Contraeditorial

Trump recargado: la crisis del Imperio y los riesgos para América Latina

A lo largo de la historia ha habido grandes y poderosos imperios. Todos ellos, sin excepciones, han seguido el derrotero de la vida: en un punto de su existencia han decaído y, finalmente, colapsado.

Es durante su período de decadencia en el que los imperios se vuelven más ávidos y peligrosos. Más ávidos porque han desarrollado durante décadas (o siglos) un modo de vida que se sostiene en la expoliación de los territorios que dominan o que les rinden tributo. Y más peligrosos porque, si bien inician su decadencia, poseen los medios militares capaces de infligir enorme daño a quienes los desafíen o, simplemente, los resistan.

El Imperio Chino, el Persa, el Romano – occidental y oriental – el Británico, para mencionar experiencias históricas emblemáticas, han recorrido ese camino.

La decadencia de los Imperios es detectada por sus propios habitantes y dirigentes, pero – también en forma recurrente – sus intentos por sostener las glorias pasadas resultan vanas. Como si una mano invisible los arrastrara a su fin.

Pareciera esa la situación del “Imperio Americano”. Qué duda cabe que la segunda mitad del siglo XX fue el medio siglo de Estados Unidos: triunfante en la Segunda Guerra Mundial, pujante en su economía industrial y con un discurso atractivo, el de la “libertad” y el “sueño americano”, el llamado “Imperio Americano” vio la caída de la Unión Soviética (URSS) – un contrincante que nunca tuvo la capacidad económica de los EE.UU. – y ese colapso lo dejó como potencia única en el planeta.

Pero la historia está llena de paradojas: el fin del enfrentamiento con “los comunistas” coincidió con el despliegue de un proceso de universalización acelerado, que comenzó a relocalizar la economía capitalista en nuevos territorios, entre ellos China, Rusia, India, Japón, los “tigres” asiáticos y los países árabes del Golfo.

El capital, como todos sabemos, carece de bandera y desde las dos últimas décadas del siglo XX y lo que va del XXI las empresas estadounidenses y europeas han estado trasladándose a oriente – en especial China – desindustrializando a las potencias occidentales y fortaleciendo las economías orientales.

Para que se entienda la dimensión del “problema”, basta decir que China es el mayor acreedor del mundo y el mayor acreedor de Estados Unidos con más de 700.000 millones de dólares de la deuda pública de ese país. A esto debe sumarse los propios desarrollos tecnológicos y económicos del capitalismo chino.

Es en este contexto – multipolar e inestable – en el que Donald Trump es reelecto con su slogan preferido: “América first”. Nótese que el eslogan no es más libertad, más desarrollo o más liderazgo mundial, sino “Primero América”. Un retorno – imposible ya – al capitalismo empresarial norteamericano. Un retorno – discursivo – a las décadas en que Estados Unidos era la única potencia hegemónica. Promover que “América” vuelva a ser “primera” como eslogan de campaña es un reconocimiento implícito del ya no ser.

¿Reconquistar América Latina?

Resulta evidente que – pese a su enorme y aún hoy más poderoso entramado industrial militar –  los EE.UU. no tienen la capacidad de interferir decisivamente en los diferentes conflictos que aquejan al mundo. No han podido evitar la invasión rusa a Ucrania, lograr que Europa se involucre militarmente con soldados en esa guerra, frenar el despliegue chino en el mar alrededor de Taiwán, ni controlar el desarrollo de armas nucleares de Corea del Norte. Tampoco han podido detener el programa nuclear Iraní, ni comprometer a Israel para que detenga el genocidio palestino.

¿Y entonces? ¿Dónde posar la mirada? Sí, por desgracia, en el continente que Estados Unidos consideró desde siempre como “propio”, ya con la Doctrina Monroe en 1823: América Latina y aún Canadá.

A pocos días de asumir , la retórica de Donald Trump se ha dedicado a cuatro temas:

1. El muro y la inmigración centroamericana a los EE.UU.

2. La necesidad de incorporar a Canadá como nuevo “Estado” de la Unión.

3. La compra de Groenlandia.

4. La “recuperación” del Canal de Panamá.

El muro: la “invasión latina” y el recurrente racismo trumpista

Referirse a México y a los mexicanos – y por extensión a los centroamericanos y a los “latinos” en general – como seres peligrosos a los cuales hay que mantener lejos, expulsar y/o impedir que ingresen a la pulcritud blanca de la sociedad estadounidense, es un vejo lei motiv racista que los protestantes anglosajones blancos (WASP) – y Donald Trump lo es – enarbolan para justificar sus políticas de campos de concentración de migrantes, la construcción del muro entre los EE.UU. y México y la estigmatización de la población que los estadounidenses llaman “latinos”.

Trump pareciera retomar un discurso más cercano al Ku Klux Klan (KKK) y utilizar a los/as mexicanos y migrantes centroamericanos como chivo expiatorio de la decadencia económica yankee. La verdad es, como suele ocurrir, lo opuesto: hay más de 60 millones de hispanohablantes en los EE.UU. y sin ellos – dispuestos a trabajar duro y a cobrar menos – la economía estadounidense colapsaría.      

Canadá, ¿independencia  o Estado 51?

El presidente electo señaló que a su entender Canadá – un país más extenso que Estados Unidos – tendría que ser “incorporado” a la Unión Americana. Como medio de presión, Trump propuso utilizar la fuerza económica para obligar a Canadá a formar parte de Estados Unidos. Asombra la desesperación que lleva a Trump a cometer semejante mal paso: los canadienses ven a la sociedad estadounidense como una sociedad desquiciada por la violencia, consideran que su status cultural es el de Gran Bretaña y Francia, y han desarrollado un Estado regulador–interventor bien diferente de la ausencia creciente del Estado nacional de los EE.UU.

 ¿Groenlandia queda en América?

Groenlandia ocupa un lugar estratégico en el Atlántico norte. Geográficamente podría ser parte del Hemisferio americano. Históricamente fue una colonia de Dinamarca y en la actualidad goza de un estatuto de pertenencia a Dinamarca (comunidad europea) y tiene un Consejo de autogobierno limitado.

A Donald Trump esas sutilezas le resultan insignificantes y ha propuesto “comprarle” Groenlandia a Dinamarca, o a quien la quiera vender, con el argumento que Estados Unidos necesita de ese país por una cuestión de “seguridad nacional”.

Señalemos que Groenlandia es un territorio enorme – cuatro veces Francia – y con recursos de todo tipo aún inexplorados. La respuesta dinamarquesa fue tajante: no está ni estará a la venta.    

El Canal de Panamá, ¿el retorno de la infamia?

Panamá era una provincia de Colombia y Estados Unidos necesitaban – en pleno desarrollo industrial – construir un canal interoceánico. Colombia pretendía que ese canal fuera, como correspondía, colombiano, pero Estados Unidos tenía otros planes: promovió la separación de Panamá de Colombia y firmó un acuerdo, con el nuevo país, en el que el canal quedaba en manos de los EEUU a perpetuidad. Corría el año 1903 y toda América Latina protestó y criticó el despojo a Colombia y la ocupación del canal que terminó de construirse en 1914.

En 1978 James Carter y Omar Torrijos firmaron un nuevo acuerdo por el canal que, básicamente , restituía la soberanía a Panamá para el año 2000. Ese acuerdo – que para algunos le costó a James Carter la reelección frente a Ronald Reagan – se cumplió en la fecha prevista y a partir de allí el canal fue y es panameño hasta… Donald Trump.

El presidente reelecto señaló su intención de ”recuperar” el canal y hasta amenazó con el uso de la fuerza para ello, algo no improbable si recordamos que la última invasión estadounidense a Panamá fue en 1989, ocasionando 4000 víctimas civiles.

Conclusión: el Imperio vuelve sobre sí mismo y América Latina está en riesgo

¿Pura palabrería incumplible? ¿Propaganda para parecer que “América First” funciona? ¿O un programa de política exterior planificada?

Conviene no tomar a la ligera las bravatas de Trump (ahora asesorado por el sudafricano mega-multimillonario y ultraderechista Elon Musk). Si miramos con atención las cuatro propuestas de Trump operarían como un “cierre sobre sí mismo” de Estados Unidos en el Hemisferio Norte: un muro al sur que lo separe de México, la incorporación de Canadá y Groenlandia (que harían a los EE.UU. más extenso que Rusia misma) y el cierre del Hemisferio con la “reconquista” del Canal de Panamá.

El “Imperio americano” está en decadencia y a la vez América Latina está en peligro por la misma razón. De una unión y alianza latinoamericana depende evitar la depredación y contener las políticas neo-imperialistas en nuestro continente.

¿Será posible esa unión con gobiernos latinoamericanos que ven en los EE.UU. la solución y no el problema? 

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