Pasó de ser la candidata del PRO a una de las nuevas figuritas de la ultraderecha libertaria. Cómo fue su sustitución escalonada de lealtades y los papelones de su patética gestión.
Hace un año y unas semanas, exactamente, ocurrió el primer acto de esta intriga shakesperiana en clave de comedia.
Fue días después de que Javier Milei se impusiera en el balotaje gracias a Mauricio Macri, cuya hazaña consistió en cederle los votos obtenidos en la primera vuelta por Patricia Bullrich, su candidata. Semejante gesto le valdría el derecho de ser – diríase – una suerte de mandatario en la sombra, con el atributo de instalar su gente en el futuro gabinete libertario.
La prensa ponderaba su muñeca maquiavélica. Y él, paladeando el dulce sabor de percibirse el gran titiritero del momento, viajó a los Emiratos Árabes por algún asunto relacionado con sus responsabilidades en la Fundación FIFA.
Mientras tanto, Bullrich no disimulaba su afán de ser la próxima ministra de Seguridad, sin contar para ello con el aval de su jefe político.
De modo que la designación de “la Piba” –cómo se la llama a esa mujer ya casi septuagenaria– fue para Macri un baldazo de agua fría.

Eso hizo que, enfurecido, la llamara por teléfono desde Dubai.
– ¡Te cortaste sola! ¿No habíamos quedado en que absolutamente todos los nombramientos tenían que pasar por mí?
–Vos ya no sos el Presidente. El Presidente es Milei. Y él me convocó.
En esa frase se deslizaba la traición en estado puro.
La respuesta de Macri fue un tartamudeo y, luego, el silencio. Un silencio muy pesado. Hasta un tipo cómo él sentía estupor ante una bajeza tan alevosa.
Lo cierto es que sus ambiciones institucionales habían quedado a mitad de camino, y aún continúan sus reclamos al respecto.
En cambio, la estrella de Patricia volvió a brillar.
Franela con la muerte
Ya se ha escrito mucho sobre sus constantes venidas a todos los puertos posibles del océano político. Pero en ella hay otra recurrencia. Si se resumiera su vida en un puñado de pantallazos, resaltaría con claridad un signo distintivo, un lugar común: la muerte. Y desde su más tierna infancia.
En este punto, resulta necesario situarnos en el aeropuerto marplatense de Camet durante el anochecer del 16 de enero de 1959,
“Patus” – tal era su apodo a los tres años de edad– jugueteaba junto a la sala de arribos bajo la atenta mirada de sus padres, Alejandro Bullrich Almeyra y Estela Luro Pueyrredón de Bullrich. Esperaban a cuatro viajeros que llegarían en un avión procedente de Buenos Aires.
A la hora indicada, emergió entre las nubes, y la niña brincó con alegría. Pero, sorpresivamente, el avión pasó de largo para estrellarse en el mar.
No hubo sobrevivientes. Entre las víctimas estaban su abuelo materno y su tío, su tía política y su primito de apenas seis meses.
“Dios es incomprensible”, le oyó decir a alguien durante las exequias en el cementerio de la Recoleta.
Quizás recordara esa frase tres lustros después.
A Patus ya le decían “Cali” en Montoneros, donde ostentaba el grado de “aspirante” en su aparato militar. Cómo tal, supo cumplir una modesta misión: relevar el flujo del tránsito en un tramo de la Avenida del Libertador, días antes de efectuarse allí una acción armada sobre la cual ella no tenía datos.
Pues bien, aquella acción fue, durante la mañana del 19 de septiembre de 1974, el secuestro de los empresarios Juan Y Jorge Born, cuando circulaban en un automóvil junto al chofer y otra persona.
La operación habría sido perfecta a no ser por un incidente: el intento del chofer de resistir con un arma. Eso le valió una ráfaga de metralleta que también abatió a la otra persona. El autor de los disparos había sido Rodolfo Galimberti (a) “el Loco”, pareja de Julieta Bullrich, la hermana de Cali.
Ya al anochecer, cuando Julieta, con el diario Crónica ante los ojos, vio la foto del hombre malogrado junto al chofer, palideció antes de exclamar:
– ¡Mataron al tío Alberto!
Patricia, entonces, quedó de una sola pieza.
En rigor, se trataba de un tío segundo. Porque Alberto Bosch –un gerente del Grupo Bunge y Born– era hijo de una prima del abuelo muerto en la tragedia aérea de 1959. Dios es incomprensible.
Durante la mañana del 14 de septiembre de 1976, ya en plena dictadura, había cuatro muchachos, repartidos en dos vehículos estacionados en la calle Paraná, de Olivos, a dos cuadras de la avenida Maipú.
Eran integrantes de la “orga”. Y ese era el punto de encuentro para una acción guerrillera. Pero faltaba alguien más.
En ese instante, Cali bajaba de un colectivo en Maipú. Era la persona que faltaba. Enseguida advirtió presencias extrañas y, sin variar el paso, enfiló hacia la dirección opuesta, antes de ocultarse en el jardín de un chalet.
Entonces, a lo lejos, estalló el infierno.
La cita estaba “cantada”.
Desde las esquinas y desde los árboles, incontables siluetas gatillaban al unísono. Los militantes murieron en el acto. Se trataba de Sergio Gass, Miguel Lizaso, Cristian Caretti y un pibe apodado “Ramón”.
La sinfonía de balazos llegó con nitidez a los oídos de Cali. Ella temblaba como una hoja. Pero había salvado el pellejo. Dios es incomprensible.
Poco después partió al exilio con Julieta, el Loco y “Pancho”, su pareja.
Ella volvió al país meses antes de la restauración democrática.
Ya se sabe que, desde ese momento, cambió varias veces de uniforme.
Un salto en el tiempo nos lleva al 14 de diciembre de 2015, cuando –ya como flamante ministra de Seguridad del régimen macrista– envió a Jujuy unos 150 gendarmes para desalojar un acampe.
El asunto terminó del peor modo: 42 efectivos muertos al desbarrancarse en una ruta salteña el micro que los llevaba desde Santiago del Estero.
En el velatorio de los desafortunados agentes del orden, el jefe saliente de aquella fuerza, Omar Kannemann, le sopló a su sucesor, Gerardo Otero, una frase referida a “la Piba”.
–Tenga mucho cuidado con ella.
Otero, sorprendido, quiso saber la razón. Y la respuesta fue:
–Porque esa mujer es yeta.
Noche y niebla
En la actualidad, Bullrich se ha convertido en una paisajista involuntaria. Para comprobarlo, basta con apreciar el vallado de chapones blindados que separa al Palacio del Congreso de la plaza homónima, ya que así ese tramo de la avenida Entre Ríos parece una postal de la última dictadura.
Tal es su estilo; ella no deja ningún detalle librado al azar.
Muchas conjeturas se han tejido sobre su carácter de tránsfuga polimorfa. Sí, polimorfa. Porque lo suyo no fue un giro súbito desde las filas de la tendencia revolucionaria del peronismo hacia la ultraderecha dura y pura, sino lo que bien podría considerarse una “sustitución escalonada de lealtades”. Ese gradualismo, lejos de ser fruto de un imaginario ideológico cambiante, es la consecuencia de un ideal que mantuvo por medio siglo: la acumulación de poder y como ladera del ganador de turno.
Pero esto último con una salvedad: su ensoñación presidencialista en las elecciones de 2023, al decidir por primera vez no ser el garrote de otro.
Claro que su magra cosecha en la primera vuelta (el 23 por ciento de los votos) hizo que tal ilusión se desplomara.
Su resiliencia fue loable: tardó apenas unas horas en revertir este traspié, al iniciar su coqueteo con Milei.
Así se convirtió en su motosierra de carne y hueso.
Los chapones blindados en el Palacio del Congreso son el símbolo de su impronta. Una marca cincelada a cachiporrazos, balas de goma y gas pimienta por los mastines antropomorfos de las fuerzas federales a su cargo.
Nunca, en los últimos 42 años de orden constitucional, hubo una oleada represiva de tal magnitud. Un proceder –ya naturalizado por el espíritu público– que incluye golpizas sistemáticas a jubilados y hasta una niña gaseada.
No le van a la zaga los casos de gatillo fácil, las detenciones antojadizas, las torturas en comisarías y el “engarronamiento” de inocentes.
Pero lo más atroz de su gestión es su estructura de chiste.
Porque la conducta de la ministra ha revertido eso de que “del ridículo no se regresa” (dixit Perón). Al respecto, solo durante el último mes caben resaltar sus proezas fallidas (como el secuestro de talco que ella confundió con cocaína), sus iniciativas disparatadas (como la creación de una unidad especial de agentes encubiertos) y su apego a las operaciones de prensa más inverosímiles (como el video que difundió de cuatro “narcoterroristas” disfrazados de fumigadores).
Alguna vez, el ministro de Defensa, Luis Petri, dijo de Bullrich:
–Ella es una tremenda trabajadora. Pero la hacen equivocar. Le dan pistas falsas y la llevan a seguir líneas investigativas erróneas.
Dicho juicio de valor quizás remita a una añeja cita del general alemán Kurt von Hammerstein, quien fue jefe de la Wehrmacht en 1933 y el único militar del alto mando que se opuso al ascenso de Hitler.
Este hombre, un gran conocedor del alma humana, solía decir que, tanto en el Ejército como en la función pública, hay cuatro clases de personas: “Los inteligentes, los trabajadores, los vagos y los tontos. Pero – agregaba – cada una de aquellas cualidades es concurrente con alguna otra. La mejor combinación, desde luego, es ser inteligente y trabajador. Aunque no hay que desdeñar a los inteligentes y haraganes porque tienen la claridad mental suficiente como para delegar tareas. Sin embargo, en los que nada se puede confiar es en los que son trabajadores y, a la vez, tontos, porque son capaces de perpetrar las calamidades más espantosas”.
A buen entendedor, pocas palabras.
*Esta nota fue publicada en el número 56 de la revista Contraeditorial.