El lenguaje, sin lugar a duda, es una herramienta de comunicación que en su faz más primitiva sirvió para entendernos y generar los primeros acercamientos y empatía: una forma de establecer lo que conocemos como diálogo. Partimos de una misma base de sonidos, luego palabras, para entendernos. Un hilván sutil, acuñado en los milenios del tiempo, que fue generando una construcción social: primero la palabra, más tarde la escritura. El lenguaje fue el eslabón que recorrió diversos usos hasta nuestros días.
Sin dudas todos lo valoramos y estamos atentos a sus modificaciones y modismos, que cada época va conformando. Estilos y formas que se nutren del habla coloquial y popular, y con la llegada de los medios de comunicación masiva también.
La actividad cotidiana de las redes sociales ha conformado un nuevo tipo de lenguaje, que no deja de lado el exabrupto o la mala palabra como expresión disruptiva, para transformarse en un arma de destrucción masiva.
Perón decía que “el pescado se pudre por la cabeza”, en esa enseñanza de viejo vizcacha, cuando guiñaba un ojo y su gestualidad se hacía comunicación. Era un hombre claro y sencillo al hablar, criollo, como lo fue también Borges, aunque desde el espejo invertido.
Mi abuela, la Tata, amaba a Perón. Decía que era el único político al que le entendía lo que decía. Sin dudas él le llegó más allá de la palabra, en su Bahía Blanca natal, a esta viejita medio mapuche.
La recuperación de la democracia nos trajo nuevas oportunidades, sobre todo una libertad que aún no terminamos de conquistar. Durante la primavera alfonsinista tuvimos un fuerte impulso en ese sentido, que al menos consolidó la elección por ese sistema político.
Pasamos entonces del lenguaje seco y marcial de la dictadura y sus censuras a algo que fue cediendo en elasticidad y nuevas formas del lenguaje, más abierto e incluyente.
Siempre hubo un argot en las sociedades, un slang dirían los gringos, un lunfardo nosotros. Fue la forma en que el pueblo empezó a dar voz a otras voces que peleaban por hacerse escuchar desde los lugares no aceptados por la sociedad, y que fueron ganando espacio: primero con la palabra y después con el cuerpo.
Nos sobran ejemplos de la vida cotidiana, donde se destacan el tango y el rock nacional, para presentirnos que somos nosotros, como diría Charly García —autor de la banda musical de nuestras vidas— al menos para mi generación.
Por eso es interesante observar cómo desde la cabeza del gobierno argentino (la del pescado que se pudre) está habilitada la destrucción del lenguaje, al amparo de una libertad que históricamente luchó por su riqueza. Los momentos más turbios de nuestra democracia nos presentaron mandatarios de gran limitación en el lenguaje. Macri demostró la economía de palabras de su vocabulario y entronizó la capacidad ortopédica de unos pocos caracteres para hacerse entender. Milei, a quien seguramente La Tata, no entendería lo que quiere decir, pero si intuirlo, es el ejemplo más elevado de esta degradación.
Su apertura de la Asamblea Legislativa de este año habilitó una forma espantosa de comunicación, donde quedaron demostrados los parámetros y las formas comunicacionales de su gobierno. El insulto, desde el poder ejecutivo, se potencia y amplifica con las nuevas tecnologías, donde un grupo que remeda una estudiantina boba y machista propala la degradación del lenguaje.
Los que nos arriman la crueldad sin discurso, son las que “meritúan” el mérito, como la senadora Bullrich y todos los meritocráticos, que matan al lenguaje, después de su paso por centros exclusivos de educación privada, de donde salen los acusadores de la educación pública.
Siempre recordaré el maravilloso discurso de Fontanarrosa sobre el elogio de las malas palabras, en su querido Rosario, durante el Congreso de la Lengua. Allí, el rosarino no solo demostraba habilidad, humor y destreza en el lenguaje, sino que acomodaba aquellas de una manera magistral para su uso, sin moralina.
Claro, eran épocas de kirchnerismo, donde los libros en papel junto con las computadoras para las escuelas volaban por todo el país, florecían las editoriales y se destacaban los escritores.
Es imposible no hacer una analogía entre la política y el habla de estos tiempos. Cuánto esfuerzo se ve aún en liderazgos de barrios pobres, de aquellos y aquellas que pasaron por secundarios tardíos en esas épocas, y hoy presentan ideas y proyectos, o cuentan sus penas, con un lenguaje más rico y metafórico. Ese dato no es menor: se los puede castigar, cercenar sus derechos, pero hay algo atesorado, guardado, que permanece interiormente y volverá a salir. Ese es el lenguaje del que puede poner en palabras, su propia proclama junto con quienes convive. Quedan ideas, recuerdos, sensaciones y fracasos, que se pueden expresar para que no quede en saco roto lo que se perdió. También lo que faltó hacer, gracias a la palabra aprendida, ayudará a modificar el futuro. No es nada menor ese logro.
Nuestra corta experiencia vital nos permite arriesgar algunas ideas. Hemos vivido distintos momentos en la vida de nuestro país y, desde 1983 a la fecha, los cambios han sido muchos y vertiginosos, tal vez como nunca en la historia.
Pero tratando de entender, hemos visto que cuando cayeron los sistemas sociales organizados por la sociedad, hacia posiciones más indiferentes y autoritarias, vimos que el lenguaje tiende a dividirse y diferenciarse, dejando su tendal de dialectos y tribus.
Tal vez en este momento, en el que me acabo de enterar de la muerte del Indio Solari, puedo recordar una de sus frases más célebres: él nos invitó a un rumbo cuando no sabíamos a dónde ir, y fuimos corriendo a ver qué escribía la tribu de nuestra calle. La poesía y su exquisito lenguaje, atravesó cualquier barrera y nos puso de pie cuando nos creíamos vencidos. Para eso sirve el lenguaje.
*La redacción final este artículo fue interrumpida por la fatal noticia de la muerte del Indio.
