que integra sus riberas con las de su desembocadura en el Río de la Plata. Son ocho hectáreas de parque público entre las ya perdidas por cesiones al Tiro Federal, al Liceo Naval y recientemente al Club Atlético River Plate.

Hablamos de una ventana más hacia el río, que garantiza una cuña para la continuidad de los espacios verdes públicos, para propagar biodiversidad y contar con un plan de manejo participativo para su diseño, con gestión vecinal.

Una posibilidad de ir por el río y empezar a pensar en liberar nuestros arroyos. También de ejercer una tensión entre el paisaje monumental del Río de la Plata (que no es el estadio de River), que será para todos o para quien pueda pagar su ventanal de lujo. El barrio Península Medrano de Macri es una ribera más lejana, inalcanzable. El Parque del Arroyo Medrano de la comunidad es la posibilidad de ocho hectáreas de verde que se acercan al río.

La agenda de Gobierno de la Ciudad debe poner foco en la crisis ambiental en la que vivimos, en la participación ciudadana y en la gestión del espacio público. Ya es hora, ¿no?

*Esta iniciativa fue presentada en la Legislatura porteña por Fabio Márquez, diseñador de paisaje y divulgador urbano conocido como Paisajeante, junto con Antolín Magallanes, militante por la recuperación de los ríos y arroyos de la ciudad.

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Tags: arroyosCiudad de Buenos AiresJorge MacriPenínsula Medrano
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