La memoria es un proceso cognitivo que nos permite almacenar, retener y recuperar información sobre experiencias, eventos, conocimientos y habilidades. Es fundamental para nuestra identidad, aprendizaje y adaptación al entorno social.
En estos días que hacemos un sano abuso por recordar y conmemorar, aparecen situaciones que con el tiempo fueron adquiriendo mayor definición. Es decir, se fueron contextualizando a medida que entre todos hicimos un gran trabajo para recuperar la memoria colectiva.
No es solo el viaje individual al pasado, sino todos los viajes que nos hemos permitido con la ayuda del cine, el teatro, la música, la literatura, las movilizaciones y otras acciones colectivas. Podríamos decir que todas esas situaciones ofician de motivación y despiertan inquietudes que nos introducen en los laberintos del recuerdo.
Aparecen entonces, ideas sueltas que adquieren relevancia actual, historias que pasaron dentro de una cotidianeidad que -tal vez por ser niños- no entendíamos demasiado.
Así vino a mi memoria la señorita Beatriz, una maestra de esas de antes, de gesto adusto y actitud severa, ésa que sabía que algún día me iba a tocar y me veía venir para el sexto y séptimo grado.
Así se dio la profecía autocumplida, como estaba previsto. Pero no fue como yo creía, en aquella Escuela Número 10 del Distrito Escolar 10, Joaquín María Cullen, del barrio de Núñez.
Efectivamente, en sexto grado la tuvimos y -como dirían los pibes de ahora- pegué onda. También noté que ella era bastante parca, pero amable. Solo una mano de ella en mi hombro para escuchar una pregunta que le hiciere me hacía feliz.
Durante los primeros días de clase, la señorita Beatriz me habló en un recreo: “Magallanes, usted está en observación y sé que puedo esperar mucho de usted”. Mis ojos, expresaron asombro y respondí con un “Sí, señorita Beatriz”.
Nadie hasta ese momento me había hablado de ese modo. Pero claro, todo esto tenía su origen en la dirección de la escuela, a cargo de una tal señorita Lucía. Ella, todos los años, en el momento de la inscripción le pedía mi madre que me anotara en otra escuela. Mamá se mortificaba y me descargaba su coscorrón anual, de vuelta a casa.
Lo dicho por la señorita Beatriz en aquel recreo me sonó por primera vez a ser tratado como un adulto, no sentí en ello la entonación de la amenaza sino más bien la del desafío que me correspondía.
La señorita Beatriz vivía cerca de casa, cruzando la vía, al lado de una casa de ropa de hombres, que también era sombrerería y en la que se confeccionaban a la vista, los sombreros de hombre.
Era un departamento normal en planta baja que daba la calle, por lo que chusmeé un día que la seguí mientras volvía de hacer compras y me aposté detrás de los vidrios de la panadería “La Unión de Núñez”, que estaba en diagonal a su casa.
Qué cosa extraña encontrarse con los maestros por la calle; para mí eran como los jugadores de fútbol: no vivían entre mortales.
Una mañana, la señorita Beatriz faltó a clase y se instaló una sensación de tragedia en la escuela que, si bien no se nos transmitía, se hizo sentir.
Era raro que una maestra faltara en esa época. Muy raro. Creo que volvió a los dos días, y ahí estaba al frente del grado en la formación con su pose casi marcial; pero en su rostro se advertía cierto dolor. No tenía la firmeza diaria, parecía herida.
Su condición de vecina habilitó a las comadres del barrio, que hicieron correr la noticia. Su único hijo, un avanzado estudiante universitario, había muerto. Más precisamente, lo habían encontrado asesinado a balazos y tirado a orillas del Riachuelo; fue en 1975. A partir de allí, el barrio se volvió cada vez más turbio, hasta que llegó el Golpe militar, cuando llevábamos un par de semanas en séptimo grado. Vivir en Núñez, nos regalaba la presencia permanente de la ESMA. Patrullaban permanentemente el barrio junto a un móvil policial y dos Pick Up grises, que en sus cajas llevaban sentados espalda contra espalda a los marineros exhibiendo sus FAL (fusil automático liviano).
En las puertas de la casa de Martita, apareció un muchacho fusilado y el frente de su domicilio quedó agujereado a balazos. La Unidad Básica de al lado de casa, la “Perón o Muerte” de la Circunscripción 16, cerró sus puertas. Ya no volveríamos a ver a muchos y a muchas que militaban allí: uno era el diariero, que dicen, se fue a Brasil. También mis señoritas de apoyo escolar, a quienes jamás volvía a ver.
También desde mis ojos de niño recuerdo dos momentos asombrosos: uno, ir a ver a Defensores de Belgrano, mi equipo, a su cancha, justo frente a la ESMA. ¡Alentábamos desde “la techada” al grito de “El chupe, chupe, chupe, no deje de chupar, ¡que a Defe, no lo para ni la junta militar!”; al tiempo, Defe tendría su desaparecido, Marquitos Zuker.
De aquellas épocas, había un muchacho, el Mono, que no faltaba nunca, aún hoy cuando voy a la cancha esporádicamente, lo veo ya grande. En aquellas épocas tocaba el bombo; con el tiempo lo vi y lo sigo viendo, siempre presente en el Bajo y en las marchas de las Madres de Plaza de Mayo.
El otro hecho fue, estar de compras con mi madre, en lo de Mario, una casa de pastas frente a la Estación de Núñez, pegada a un edificio que debe haber sido uno de los primeros edificios en torre del barrio. Como contaba antes, estaba en la casa de pastas y en su techo se recortaba nítida una silueta humana, como la de los dibujitos, cuando traspasan las paredes. El rumor del barrio era que habían tirado a un “extremista” desde el último piso. Nadie dijo nada, y todo el mundo se marchó con sus pastas de domingo a la vuelta de la misa.
Lo cotidiano durante esos años, era el acoso policial, frente al que desarrollamos cierta entereza, por las reiteradas exposiciones, sobre todo cuando nos pedían documentos. Las cédulas de identidad -que eran como una segunda piel- de plástico, estaban todas destruidas y desteñidas, pues siempre iban a parar al lavarropas con el único jean que teníamos.
Así transcurrieron esos años, en los que “la Federal” nos hacía subir a colectivos de línea para llevarnos detenidos, mientras hacíamos “la cola” de algún concierto de rock. Todo por el solo hecho de ser menores de edad, que saldríamos después de las 22 horas.
No era divertido estar en vacaciones tocando la viola en la playa por la noche y que los tipos fueran a echarnos o se metieran en nuestras carpitas clandestinas que habíamos armado en médanos, para no pagar camping y desarmarlas con crueldad. Tal vez éramos demasiado inconscientes, pero llevábamos cierta rebeldía a cuestas. Recuerdo la época de las revistas subterráneas que proliferaban en distintas tribus juveniles, y que vendíamos en las “colas” de los recitales.
Al asumir Viola, el General “democrático”, que sucedió a Videla, y cuyo hijo jugó en Defensores y en Atlanta, alguien de la secretaría de cultura nos llamó para sugerirnos que habláramos “solo de cultura, no de política”. Nuestra respuesta fue poner la foto de Chaplin en el Gran Dictador, en todas las contratapas de nuestras revistas, lo que trajo algunos contratiempos legales.
La memoria nos juega pasadas increíbles. De repente trae, como a las orillas del mar, vestigios de un naufragio, elementos incompletos, por los cuales reconstruimos que pudo haber pasado.
En estos días, la aparición en mi memoria de la señorita Beatriz fue un dato triste. Su rostro lleno de dolor, la ausencia de su mirada. Demás está decir que ella me motivo mucho y termine séptimo grado con certificado de alumno sobresaliente.
Hace unos días en el grupo de watssap de la primaria, pude rescatar su apellido, pese a que no todos se acordaban de lo que le había pasado.
La represión y los crímenes cometidos durante la dictadura militar han sido objeto de negacionismo y olvido. Algo que ejerce con enfermiza dedicación el actual gobierno.
La esclavitud y su legado siguen siendo temas tabúes, así como la historia de nuestros negros y paisanos indios.
La señorita Beatriz, El Mono de Defe, la silueta en la fábrica de pastas, mi cédula de identidad destruida son recuerdos que se ramifican y me llevan de repente a sorprendentes búsquedas del pasado.
Toda mi adolescencia fue atravesada por la dictadura; así, supe de un mocoso de 14 años que debutaba en Argentinos Juniors, Diego Armando Maradona, quien me haría feliz, seguí a Spinetta y a García que me hicieron sentir vivo, hice mis amigos más fieles, y que aún me acompañan, definí qué quería ser en la vida, y comencé una larga marcha, junto otros y otras siguiendo unos pañuelos blancos.






