Contraeditorial

“Soy feminista”, el manifiesto de Mo Yan en la Feria del Libro

El Nobel chino habló del rol de las mujeres en sus novelas y reflexionó sobre política, censura, IA y el supuesto plagio a Cortázar. Reveló cómo escribió una novela en una semana y por qué soñaba con ser camionero en su juventud. “Llegué tarde”, dijo en su primera visita a la Argentina.

La mujer de chaqueta violeta estaba sentada a un costado, casi perdida entre periodistas, fotógrafos y camarógrafos. Mo Yan le dedicó una casi imperceptible mirada y, sin levantar la voz, dijo: “Soy feminista”. Su esposa pareció sonreír. El Premio Nobel de Literatura chino acababa de resumir, en dos palabras, un sábado intenso en la 50ª edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en el que habló de política, de censura, de Inteligencia Artificial, del supuesto plagio a Julio Cortázar, de la “maldición del Nobel”, de su sueño de ser camionero y del método para escribir una novela en apenas una semana. 

El desembarco de Mo Yan en la FIL 2026 tuvo dos actos. Primero, una conferencia de prensa íntima. Después, una charla abierta ante cientos de personas en la Sala José Hernández, con el director de la feria Ezequiel Martínez y el director de Cultura de la Fundación El Libro, Alejandro Vaccaro.

La declaración feminista llegó cuando Mo Yan fue consultado por algunos personajes de sus novelas, entre ellos la abuela de Sorgo rojo, la tía de Rana y la madre de Pechos grandes, amplias caderas. “Siempre creo que las mujeres son más grandes que los hombres. Las mujeres son constructoras y los hombres son destructivos”, señaló.

“Son muy admiradas por mí – agregó – porque son grandes heroínas desde lo literario y sobre todo, de lo histórico. Las integré en mis obras porque esos personajes reflejan las grandes transformaciones de China, son las mujeres las que no dejaron de luchar, las que sobrevivieron a la historia”.

Al referirse a sus vínculos con la literatura latinoamericana, recordó que comenzó a leerla entre 1981 y 1985, y definió a América Latina como “un gran continente de autores, con una literatura que ha creado un estilo único, una estética única”, con escritores de la talla de Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Juan Rulfo, entre otros.

La referencia a Julio Cortázar surgió cuando fue consultado por las acusaciones de plagio alrededor de su cuento El camino para vender algodón, señalado alguna vez por sus semejanzas con La autopista del sur. Sin esquivar la pregunta, se refirió a la habitual circulación de influencias entre los autores. “Entre los escritores del mundo uno aprende y recibe del otro, es muy común en el círculo literario. Fue algo parecido al caso de Gabriel García Márquez, cuando leyó por primera vez a Franz Kafka y dijo ‘se puede escribir así’”, explicó.

Cuando la rueda de prensa giró hacia la transformación que atraviesa China y cómo lo refleja la literatura, Mo Yan se ubicó más cerca del pasado que del presente. “Me considero de aquellos que recurren a la historia para buscar inspiración. No soy tan bueno para relatar lo que acaba de ocurrir alrededor mío, prefiero incluso entrar en historias remotas, relatarlo y darle un significado moderno”. Según explicó, lo importante son “los cambios fundamentales detrás de lo material: lo interior, el alma, los sentimientos, las emociones”. “Soy un escritor que cuenta la historia de la gente común”, sintetizó.

La política apareció inevitablemente en la charla. “Difícilmente un libro pueda tener el rol de impedir una guerra o impulsar una revolución”, señaló, aunque enseguida agregó que “una buena obra literaria tiene su rol, puede influir en las emociones, los sentimientos, de manera paulatina e inconsciente en los seres humanos”.  

Sobre la censura en China, que siempre se denuncia desde Occidente, fue más directo: “Mi escritura es libre. Para un gran escritor no debe haber zona prohibida”. Luego aclaró que puede aceptar sugerencias de los editores, pero que jamás recibió una orden explícita del tipo: “no podés escribir esto o aquello”.

“La Inteligencia Artificial aún no puede sustituir el trabajo creativo de un escritor”, afirmó al analizar el debate actual del mundo literario. Y lo explicó de una manera sencilla: “la base del aprendizaje de la IA está en la creación literaria que existe hoy en día, por lo que si todos los escritores en el mundo dejaran de escribir y crear, la IA no podría tener nuevos avances”. Dicho eso, sí reconoció su utilidad en las traducciones: “Tengo amigos traductores literarios que ya empiezan a usarla para facilitar el trabajo. A nivel técnico puede sustituir parte de la traducción, pero a nivel lingüístico en las obras literarias el traductor debe buscar las connotaciones culturales”.

Antes de terminar la conferencia, habló de la Argentina como quien descubre un lugar que debió haber visitado con anterioridad. “Antes de venir – contó – leí bastante literatura argentina, pero también vi muchos partidos de la selección argentina de fútbol. Sabía que era un gran país de literatura y de fútbol. Pero al llegar descubrí otra cosa. Me he dado cuenta de que la gastronomía argentina también me encanta. Comí carne, comí mariscos, que son riquísimos”. Entonces soltó una frase que ya había dicho, el viernes, al ser distinguido como Huésped de Honor de la Ciudad de Buenos Aires: “Llegué tarde”.

Segundo round

En la Sala José Hernández había una interminable fila en zig zag cuando apareció Mo Yan, abrigado con una campera inflada y una gorrita con visera. El propio público le abrió camino, hubo aplausos y se escuchó algún que otro grito, a medida que avanzaba junto a su esposa, su hijo, un grupo de colaboradores y Sun Xintang, director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Lengua y Cultura de Beijing, que ofició de traductor durante toda la jornada.

Alejandro Vaccaro lo presentó como el autor de Sorgo rojo, Rana y Pechos grandes, amplias caderas. Recordó que nació en 1955 en Gaomi, provincia de Shandong y que fueron sus padres quienes le pusieron el seudónimo Mo Yan – “no hables” – para que tuviera presente que el silencio era una buena forma de evitar problemas. 

Apenas comenzó la charla, Ezequiel Martínez le pidió que recordara el día en que ganó el Nobel, el 11 de octubre de 2012. Mo Yan convirtió en una anécdota familiar lo que todos esperaban fuera un relato memorable. Contó que se enteró media hora antes del anuncio oficial, cuando un miembro de la Academia Sueca lo llamó para preguntarle primero si aceptaba el premio. “Claro que sí”, respondió entre risas. Luego le pidieron que mantuviera el secreto durante media hora, algo que jamás ocurrió. Se lo contó inmediatamente a su familia.

Luego, volvió a quitarle solemnidad al premio al recordar una conversación que mantuvo en 2013 con Chen Ning Yang, ganador del Nobel de Física. “Las Ciencias Naturales y los descubrimientos científicos son hechos destacables y entiendo que por eso muchos se conviertan en celebridades. La literatura, en cambio, es contar historias que son leídas desde distintas perspectivas”. Y remató con ironía: “Si yo tuviera la oportunidad de volver a nacer, estudiaría Física”.

También habló de la llamada “maldición del Nobel”, esa idea de que muchos autores dejan de producir grandes obras después del premio, señalando que desde entonces ha escrito numerosos libros, obras teatrales e infantiles. “El Nobel no fue una meta, sino un comienzo”.

Como era inevitable, la charla llegó a Sorgo rojo, la novela que se proyectó al mundo a partir de la película homónima del director chino Zhang Yimou. “No tomé al sorgo como una planta sino como una multitud de personas con sentimientos. Usé un lenguaje muy colorido para hablar de la guerra y eso sorprendió a los lectores”, explicó.

Después apareció Cambios, el único de sus libros que podía conseguirse en la feria, y que muchos de los asistentes llevaban consigo con la esperanza de conseguir un autógrafo. El escritor explicó entonces que ese texto que usualmente se define como autobiográfico tiene mucho de ficción. Consultado sobre los antiguos camiones Gaz 51 de la Unión Soviética que aparecen varias veces en el texto, recordó que solo era un recuerdo de sus años en el Ejército Popular de Liberación de China. “Lo teníamos ahí y siempre pensaba que lo manejaría algún día. Mi sueño era ser camionero cuando terminara el ejército. En mi pueblo, una persona que manejaba un auto era considerada un súper hombre”.

La velocidad con la que escribió algunas de sus novelas despertó sonrisas entre los presentes. “Sólo tardé una semana en escribir Sorgo rojo”, contó. Y agregó que La vida y la muerte me están desgastando, una novela de más de 600 páginas en español, le demandó apenas cuarenta días. “En aquel entonces – afirmó –  tenía el hábito de escribir escuchando música, con audífonos, mientras mi pierna se movía siguiendo el ritmo. Cuando abandoné esa costumbre, empecé a escribir más lento”.

El Nobel chino sonrió apenas.

Fotos: Agencia Xinhua

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