Contraeditorial

A vueltas con el experimento Grafton/Milei

En lugar de detenernos en el goce melancólico narcisista por los pecados del gobierno anterior para explicarnos el marasmo en que nos hemos hundido, conjeturemos una perspectiva más amplia. (Sí, aquellos pecados –menores–, atravesados por la colosal tragedia del siglo XXI, la puesta en pausa del mundo entero y las muertes masivas, más las secuelas de todo tipo que no terminan de revelarse.) Tengamos el coraje de reconocerlo sin falsas condescendencias hacia las precedentes mediocridades, defecciones y errores inocultables, pero también sin convertirlos en mitos encubridores. El mito encubridor es funcional a las representaciones antiperonistas y antipopulares: todo lunar en la piel popular es un océano purulento, y todo océano purulento de las derechas es un lunar. 

En una nota periodística publicada hace un año sobre las organizaciones sociales aparece como al pasar una paráfrasis procedente del referente de una de ellas, para quien “había una oportunidad a la salida de la pandemia para instrumentar un ingreso universal como podría haber sido el IFE”. Sírvanos esta frase solo como muestra, como ocasión para ilustrar una idea que desvela: ¿cuánto hace que como sociedad damos vueltas alrededor del ingreso básico universal (o como se llame) sin reconocer el debate? Eludimos afrontar el particular. Mientras que en otros países se discute la cuestión de manera analítica, doctrinaria, teórica y práctica, pero en forma explícita, en el nuestro hemos construido una riquísima historia social sobre el asunto con idas y venidas, aproximaciones y desvíos, con múltiples formas de configurar una masa social crítica predeterminada a abordar con mayor consecuencia la sustentabilidad práctica del derecho a la existencia.

“Las distracciones clasemedieras financiadas con la deuda externa son solo eso, desvíos para mantener ocupada a la chusma, por más perfumada que se autoperciba y tilinga que la designemos”.

No es sobre si omitimos el tema o lo consideramos, en tanto lo que se advierte cuando se lo explora es que de algún modo ya hay desde hace tiempo un consenso generalizado sobre que en tiempos inciertos será necesario llevar a la práctica alguna versión del ingreso básico universal. Varios mil millonarios, que lo han admitido abiertamente, lo postergan hacia un futuro nebuloso, pero lo mencionan. El espectro que abarca este tema va desde un aporte eventualmente entre exiguo y miserable, más cercano a la nuda vida que a la dignidad, hasta un salario básico universal que permita entender el empleo como una opción competitiva que declinar sin por ello poner en peligro el sustento, un sustento limitado, austero, modesto, pero viable para una existencia sin grandes anhelos de consumos prescindibles. El debate es extenso y complejo, y ha sido motivo de interés en otros países en sus propios términos, incluyendo experimentos realizados, tanto de tipo plebiscitario como de implementaciones “piloto”. Se les atribuye un éxito razonable en la bibliografía respectiva.

Para cualquiera en el mundo que se interiorice de la historia social reciente argentina, tiene que resultar evidente que nuestro país cuenta con un repertorio de experiencias garantes del derecho a la existencia en múltiples variantes. Incluso el demonizado movimiento “piquetero”, los “cortes” de calles y rutas, algún día serán descritos en los libros de historia como lo que fueron, son y serán, modos populares, insistentes, perseverantes, carnavalescos, acampantes, abigarrados, de negociar aquello que la sociedad hegemónica concedía a regañadientes o con reservas. Y todo ello con un fondo de queja constante, resentida, odiante, intemperante, y que finalmente desbordó los diques político-sociales de contención a favor de la distopía de las veredas y su orden cerrado. Exactamente lo que votaron.

Cuando decimos aquí que hay una prehistoria argentina en diálogo con el derecho a la existencia, no dejamos de lado que excede al peronismo realmente existente, porque el peronismo, mal que les pese a quienes lo detestan, ha recorrido y recorre a la sociedad en forma transversal. Por eso algunos logros sociales fueron ideados o aun realizados hasta en gobiernos militares, de facto, dictaduras, a través de líneas suyas internas que procuraban de esa forma destituir al peronismo en modo “populista”, pero con logros concretos que además perduraron. No faltan ejemplos, que también en la institucionalidad democrática abarcan a todos los gobiernos menos al actual. No es sorprendente que hasta en el macrismo sucedieran tales cosas. Nos sorprende, pero no es sorprendente, porque la Argentina no ha sido gobernable sin concesiones de distinto grado, aun menores o hasta ínfimas, y no exentas de alternarse aun con un genocidio o bombardeos de población civil.

Incluso el actual experimento Grafton (por la tentativa anarcocapitalista que una pequeña población norteamericana hizo con resultados desastrosos) contiene una línea distributiva mínima a fin de mantener al menos un frente en aparente latencia mientras destruyen el país entero. Sin embargo, en el presente se asiste a un fenómeno límite, radical y extremo, de imposible realización. La “imposibilidad” no remite a una irrealización fáctica, que no tendría sentido aducir ante las evidencias de la demolición sistemática en curso, y que promete continuar todo lo que se le permita. La imposibilidad menciona el costo descomunal desde todo punto de vista de este experimento sin ningún beneficio para la enorme mayoría de la población, solo tristeza y padecimiento. Nada más capitales concentrados globalizados pueden acrecentar sus rentas y condiciones de producción de riqueza, como lo están haciendo a manos llenas. Las condiciones por las cuales se reditúan tales beneficios no son sostenibles en el tiempo, pero nadie con toda probabilidad restituirá lo acaparado. En la enorme mayoría de la población, las distracciones clasemedieras financiadas con la deuda externa son solo eso, desvíos para mantener ocupada a la chusma, por más perfumada que se autoperciba y tilinga que la designemos.

Ahora bien: el verdadero resultado del experimento Grafton que nos ocupa, además de la subasta del país entero con todo lo que contiene a quien lo quiera adquirir a precio vil, o sea, las corporaciones monopólicas totalitarias globales, cumple el propósito de quitarnos de la cabeza toda sospecha de relevar un debate como el concerniente al derecho a la existencia. Mientras se despliega una mayúscula revolución tecnológica industrial que promete cambiar nuestra existencia de maneras que bordean lo imaginable, mientras que esas transformaciones tienen como uno de sus propósitos decisivos abolir la maldición bíblica del “sudor de tu frente”, en nuestro país se nos conmina a “agarrar la pala”, un sintagma afectado por una insondable estupidez y crueldad en sí mismo, un sintagma nazi, en tanto se recuerde que en los Lager una de las torturas consistía en levantar pesadas piedras de aquí para allá, y después traerlas de nuevo de allí para acá, al solo efecto de volver patente la etimología esclavista de la palabra “trabajo” en el plan sistemático de fabricar cuerpos desprovistos de toda humanidad. 

“Mientras se despliega una mayúscula revolución tecnológica industrial, que abolirá la mandición bíblica del ‘sudor de tu frente’, en nuestro país se nos conmina a ‘agarrar la pala’, un sintagma afectado por una insondable estupidez y crueldad”.

Someternos propagandísticamente a esa disparatada moralización de la acción humana, anhelante de ocio desde tiempos ancestrales, porque no hay cultura sin ocio y sin utopía de superación de la necesidad de trabajar como condición de la existencia, es la culminación de una larga prédica en nuestro país contra la igualdad y la justicia sociales. Sin habernos reído masivamente con la empleada de Gasalla o con los chistes de Tato Bores, destituyentes de la justicia social, ya sea por abierta irrisión de la estatalidad distributiva o por omisión, no habríamos llegado adonde estamos. Dicho esto aquí solo como una muestra, un ejemplo provocativo de las que han sido décadas de demolición simbólica, resentida y arbitraria de lo que ahora nos estalla en las manos.

Transcurrimos un derrotero tan inverosímil como de imposible consumación y no obstante descarada y brutalmente destructivo. Una parte de la población está arrobada por su disonancia odiante, otra, más pensante o ilustrada, dibuja en el aire racionalizaciones y argumentaciones banales, y por otro lado mascullamos la derrota electoral y soñamos con reparar lo destrozado sin causar daños colaterales.

*Docente universitario, crítico cultural y ensayista.

Publicado en la edición impresa 58 de Contraeditorial, julio de 2025.


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