Recorrido imprescindible por la historia de la Ley de Contrato de Trabajo, al cumplirse medio siglo de su sanción.
Pensar en la canción de Armando Tejada Gómez y César Isela, compuesta en 1969 con la finalidad de evocar y convocar a los pueblos de la América India, es relacionarla con los avatares atravesados por nuestros pueblos desde aquellos albores de la década del ‘70, asimilándolos a una legislación que emergente de debates, conceptualizaciones, jurisprudencia y doctrina que puso énfasis sobre los trabajadores y trabajadoras de nuestra Patria, incorporando en ella, la riqueza de décadas de desarrollo de un derecho social sustentado en la negociación colectiva, los estatutos profesionales y normativas particulares del primer peronismo, en resistencia del movimiento obrero, en la toma de fábricas, en el Cordobazo, en la persecución de dirigentes de base, en la proscripción, parece un tanto impropio. Colocar al arte y una ley en similares trayectorias, nos puede distanciar de una evocación objetiva.
Sin embargo, la Ley 20744 cargó y sigue cargando con las dichas y desdichas de un pueblo que cada tanto se acerca a los cálidos vientos de la justicia social y en ocasiones se ve arrasada por los temporales de demoliciones, hostigamiento, acechanzas, mutilaciones y sed de venganza de quienes pretenden someterlo y oprimirlo.

El 20 de septiembre de 1974 se promulga la Ley de Contrato de Trabajo bajo la inspiración redactora de Norberto Centeno, abogado de trabajadores, y se inscribió entre los capítulos destacados del Pacto Social iniciado en junio de 1973, impulsado desde el gobierno popular de Héctor J. Cámpora, cuyo triunfo representó el retorno electoral del peronismo luego de 18 años de proscripción. Perón, Rucci, José Ber Gelbard, los nombres propios que dieron forma a aquel Pacto, del cual también derivó un acuerdo de precios y salarios junto con la sanción de una nueva Ley de Asociaciones Sindicales.
Una ley moderna, protectoria, observadora del conflicto emergente de la relación capital-trabajo, parcial por reconocer la desigualdad ínsita en el vínculo laboral, visionaria en la tutela del trabajador frente a las complejas tramas que el capital iba incorporando en su estrategia de acumulación, mediante procesos de tercerización, fragmentación, intermediación artificiosa, la conformación de grupos de empresa. Centeno propuso en su texto original la Estabilidad sin eufemismos, capitulo que quedó al margen al llegar al debate en el Parlamento.
En aquel septiembre de 1974, ya no estaba Perón, ni Campora, ni Rucci, pero todavía andaba la sombra del maldito burgués, Gelbard, que apagaría la luz del Ministerio de Economía en octubre del mismo año.
Lució fuerte en los vigorosos debates de trabajadores, cuerpos de delegados y dirigentes que conocían cada artículo porque de muchas formas la habían parido, militado, sufrido y celebrado.
Su brillante redacción padeció la misma agresión que sumergió a trabajadores de nuestra patria a partir del 24 de marzo de 1976.
Le atribuyeron rigideces, proteccionismo, estatismo, intervencionismo asfixiante y mutilaron su estructura con la modificación de 99 artículos y la derogación de otros 27. El 2 de abril de 1976, pocos días después de arribada la dictadura cívico militar, el propio Martinez de Hoz proclamó su aniquilación. Su destino no fue distinto del de su redactor y del de sus compañeros y compañeras beneficiarias. Norberto Centeno es secuestrado y muerto en la mesa de tortura junto con otros compañeros, abogados laboralistas, en Mar del Plata entre el 6 y el 8 de julio de 1977. Dos tercios de los detenidos desaparecidos fueron trabajadores y trabajadoras, comisiones obreras enteras, dirigentes sindicales de todas las extracciones. La denominación de “cívica” que se le impuso a la dictadura, tiene su gran motivación en la participación activa de sectores del poder económico, Ford, Mercedes Benz, Loma Negra, Ledesma, La Veloz del Norte, La Nueva Provincia, Clarín y La Nación, la Sociedad Rural y siguen las firmas, los nombres de quienes señalaron desde las jefaturas de personal a los trabajadores díscolos, combativos, activistas, laburantes.
Su desguace produjo lo que efectivamente vinieron a hacer, los trabajadores pasaron de distribuir el 50 % de los ingresos del país, en partes iguales con el capital a participar en menos del 40 % al finalizar la dictadura. En el primer año de gobierno la dictadura redujo el poder adquisitivo de los salarios de los trabajadores en un 30 %. El terrorismo de Estado y sus copartícipes obtuvieron lo que buscaban.
Al comenzar el tiempo de Alfonsin, la Ley no tuvo posibilidades de recuperar terreno, los trabajadores tampoco. Recién hacia 1988 se reabre la discusión paritaria y el gobierno radical, no pudo, no supo o no quiso mejorar la barbarie de la dictadura.
El menemismo produjo el siguiente paso de destrucción y nuevamente pusieron a la Ley de Contrato de Trabajo en el foco de las diatribas de oscuras rigideces y protección que no hacía más que empeorar la empleabilidad de los desempleados. Hacia 1991 el desempleo apenas superaba el 6% y variadas leyes flexibilizadoras desarticulan la defensa individual y colectiva de trabajadores. Una ristra de modificación a las que se incorpora el propio gobierno de De la Rua, culminan el delirio con trabajadores desprotegidos, desempleados, emprendiendo actividades informales y precarias al compás de la extrema pobreza e indigencia. Hacia 2002, el desempleo abierto supera el 22% de la población y la fórmula de poner a la Ley de Contrato de Trabajo en la cuenta de la regla impeditiva del crecimiento quedaba una vez más desbaratada.
Los sucesivos gobiernos de Néstor y Cristina le dieron otra fortaleza y la Ley recuperó los colores. Bajo la pluma del entonces diputado Héctor Recalde, reconquistó muchos de las normas extirpadas por la dictadura. La suerte de los trabajadores y trabajadoras fue la misma, se incrementó el empleo, se activó la industria y el consumo y los salarios superaron en dólares la media de Latinoameríca. La “Canción con Todos” comenzó a sonar fuerte desde las políticas regionales.
Sin embargo, un pequeño sector comenzó a cristalizar su situación de informalidad, propio de lo ocurrido en las profundas crisis sociales de 2001/2002. Muchos trabajadores desocupados fueron apartados de la aplicación de la Ley que les había dado cobijo a todos. En 2015 Cristina entrega el gobierno con un millón de trabajadores homenajeando el proceso iniciado en 2003.
Los resultados de los sectores excluidos se visibilizaron e incrementaron al tiempo que la Ley comenzaba a menguar su aplicación a cada vez menos sectores de trabajo. El macrismo pretende una modificación, que es paralizada a fuerza de movilización y energía militante. Lo que no se pudo evitar era que aquella ley fuera aplicada a un sector cada vez más reducido de trabajadores.
El retorno de un gobierno que pretendió expresar la vuelta de la representación de los sectores nacionales y populares, atravesó pandemia y guerra e incapacidad y sequía y más incapacidad. Demasiado poco para tanta expectativa. Su egreso de la gestión, hizo que la Ley nacida para proteger, cuya misión en la vida fue la de madre cuidadora y contenedora, se quedara con sólo un tercio de los trabajadores alcanzados. Muy poco para su misión vital.
El 10 de diciembre de 2023 asume el gobierno de la jactancia, la crueldad y la brutalidad. Los efectos a 9 meses de práctica represiva y de destrucción de todo vestigio del Estado, se encuentra produciendo un deterioro social sin precedentes. Los niveles de desempleo, pobreza, indigencia y pauperización de la vida de nuestro pueblo son dramáticos. La predica de la insensibilidad, la intolerancia y el maltrato respecto de las prácticas emprendidas, y la apología del enriquecimiento a costa del sufrimiento de la población vulnerada, no puede generar otras consecuencias que niveles de degradación social impredecibles.
Nuestra Ley de Contrato de Trabajo. se arrastra en el manoseo del DNU 70/23 y de la deformada Ley Bases.
Completamente alejada de su finalidad en sus 50 años, nuestra Ley se esfuerza por asegurar contención a un sector de trabajadores y trabajadoras que hoy solo ruegan por conservar el empleo que poseen. La Ley de Contrato de Trabajo lejos de cantar la Canción con Todos, interpreta “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.
Vilipendiada y malograda, mutilada y torturada, sometida a la difamación de ser tomada como la responsable de los desempleos de quienes siempre intentó proteger, es hora que quienes pensamos en un derecho social comprensivo, solidario y reivindicador de la justicia social, le demos a sus 50 años un nuevo impulso. Resulta imprescindible darle acción y empujar su aplicación a los cientos de miles de trabajadores y trabajadoras excluidos de su aplicación, a las compañeras que se encuentran al frente de comedores comunitarios, a trabajadores y trabajadores incluidos en procesos autogestivos, a trabajadores y trabajadoras de cooperativas de trabajo de la construcción, del sector rural, de servicios y de empresas recuperadas.
Es hora de cantar una nueva canción para que todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra patria puedan defenderla, así como lo hicieron nuestros mártires en cada tiempo desde su nacimiento.
Ser mejores para volver, implica que esta Ley de Contrato de Trabajo que cumple 50 años, abrace a todos los trabajadores. Este nuevo es con todos, no es con todos los dirigentes que defeccionaron, es con todos los trabajadores y trabajadoras para que nuestra Ley cumpla su finalidad de protección. De lo contrario comenzaremos a cantarle su réquiem.
*El autor es abogado de trabajadorxs, representante legal de FETRAES, docente universitario.