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Cuando la memoria y el territorio se entrelazan

Por Fabio Oliva
6 octubre, 2026
Cuando la memoria y el territorio se entrelazan
A cinco décadas del golpe, familiares, vecinos y organizaciones colmaron la Casona de los Olivera del Parque Avellaneda, CABA, en el 1er Taller de Memoria Barrial. Allí sonaron 38 presentes, se mapearon historias del barrio y la lista creció hasta 41 nombres.

Este sábado 3 de octubre de 2026, después de cincuenta años, 38 compañeros detenidos-desaparecidos se hicieron presentes en el 1er Taller de Memoria Barrial, promovido por la Mesa de Trabajo y Consenso (MTC) del Parque Avellaneda.

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Ese camino de memoria había comenzado mucho antes. A fines de los años 80, un grupo de vecinos y organizaciones comenzó a recuperar el tejido social y urbano que la última dictadura cívico-militar había fragmentado y destruido. El primer paso fue escribir nuestra propia historia: un relato situado que parte del reconocimiento de la preexistencia de los pueblos originarios, la Chacra de la Huérfanas durante la peste de 1750, el paso de la familia Olivera durante 100 años y la historia del Parque Público inaugurado en 1914 que llega hasta nuestros días.

A ese proceso se sumó una metodología de planificación participativa y gestión asociada que permitió poner en valor el patrimonio arquitectónico de numerosos edificios y desplegar proyectos ambientales, culturales y educativos, entre ellos la creación de una escuela media. Con el tiempo, esa experiencia se institucionalizó mediante dos leyes: la Ley 1153, que reconoce al Parque como Unidad Ambiental, a su Plan de Manejo y a la MTC como espacio de toma de decisiones, y la Ley 3042, que establece un polígono de patrimonio histórico que incluye al Parque y su entorno.

En el Plenario Nº 300 de la MTC, en 2024, se acordó conformar un Grupo de Memoria. Su primer gran trabajo surgió a partir de la propuesta “Votar con memoria”, impulsada por organismos de derechos humanos para las elecciones de 2025. La iniciativa consistía en cruzar los datos del RUVTE (Registro Único de Víctimas del Terrorismo de Estado) con los padrones electorales para volver visibles, en las mismas mesas donde debían votar, las ausencias provocadas por el terrorismo de Estado.

Así se identificaron 31 detenidos-desaparecidos vinculados al barrio. Se confeccionaron volantes con sus imágenes e historias, se armó un primer mapa de los lugares de votación y de los sitios donde habían vivido, trabajado o estudiado, así como de aquellos donde ocurrieron secuestros y asesinatos. Así nació la 1er Caminata por la Memoria y sus nombres también fueron llevados en una pancarta a la Marcha Orletti-Olimpo.

Lo que comenzó como el trabajo de un grupo fue creciendo hasta convertirse en una responsabilidad más amplia. El taller del 3 de octubre fue un nuevo paso: de recuperar nombres a reconstruir colectivamente las historias y los vínculos que esos nombres tenían con el territorio.

La inauguración del panel: los nombres vuelven al barrio

La jornada comenzó en la Sala de la Memoria de la Casona de los Olivera, recuperada en el año 2000 como sede de la Gestión Asociada y Centro de Arte Contemporáneo. Familiares de las víctimas, integrantes de la MTC, organizaciones de derechos humanos y vecinos fueron llegando hasta colmar el espacio. Entonces comenzó a circular la palabra.

Los testimonios fueron conmovedores y todavía resuenan en quienes pudimos presenciarlos.

Habló María Victoria, hija de Antonio Lucente, detenido-desaparecido que había egresado y luego sido docente de la Escuela Media Cornelio Saavedra, un reconocimiento que la institución todavía le debe.

Néstor viajó desde Arrecife con una bolsa llena de fotografías familiares y recuerdos para enriquecer la memoria colectiva. Es hermano de Eduardo y Antonio Garutti, ambos detenidos-desaparecidos, que vivían con su familia en el barrio Alvear.

Estela Maroni sumó dos historias: la de su hermana Beatriz, que estaba embarazada cuando fue detenida en su domicilio junto a su esposo, Carlos Rincón, y la de su hermano Patricio, docente en Villa Cildáñez. Estela, Mabel y Patricio son hijos de Enriqueta Maroni, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo.

También escuchamos un audio que llegó desde La Matanza: el testimonio de Paulino, docente de los talleres para familiares de detenidos-desaparecidos que funcionaban, en plena dictadura, en la Parroquia Salesiana Nuestra Señora de los Remedios.

Entonces se descubrió el panel con las imágenes de los compañeros. Y sonó con mucha fuerza el presente de cada uno de los 38.

Después, la sobrina de Lucente, sentada en la imponente escalera de la Casona junto a su hija y su hermano, leyó una poesía que su padre había escrito para un amigo. Fuimos testigos de las miradas entre los familiares, que en cada verso encontraban complicidades, recuerdos y una historia compartida que volvía a hacerse presente.

El barrio como mapa de la memoria

En otra sala de la Casona todo estaba dispuesto para el trabajo colectivo. Un gran plano del barrio ocupaba el centro del espacio y, en la pared, se proyectaba un plano interactivo que permitía ubicar dónde habían vivido, trabajado o estudiado los compañeros y dónde habían sido detenidos o asesinados.

La consigna fue dividirse en cuatro grupos de unas quince personas para mapear historias vinculadas con la violencia estatal y con las formas de resistencia durante la dictadura.

Los testimonios fueron sucediéndose.

—Yo vi cómo se llevaban a una persona frente a mi casa. Era chica y nunca supe quién era.

Alguien del grupo le preguntó dónde había sucedido. La escena pudo entonces conectarse con la historia de Olga Vitullo, secuestrada junto a su esposo, Rodolfo Ferreyra.

Otro testimonio fue especialmente conmovedor. Un familiar de Patricia Faraoni, de apenas 18 años, llevó la historia de ella y de su novio, Eduardo Guerci, ambos detenidos-desaparecidos e integrantes de un grupo juvenil de la Parroquia de los Remedios. Ninguno de los dos figuraba en los registros del grupo. El familiar aportó fotografías que permitieron, además, ponerles rostro.

Más tarde, otro testimonio incorporó a Juan José Cao, exalumno del Colegio Casal Calviño, que tampoco estaba registrado.

La lista, que había comenzado con 31 nombres y había llegado a 38 para el taller, volvió a crecer. Ahora eran 41.

La presencia de los jóvenes del Centro de Estudiantes del Saavedra le dio al encuentro un marco esperanzador. Se sumó el compromiso de hacer memoria en la escuela de Lucente. Su hija llevó el diploma original de egreso de su padre: un documento sencillo, pero cargado de una fuerza enorme frente a cualquier intento de negar lo sucedido.

También aparecieron testimonios de abusos policiales en distintos puntos del barrio. Uno de ellos permitió reconstruir, a partir de dos miradas diferentes, un episodio ocurrido en Zinny y Carlos Morel: un choque confuso que terminó con el asesinato de una persona y la llegada inmediata de camiones del Ejército.

Quienes reconstruyeron aquella escena eran entonces niños. Habían visto lo ocurrido desde el miedo y, durante décadas, habían guardado esas imágenes. Ahora podían ponerlas en común y volver a inscribirlas en la historia del barrio.

Volver a encontrarse en el territorio

En el plenario final, las historias se entrelazaron sobre el gran plano central.

Allí apareció con claridad algo que durante toda la jornada había estado presente: no alcanza con recuperar los nombres. Es necesario volver a entramarlos con el territorio y con las vidas que llevaron.

Dónde vivieron. Dónde estudiaron. Dónde trabajaron. Con quiénes se relacionaron. Qué organizaciones integraron. Qué lugares frecuentaron. Qué huellas dejaron.

Y apareció también un factor común: el Parque Avellaneda había sido parte de la vida de muchos de ellos.

Hacer memoria en ese mismo lugar que alguna vez los congregó produce algo más que un ejercicio de recuerdo. Los vuelve a colocar dentro de una trama colectiva. Los nombres dejan de ser una lista y recuperan historias, vínculos, afectos y pertenencias.

Por eso esta jornada tuvo algo de histórica.

Después de cincuenta años, 38 compañeros volvieron a hacerse presentes en el barrio que también había sido parte de sus vidas. Y el taller permitió que aparecieran tres nombres más, llevando la lista a 41.

Pero, sobre todo, permitió que familiares, vecinos, jóvenes, organizaciones y quienes participan de la MTC pudieran encontrarse alrededor de esas historias y comenzar a reconstruirlas colectivamente.

Quizás allí esté el sentido más profundo de este camino de memoria: volver a tejer lo que la dictadura quiso destruir.

El territorio guarda las huellas. La memoria permite reconocerlas. Y cuando esas huellas vuelven a encontrarse con las personas y con las nuevas generaciones, el tejido vuelve a crecer.

El cierre estuvo a cargo de Juan Subirá, esposo de la sobrina de Lucente e integrante de Bersuit Vergarabat, en acordeón, y Gabriel Vartuli, de Arena Negra Dúo, en guitarra, nos invitaron a cantar La cigarra. Cantamos todos, y todavía nos resuenan ecos de que ¨alguien te rescatará para ir cantando¨.

Después de cincuenta años, volvieron al barrio.

Ahora el desafío es seguir tejiendo la memoria.

*El autor es Integrante del Grupo de Memoria de la Mesa de Trabajo y Consenso

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Tags: Casona de los OliveraDerechos HumanosMemoria barrial
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