Acaba de publicarse ¡Torito!, una biografía novelada sobre la vida de Justo Suárez, alguien que tal vez haya sido el primer ídolo popular deportivo de características masivas. Aún lo nombran las paredes de Mataderos.
Hasta ese momento, pocos habían logrado llegar con gran popularidad desde el deporte al pueblo argentino. Históricamente, lo habían hecho los jugadores de pelota en el frontón de la calle Florida y los jinetes del turf. Pero fue la pelea de Firpo vs. Jack Dempsey la que cambió todo. Esa pelea es recordada por la caída fuera del ring del “Carnicero de Manassa”, quien salió despedido cuando el argentino lo calzó pleno en la mandíbula contra las cuerdas. Desde el ringside ayudaron al campeón mundial a recuperarse, contándole lentamente para sacar ventaja y ganar la pelea.
Ese desafío le dio gran popularidad a Luis Ángel Firpo, “el Toro Salvaje de las Pampas”. Por aquel entonces, además del box, ya empezaban los profesionales del fútbol a tener chapa y popularidad. Tiempos largos y de tedios pronunciados. En El hombre que está solo y espera, Raúl Scalabrini Ortiz agradece a los profesionales del fútbol aliviar los domingos porteños de esos males.

En ese contexto se legaliza la práctica del box en la Argentina; Firpo desató el indetenible crecimiento de esa disciplina. Así fue como la familia Suárez montó un gimnasio para que los hermanos varones —de los 25 que eran, incluyendo mujeres— y los pibes del barrio practicaran box en el fondo de su casa. De dicha familia saldría el famoso “Torito de Mataderos”, un diminutivo que lo hacía sucesor de Firpo, el ascendente Justo Antonio Suárez.
Fue una linda experiencia leer la novela de Enrique Medina, hijo de boxeador y hombre de tránsitos por los bordes de la sociedad. Este escritor ya nos había dado una gran biografía del boxeo, Gatica, que portaba ese nombre, además de Las tumbas, la novela que lo hizo célebre.
Cortázar había escrito un cuento sobre el mismo personaje, denominado simplemente Torito.
Al momento de la lectura del libro de Medina pensé que me sería imposible deshacerme de la voz de Cortázar con su inconfundible pronunciación, esa que no podía hacer arrancar las erres hacia sus fortalezas, junto a un sutil acento francés en su porteño hablar.
—¡Dale “apercat”, pibe!— le decía el patrón, según el recuerdo del Torito en su convalecencia. Me quedó grabado ese “¡dale apercat, pibe!”, como un grito de aliento claro, que siempre recuerdo. Uppercut fue acriollado como el offside y su correspondiente traducción, orsay, en el fútbol.
Yo no había leído Torito, lo había escuchado en un long play. Me había atrapado ese boxeador que peleaba con sus fantasmas en una cama, siendo consumido por la tuberculosis junto a su hermana.
Precisamente, la novela de Medina utiliza a su hermana —que lo acompaña hasta el final— para meternos dentro de un fresco de época que nos cuenta muchas cosas de aquella sociedad.
Con la velocidad y contundencia de los puños del Torito nos metemos en Mataderos, un barrio aún de campo, un lugar gaucho en la ciudad por aquellas épocas. El mercado de hacienda trabajaba a full, recibiendo tropillas de distintos lugares, con sus reseros, hombres de a caballo y cuchillo. Lugar de arroyo pampeano, como lo es el Cildañez. Ese arroyo sigue cruzando esas geografías entubado, por cuestiones de higiene y salubridad, como mal se estilaba: una forma que tuvo la ciudad de esconder la mugre bajo la alfombra para que estalle luego en el Río de la Plata.
A ese arroyo se lo conocía como el arroyo de la sangre, porque allí se vertían sangres y vísceras de las vacas rumbo al Riachuelo. Eso generaba un oficio muy especial que practicó el Torito desde muy joven, junto a otros niños trabajadores. La mucanga consistía en juntar grasa y todo tipo de vísceras para luego venderlas en las fábricas de jabón como sebo.
El Torito de Mataderos fue un rayo de popularidad que se consumió entre 1928 y 1935. Realizó miles de batallas arriba y abajo del ring y peleó dos veces frente al príncipe de Gales de Inglaterra como espectador, en el viejo estadio de River Plate de la calle Tagle. Allí, el inglés, con su difundido traje a cuadros, lo vio coronarse campeón y se impuso la idea del “gil a cuadros”, debido al traje característico de aquel visitante. La sorna porteña ridiculiza y hiere a los que no le caen bien.
En 1931, después de la derrota ante Billy Petrolle en Nueva York, cayó en desgracia. Sus puños habían perdido la pólvora pura y su enfermedad se empezaba a manifestar. Murió de tuberculosis a los 28 años, como tantos en esas épocas. Esa era una enfermedad temida por aquellos años y parece que ahora también. Se la denominaba peste blanca. Tuvo su apogeo en etapas del desarrollo industrial, campeando y montando epidemias.
Pobreza, hacinamiento, mala nutrición y la falta de adhesión al tratamiento eran la lupa por la cual se podía observar la salud de muchos argentinos: una radiografía social de la miseria. Podemos decir que, a partir de 1944, con la estreptomicina, más la proliferación de políticas públicas y de salud, se fue erradicando este mal.
El ministro sanitarista de los primeros gobiernos de Perón, el Dr. Ramón Carrillo, un patriota, decía: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y la desgracia social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”. Tal vez en esa frase se resuma cierto humanismo vinculado a la justicia social que por aquellos años transformó en leyenda a varias cuestiones dolorosas de la vieja Argentina.
El peronismo trajo la novedad de la palabra dignidad para muchos y muchas. Esa idea o concepto de la Ilustración, sin materialidad física o corpórea, que como tal se hace débil y debemos proteger. Demostrar que existe exige un gran trabajo social y político.
“La degradación de la palabra es por donde empiezan todas las degradaciones”, me dijo alguien alguna vez, y hoy siento que eso se comprueba al ver tanto vacío en las verbas. Tanta decadencia nos arrastra y nos deja perplejos, sin capacidad de reacción, como a un boxeador grogui junto a las cuerdas. La perplejidad es el asombro de cómo lo instituido se va degradando sin que surja reemplazo.
En estas épocas en que se deshacen y decaen las instituciones, dejando de cumplir sus roles decisorios para enseñar, curar o abogar justicia, presenciamos cómo se las denigra intencionalmente para desvirtuarlas y demostrar su inutilidad, hasta dejarlas sin sentido. Una vez huérfanas de cualquier necesidad, solo la magia, un ritual o la mismísima libertad de mercado podrán saciarla, según dicen.
Hace unos días hemos visto con asombro cómo se utilizaba el Congreso Nacional para que tuviera su aparición el hombre imán. Un espectáculo circense del negacionismo sanitario, digno de la Inglaterra gótica y victoriana, donde las ferias de fenómenos eran la atracción del fin de semana. Pero este circo vino a establecer una verdad o posverdad que sólo puede exhibirse en este mundo pospandémico: la inutilidad de las vacunas. Allí, médicos, políticos y hasta investigadores del CONICET se paraban frente al hombre imán y descerrajaban sus pseudoverdades. Ya María Elena Walsh nos advertía de niños acerca de ciertos esoterismos, mientras esperaba la llegada del doctor manejando un cuatrimotor, que terminaría con las mentiras del Brujito de Gululú y nos vacunaría con la vacuna de la luna-luna lú.
Esto ocurre en momentos en que el aumento de casos de tuberculosis muestra tasas elevadas y brechas importantes en la detección y tratamiento, manifestándose como una era de espera en zonas de alta vulnerabilidad: barrios pobres, cárceles y vecinos y vecinas en situación de calle. Entre el 2020 y el año 2025, las notificaciones de casos crecieron un 65%: pasaron de 4.806 casos en 2020 a 7.975 en la primera quincena de julio.
Pero parece que todo vuelve para atrás. En las épocas del Torito, la gente iba a los mataderos a beber sangre caliente de los animales recién muertos, pues creían que eso los hacía invulnerables a la enfermedad. Traer a nuestras glorias, como a Justo Suárez, al Dr. Ramón Carrillo y a nuestros escritores, tal vez nos ayude a recuperar la valentía, la salud y la palabra para no aflojarle a la porfía. Hasta que nos levanten la mano. Hasta vencer.