Es revelador que Kristalina Georgieva y el FMI incorporaron el clima al análisis económico, mientras el gobierno argentino niega el cambio climático. El Niño y La Niña son fenómenos naturales, pero el calentamiento global puede intensificar sus consecuencias.
Durante los últimos años del gobierno de Alberto Fernández, la Argentina sufrió una sequía histórica vinculada a tres campañas consecutivas bajo la influencia de La Niña. No fue un dato marginal ni una excusa destinada a disimular errores económicos. Fue un fenómeno climático con consecuencias productivas, fiscales y sociales de enorme magnitud.
El Niño y La Niña son las dos fases principales de un proceso natural conocido como El Niño-Oscilación del Sur. Se origina por variaciones en la temperatura de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial y por cambios en los vientos y la circulación atmosférica. Aunque ocurre a miles de kilómetros, modifica las lluvias y las temperaturas en distintas regiones del planeta.
Durante La Niña, las aguas del Pacífico ecuatorial central y oriental se enfrían y los vientos alisios se fortalecen. En buena parte de la región pampeana y el Litoral argentino, esto suele traducirse en menores precipitaciones. Si el fenómeno se prolonga, el suelo pierde humedad, bajan los niveles de ríos y lagunas y se reducen los rendimientos del trigo, el maíz y la soja. También se perjudican la ganadería, las economías regionales, el transporte fluvial y la generación hidroeléctrica. No se trata simplemente de que “llueve menos”: se altera toda una cadena productiva y social.
La campaña 2022/23 perdió cerca de 50 millones de toneladas de soja, maíz y trigo. La Bolsa de Comercio de Rosario calculó una disminución aproximada de 14.240 millones de dólares en las exportaciones de esos tres complejos y un impacto total cercano a los 19.250 millones de dólares, equivalente a tres puntos del producto. Durante 2023, además, la liquidación de divisas del sector cerealero y oleaginoso cayó 23.509 millones de dólares respecto del año anterior. Fueron dólares que no ingresaron, impuestos que no se cobraron, servicios que no se contrataron, viajes de camión que no se realizaron y empleos e ingresos que se perdieron. Bolsa de Comercio de Rosario.
La sequía no explica todos los problemas del gobierno de Alberto Fernández ni lo libera de sus equivocaciones. Pero tampoco puede ser eliminada del análisis para construir la ficción de que la economía fue destruida exclusivamente por malas decisiones políticas. La falta de divisas afectó las reservas del Banco Central, las importaciones necesarias para producir, la recaudación y el nivel de actividad. Si se borran esos casi veinte mil millones de dólares perdidos, se borra una parte sustancial de lo ocurrido.

El problema vuelve a colocarse sobre la mesa. Como señaló Diego Genoud en Página/12, la propia Kristalina Georgieva expresó preocupación por la posible aparición de una nueva fase de La Niña y por su impacto sobre la cosecha argentina. La observación no es menor: el Fondo Monetario sabe que las metas de acumulación de reservas, el equilibrio externo y la capacidad de pago del país dependen, en buena medida, de aquello que ocurra en el cielo y en los suelos.
Hay aquí una contradicción difícil de ocultar. El organismo internacional que controla las cuentas argentinas incorpora el riesgo climático a sus cálculos, mientras el gobierno de Javier Milei niega o minimiza el cambio climático, desfinancia organismos científicos y presenta la política ambiental como un obstáculo para el crecimiento. Kristalina mira el Pacífico; el Gobierno argentino mira para otro lado.
Es necesario, sin embargo, hacer una distinción. El Niño y La Niña existían antes del calentamiento global y no fueron creados por él. No puede atribuirse automáticamente cada sequía o inundación al cambio climático. Pero estos fenómenos naturales actúan ahora sobre un planeta más caliente. Una atmósfera más cálida puede retener mayor cantidad de vapor de agua, aumentar la intensidad de algunas precipitaciones y acelerar la evaporación durante los períodos secos. Los suelos pierden humedad más rápidamente y las olas de calor agravan el estrés de los cultivos.
El cambio climático carga los dados: no inventa cada acontecimiento, pero aumenta la posibilidad de que determinados episodios sean más intensos, frecuentes o dañinos. Una misma falta de lluvias produce mayores consecuencias cuando coincide con temperaturas extraordinarias; del mismo modo, una tormenta provoca más daños cuando descarga grandes cantidades de agua en pocas horas sobre suelos degradados, humedales destruidos y ciudades impermeabilizadas.
Por eso necesitamos politizar el ambiente: comprender que una sequía o una inundación distribuyen pérdidas, profundizan desigualdades y obligan a decidir quién será protegido y quién quedará abandonado.
También debemos ambientalizar la política: incorporar la variable climática a las decisiones económicas, productivas, fiscales, sociales y territoriales.
Prepararse significa fortalecer el Servicio Meteorológico Nacional, el INTA, el CONICET y las universidades; mejorar los sistemas de alerta temprana; realizar obras hídricas; conservar humedales; mantener canales y caminos rurales; ordenar el uso del suelo y coordinar acciones entre la Nación, las provincias y los municipios. También supone crear seguros agrícolas accesibles, fondos permanentes para emergencias y créditos especiales para pequeños y medianos productores.
No todos atraviesan una sequía de la misma manera. Una gran empresa puede diversificar riesgos; un pequeño productor puede perder en una campaña el trabajo de toda una vida. En las ciudades ocurre algo semejante: quienes viven cerca de arroyos contaminados, en terrenos bajos o sin desagües adecuados son siempre quienes más sufren.
Un gobierno no puede hacer llover ni detener una tormenta, pero puede decidir si espera la catástrofe o se anticipa. Negar el cambio climático no elimina sus consecuencias: solamente nos deja más indefensos. Una política que no comprenda el ambiente terminará contando pérdidas y administrando emergencias.
La degradación, cierre y desfinanciamiento del Servicio Meteorológico Nacional, el desfinanciamiento en políticas de mitigación ambiental, hace que no tengamos un buen diagnóstico preventivo. Solo buscar achicar el gasto en estos temas, puede ser amplificarlo, como hemos visto.
Una política ambientalmente activa podrá reducir los daños y construir una economía menos dependiente de las fuerzas del cielo.