Prólogo de “¿Para qué sirvió el peronismo? Once ideas para comprender su existencia”, un libro de lectura casi obligatoria.
Soy peronista. Hijo de peronistas y nieto de peronistas. Nací y me crié en una familia en la que los nombres de Perón y Evita se pronunciaban en la mesa como si fueran parientes cercanos. Como mi mítico abuelo Carlos, colectivero, quien había participado en la histórica jornada del 17 de octubre o como mi tío Puchi que aseguraba que había estado vinculado al gremio de FOETRA. O como mi abuela Clementina, fervorosa defensora de la República Española, de quien conservo su carnet de afiliada a la Rama Femenina, con el número 3955. O como mi abuela Emilia, hija de napolitanos, quien me explicó que ella era peronista porque «Perón había sido como Mussolini» y que conservó un ejemplar de la primera edición de La razón de mi vida, firmado por la mismísima Evita y fechado en 1951 –único libro que tenía en su casa y recuerdo haber visto durante una charla entre mates y tortas en su departamento, que es el mismo en el que hoy vivo–. Pero también como mi vieja, peronista cabal y absoluta, y como mi viejo, un típico liberal-nacional que no ocultaba cierto recelo por los desvíos autoritarios de Perón, quienes discutieron toda la vida sobre las características, los alcances y las contradicciones del movimiento popular más persistente de Latinoamérica.
Nada me fue dado con mayor naturalidad que cierta visión del mundo y de la patria que otorga el peronismo. Porque, por sobre todas las cosas, ofrece un sistema cultural, una forma de interpretación –abierta, inconclusa, con aciertos, contradicciones, desatinos– de la existencia propia y de todo aquello que nos rodea. El peronismo le da sentido a la vida de los peronistas.
Este libro no es texto de memorias ni la justificación de una elección de vida. Es hijo, en todo caso, de una perplejidad. No pretende ser una obra académica ni tampoco proponer una tesis objetiva ni neutral. Es un manojo de ideas que traduce una búsqueda de respuestas para una preocupación que es constitutiva de mi identidad. Pero, repito, no es un libro personal. Es un libro de pensamiento político, de aplicación de algunas teorías que pueden explicar –sin prejuicios, pero sin lugares comunes– un movimiento histórico que interpretó las formas de sentir de una mayoría del pueblo durante muchas décadas. Ni culpa ni exculpa al peronismo sino que intenta comprender cuál fue su función, por qué se mantuvo tantas décadas en el centro de la dinámica política argentina.
Este libro presenta una mirada sobre las diferentes miradas que a lo largo del tiempo se discutieron sobre el peronismo. No pretende dar una explicación definitiva ni absoluta, apenas aporta un puñado de ideas, como una contribución más a tantos buenos libros sobre este movimiento, creado por Juan Domingo Perón, que aún hoy incide en el sistema político. No está elaborado como una descripción histórica, ni como una cronología. Intenta ofrecer una clave posible de interpretación. Pero, por sobre todas las cosas, es un trabajo basado en preguntas más que en afirmaciones, porque no es la sentencia efectista la herramienta más elaborada de un pensamiento. Así es como todo su desarrollo se sostiene sobre la certeza de que quien solo responde anestesia la angustia intelectual mientras que las incertidumbres mantienen con vida una tradición del pensamiento, ya que lo más fructífero del desarrollo intelectual son las preguntas y cómo estas se formulan.
Comienzo este libro con algunos recuerdos de infancia porque, justamente, en aquellos años descubrí la dislocación entre lo que yo percibía como algo «bueno» –el peronismo que me rodeaba– y las primeras manifestaciones ajenas de discordancia, incluso hostilidad. Estentóreas acusaciones de «nazismo», «fascismo», «comunismo», «totalitarismo» en mi preadolescencia fueron mutando a mandatos como «no se puede ser peronista y de clase media», «no se puede ser blanco y peronista». Ya en los años noventa, los de mi paso por la universidad, se entremezclaban estas afirmaciones con cariñosas intentos de inclusión por parte de mis compañeros de cursada que me acusaban de «ser el único peronista inteligente que conocían». Durante el recorrido como periodistas en varias redacciones de diarios y revistas la experiencia no fue diferente: los sectores medios e intelectuales, ya sea en sus versiones cercanas al liberalismo antiperonista o al progresismo, se resistían a entregarme el carnet de buena conducta al descubrir mi «peronismo».
Esa sucesión de frases y situaciones estigmatizantes despertó en mí una curiosidad profunda: ¿por qué los peronistas no tenemos permitido el ingreso a los círculos establecidos de la sociedad si no ofrecemos un «auto de fe»? ¿Por qué los peronistas pueden ser tachados de autoritarios, corruptos, incorregibles, bárbaros, grasas, negros de mierda, choriplaneros, orcos, subhumanos, fanáticos, y cientos de insultos y acusaciones más sin pruebas, sin indicios, por la sencilla sentencia sin juicio previo? ¿Qué mecanismos accionan en la sociedad argentina para que estas generalizaciones –todo acto de generalización es un hecho de fascismo (incluso esta)– sean efectivas, eficientes, pero, por sobre todas las cosas, disciplinadoras de los sectores no peronistas?
Por supuesto que no creo que no haya peronistas merecedores de alguna de esas acusaciones a título personal. Pero también creo que esas imputaciones pueden realizarse sobre hombres y mujeres de diferentes partidos en la Argentina. Sin embargo, esa operación no ocurre. ¿Por qué razón contra los peronistas todo vale? Bombardear, fusilar, proscribir, secuestrar, desaparecer, torturar, humillar, burlarse en los medios, ofender, encarcelar sin garantías, hacer shows televisivos de supuestas investigaciones por actos de corrupción, filtrar conversaciones privadas son algunas de las acciones a las que fueron sometidos militantes y dirigentes peronistas. Por supuesto que el peronismo cometió actos violentos y autoritarios, casi del mismo tenor de los que fue víctima. No es ese el punto. Me interesa averiguar los mecanismos sociales por los cuales la reconstrucción «histórica» replica la estigmatización a través del uso de los significantes: mientras la brutal matanza de más de trescientas personas consumada el 16 de junio de 1955 fue «el bombardeo a Plaza de Mayo», la matanza de trece personas llevada adelante el 20 de junio de 1973 fue definido como «la masacre de Ezeiza».
Más allá de sus virtudes y defectos, la sociedad argentina se divide una vez más entre la «gente de bien» y los peronistas. Los capítulos de este libro intentan desenredar el problema que plantea cuál fue la función del peronismo en la historia argentina, para qué sirvió, pero –por sobre todas las cosas– por qué razón el peronismo, que intentó construir una Argentina determinada, propia, generando sus propios extranjeros, resultó siendo el extranjero en una Argentina que todavía le es ajena.






