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La tierra

Por Antolín Magallanes
9 febrero, 2026
La tierra


La Tierra es más que un planeta: es el escenario donde se desarrolla la vida. Durante siglos no supimos cómo era y se sostenía: si sobre un grupo de elefantes, una tortuga gigante o si era plana y en sus bordes habitaban terribles criaturas. La Tierra es esférica y achatada en sus polos. Hoy, la posverdad lo pone en duda, como pone en duda el cambio climático, los sentimientos de solidaridad, las vacunas y la libertad en nombre de la libertad.

Como dice Manal, si queremos elegir inteligentemente debemos pensar en toda la vida que nos da la tierra.

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La actividad humana ha tenido un impacto devastador. La deforestación, la contaminación, el cambio climático, la erosión, los incendios y la sobreexplotación de recursos naturales han llevado a la degradación ambiental y a la pérdida de biodiversidad de nuestro planeta.

Todos los elementos naturales se mezclan y se regulan entre sí por un motivo de equilibrio en la naturaleza, en el que muchas veces nos interponemos sin sentido.

Como cuando contribuimos a provocar temblores o terremotos por nuestra acción, como puede ser la construcción de una represa, la extracción de recursos, la inyección de fluidos en los suelos (fracking) y la minería de extracción.

Las causas de la contaminación son siempre nuestra responsabilidad: actividades industriales, emisiones y vertidos de sustancias químicas, emisiones de gases de efecto invernadero, partículas, la gestión inadecuada de residuos sólidos y líquidos. La carrera industrial nos ha dejado grandes pasivos ambientales que se manifiestan en vertidos de sustancias químicas y metales pesados, que deben ser reparados o al menos compensados.

También la agricultura intensiva, el uso excesivo de pesticidas y fertilizantes químicos y los desmontes colaboran en este proceso.

Asimismo, son de referencia ineludible los residuos urbanos y la gestión inadecuada de residuos sólidos y líquidos, algo conocido por todos nosotros en la mugrosa ciudad que habitamos.

La contaminación del agua, la lixiviación de sustancias químicas hacia los acuíferos y los efectos sobre la salud humana ante la exposición a sustancias tóxicas a través de la cadena alimentaria son riesgos a desterrar.

La lixiviación, palabra que deriva del portugués lixo, que quiere decir basura. El lixiviado es el juguito que producen los residuos húmedos, el que riegan por las calles los camiones de basura todos los días y se solidifica en el suelo para que las lluvias lo barran y, vía los desagües pluviales, lo lleven a los ríos. Un recorrido espantoso para tanta gente de ducha diaria en las ciudades.

Un tercio de los suelos del mundo está moderada o muy degradado debido a la erosión, la pérdida de carbono orgánico, la salinización, la compactación, la acidificación, la desertificación y la contaminación química.

El 40 % de los suelos de Argentina están degradados, lo que representa 112 millones de hectáreas afectadas. Esto se debe a factores como el avance de la frontera agrícola, los desmontes, los pastoreos intensos y el uso excesivo de agroquímicos.

Tenemos 13,3 millones de hectáreas en manos de extranjeros, lo que genera preocupación por el uso y acaparamiento de recursos naturales. Existe una gran concentración de tierras donde la compra y el arriendo de campos para la instalación de parques eólicos y proyectos de hidrógeno verde están generando preocupación en comunidades locales. El sureste y el noroeste argentino son “puntos calientes” en cuanto a la desecación de la tierra, lo que puede tener graves consecuencias en los ecosistemas.

Se estima que la degradación del suelo ha reducido los rendimientos de los cultivos en al menos un 10 % en vastas extensiones del planeta, afectando especialmente a Asia.

En nuestra pampa argentina, ese lugar tan antropizado (intervenido por el hombre) por cultivos y ganado que desesperadamente reemplazó al originario espacio natural para incorporarse a la división internacional del trabajo y ser el granero del mundo a fines del siglo XIX, hoy esa gran extensión está pasando por una situación crítica debido a las inundaciones causadas por lluvias intensas y la falta de obras de infraestructura.

Más de cinco millones de hectáreas están afectadas, lo que representa una superficie mayor que la de Dinamarca. La región, conocida por su producción agrícola y ganadera, está experimentando problemas de acceso a los campos, pérdida de cosechas y dificultades para el transporte de productos.

Lluvias intensas, como las precipitaciones de 2025, superaron los 1.600 milímetros, casi el doble del promedio anual. La falta de obras de infraestructura, la paralización de obras de drenaje y la falta de mantenimiento de caminos y canales han agravado la situación.

Si a esto le sumamos el cambio climático, que ha modificado temperaturas y regímenes de lluvias, más el desmonte, observamos la pérdida de biodiversidad de los pastizales nativos. Allí se albergaba una gran variedad de especies de plantas y animales que se vieron desplazadas por los cultivos. Los cultivos intensivos pueden llevar a la erosión y a la pérdida de nutrientes del suelo, alterando este equilibrio si no se planifica y se cuida.

La aparición de las denominadas tierras raras suma más interrogantes. Son un grupo de 17 elementos químicos, esos que no entendíamos para qué servían en aquella tabla periódica de los elementos en la secundaria. No los nombro gracias a que alguien, en un rapto de genialidad comunicacional, las denominó tierras raras y se acabó la complejidad. Dichos elementos y sus propiedades son fundamentales para muchas tecnologías modernas, y eso los convierte en la nueva leyenda de El Dorado, preparando otra conquista más.

Es bueno saber sobre la tierra, saber de la desesperación con que algunos la esperaban y la buscaban en el horizonte, como Rodrigo de Triana, que fue quien gritó “¡Tierra!” cuando vio nuestro continente. Pero también es bueno saber lo que vino detrás de eso.

Lo que vino luego fue la conquista, con los ejércitos. Pero más eficientes fueron los cultivos, las nuevas plantas y la modificación del paisaje para hacer vivir en su tierra a alguien como un desterrado y al recién llegado como el dueño. Cambiar el paisaje es una acción del conquistador, que impone el suyo. Así aparecen nuevas enfermedades, vectores que las transmiten, cambios en la biodiversidad y el desarrollo de especies sin predadores, entre otros efectos. El ejemplo de los pinos ardiendo en el sur es un buen ejemplo de quien quiere Alpes suizos en la cordillera más imponente del mundo.

Hay muchos conflictos, además de los descriptos a tener en cuenta: conflictos por la propiedad de la tierra con pueblos originarios, agrarios y urbanos, que deberían ser atendidos

Los recursos naturales debe ser una prioridad. Su regulación y cuidado deben ser atendidos para superar situaciones de hambre y pobreza mediante el valor agregado y comenzar una etapa más virtuosa en esos términos. La organización planificada del territorio y la economía nos deben dar una oportunidad de crecimiento.

No se trata de no utilizar los bienes naturales, sino de hacerlo con cuidado; de allí surgen nuestros alimentos. Sin una mirada ingenua, sabemos que la ingesta que merece la humanidad es grande, y por eso cuidarla es primordial, lo cual se hace plausible mediante la planificación de su uso y explotación.

No hay que ser necios ni maniqueos. Toda empresa busca maximizar ganancias; no son sociedades benéficas. Un estricto cuidado ambiental es más caro que no incluirlo. Es el Estado quien tiene que regular y vigilar. “Cuanto más subdesarrollado es un Estado, menor es su capacidad de vigilancia”, nos sugiere el economista Claudio Scaletta*. Cuanto más anti-Estado es la ideología del pseudo ambientalismo, menos va a creer en la capacidad de regulación pública, coincidiendo con la política de la motosierra.

Hay por estas pampas quienes extrapolan un pensamiento de sociedades desarrolladas que ya explotaron sus recursos no renovables a una Argentina de desarrollo medio y con todos los recursos aún sin explotar.

La defensa de la naturaleza no debe ser un pensamiento reaccionario funcional a quienes quieren dominarnos.

Debemos recuperar una historia de planificación del territorio para generar cierta armonía que cuide nuestro entorno. Como dice Marta Aguilar**, “el hombre es una construcción social, con acumulación del trabajo, que crea una segunda naturaleza antropizada. Esa naturaleza revela el modo de desarrollo que la sociedad ha ido acumulando y revisando a lo largo del tiempo”. Es hora de ponerse a pensar qué es lo que queremos.

* Economista y periodista.
** Urbanista, fue directora del Plan Nacional de Planificación Territorial hasta 2015.

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Tags: cambio climáticocontaminaciónerosiónrecursos naturalesTierra
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