Ricardo Soulé pertenece a aquella generación que terminó de darle tono, voz e idiosincrasia al rock argentino. Después de la irrupción inicial de Los Gatos, Manal y Moris, llegó otra camada extraordinaria, con Almendra y Vox Dei entre sus protagonistas. No eran solamente grupos que tocaban una música nueva. Estaban construyendo una manera argentina de decir, de cantar y hasta de mirar el mundo.
Soulé fue una de las voces fundamentales de esa construcción. Guitarrista, violinista, cantante y compositor, tuvo además una condición que el tiempo fue haciendo cada vez más evidente: escribió canciones capaces de abandonar a su autor y comenzar a vivir en la memoria de los demás.
Porque aquel rock tuvo también una dimensión social que a veces olvidamos. Muchas de esas canciones podían tocarse con una sola guitarra. No hacía falta un escenario, amplificadores ni grandes equipos. Alcanzaba un fogón, una casa, un patio, una plaza, un campamento o una reunión de amigos. Allí aparecían las canciones.
Fue música de los barrios, de jóvenes trabajadores, de muchachos y muchachas de familias humildes que empezaban a reconocerse en una cultura propia. Pero también atravesó las clases sociales. Llegó a los colegios, a las universidades y hasta al concheto que quizás había escuchado por primera vez algunas melodías del disco “La Biblia” en una misa. De una manera extraña y maravillosa, Vox Dei consiguió que una obra nacida dentro del rock circulara por lugares donde el rock todavía era observado con desconfianza.
“La Biblia” fue seguramente la expresión más monumental de esa aventura. Jóvenes argentinos tomando uno de los grandes relatos de la humanidad y convirtiéndolo en guitarras, voces, poesía y electricidad. Pero Soulé podía pasar de aquella dimensión épica a la intimidad absoluta de “Presente”, una canción que terminó convertida en patrimonio sentimental de varias generaciones.
Eso quizá explique algo todavía más profundo. Aquellas canciones acompañaron los sueños juveniles de los años sesenta y setenta, pero también estuvieron allí cuando esos sueños comenzaron a ser perseguidos. Durante la noche de la dictadura muchas canciones del rock argentino sobrevivieron en las casas, en reuniones pequeñas, en cassettes que circulaban, en guitarras tocadas en voz baja. Fueron también una fibra de resistencia cultural: una manera de conservar palabras, afectos y preguntas cuando el miedo pretendía disciplinarlo todo.
Por eso todos conocemos esas canciones aunque a veces no sepamos cuánto las conocemos. Están incorporadas a nuestra memoria. Podemos pasar años sin escucharlas y, de pronto, suena una al azar. Entonces ocurre algo extraordinario: sabemos la letra. La cantamos. Aparece una frase que creíamos olvidada y detrás de ella regresa un pedazo de nuestra vida.
Ese quizás sea el triunfo mayor de un compositor.
Ricardo Soulé escribió canciones que dejaron de ser de Ricardo Soulé. Vox Dei hizo música que dejó de pertenecerle.
Pasaron más de cincuenta años. Cambiaron las ciudades, cambiaron las músicas, cambiaron las formas de escuchar y también desapareció buena parte del mundo que las vio nacer. Pero las canciones quedaron.
Tal vez Vox Dei haya entrado definitivamente en ese territorio extraño reservado para muy pocos artistas: el de la leyenda. Algo particularmente novedoso para una cultura como el rock, que nació proclamándose joven y que ahora descubre que también tiene memoria, historia y clásicos.
Porque basta que alguien tome una guitarra y diga: “Todo concluye al fin…”.
El resto, de alguna manera, ya lo sabemos todos.
