Un paso de comedia son situaciones graciosas donde algo que podría ser un drama o un problema leve tiene un discurrir liviano y de equívocos que resultan cómicos, sostenido por una actitud corporal inquieta y con algo de vertiginosidad. Por lo general hay un tándem de actores que la sostiene. En la Argentina, últimamente, estamos asistiendo a remedos tristes de ese recurso de la actuación. La cotidianeidad, por la que vía WhatsApp van y vienen órdenes y contraórdenes entre esos pares que son Scott Bessent y Luis Caputo, tiene como escenario de actuación el Tesoro y el BCRA, y el gag podría ser que operan en él como si fueran cuentas de la lejana Delaware. Pero claro, esto no tiene nada de paso de comedia, pues carece de ese toque, de ese timing clave para ejecutarlo de manera efectiva. Por lo cual esto es un mero grotesco, por el que asoma la otra cara del teatro: la tragedia.
Allí podría verse a estos dos versátiles actores discutiendo sobre pesificación, cómo salvar bancos amigos, cómo vender los activos del Estado, y pararse de golpe ante las cámaras de TV para ajustarse los trajes sin corbata y en zapatillas, simular cierta eficiencia. En ese momento podría hacer su irrupción otro actor, el León, que oficia de presidente y viste un mono muy “fashion” de YPF: ese amigo antisistema lleno de poder que oficia de gran animador de la obra, que se ajusta a las modalidades de sus amigos de Wall Street. Él es quien consigue salvarlos de la tragedia, porque salva la economía de la bancarrota poniendo en manos de Estados Unidos a esta.
El remate sería un diálogo en el cual los amigos abrazan sonrientes al León y le dicen: “¡Te pasaste, che! Nos salvaste”. Entonces el León dice: “Sí… pero veamos cuánto dura el control remoto desde allá”, mirando a cámara y con cara de pícaro. Fin. Sería lindo poder reírse, si no fuera porque esto es lo que nos pasa y es muy triste: ese paso de comedia que no causa gracia.
Vivimos un momento regional que ha cambiado con una velocidad inaudita, desde aquella denominada década ganada a esta que bien podría ser llamada la pérdida. Durante la década ganada tuvimos un continente pacificado, algo que hoy se está poniendo en peligro no solo por el merodeo de los portaaviones norteamericanos, sino también por el derribo de barcazas venezolanas, a las que hay que creer que llevan peligro porque lo dice Donald y nada más. Hemos visto cómo Trump se involucró casi extorsivamente en las elecciones de la Argentina; vemos lo que está haciendo en Honduras, donde acaba de liberar a un expresidente condenado en Estados Unidos por narcotráfico y bancar a su partido con argumentos similares a los expuestos en la Argentina. De esta manera, y con estas intromisiones, estamos reviviendo la triste y resucitada Doctrina Monroe. Que conste que las elecciones de Honduras fueron un verdadero desastre y estuvieron plagadas de inconsistencias, además. ¿Cómo se supone que voten en libertad los pueblos que se encuentran sometidos y extorsionados, haciendo que las elecciones se vean condicionadas?

Las redes sociales trabajan buscando el enfrentamiento y haciendo que el algoritmo fomente la virulencia, articulando con otros medios para manipular las noticias y generar “verdades alternativas”. A cincuenta años de la instalación del Plan Cóndor en América Latina, vemos la vuelta de esta coordinación regional para sojuzgar a nuestros pueblos, con otros métodos. Chile vuelve a resucitar de sus sepulcros a aquella civilidad que idolatraba a Pinochet. México, pareciera ser quien más aporta a una esperanza de justicia y dignidad. También Colombia, a pesar de ser cascoteada , aún resiste embates de la derecha y junto a Uruguay y Brasil, son países a mirar para articular espacios políticos, más fines. Hoy, claramente, Estados Unidos reedita sus poderes de influencia que ya había comenzado en El Salvador, la mencionada Honduras, Ecuador, Trinidad y Tobago y Guyana. En Brasil pasó Bolsonaro y está latente, así como acá está Milei, el León, quien se benefició con una deuda sideral para bancarlo políticamente, mucho más que a Macri. No quieren perder esta oportunidad. En todos los países se da este avance imperial que busca la excusa de intervención por el narcotráfico para construir un enemigo que no existe, además de detener el avance de China en América Latina.
Mundos llenos de paranoia y dolor, de miedos y carencias, que debilitan y deprimen a nuestra población, que hacen de nuestro río un receptor de medicamentos para seguir andando con la tristeza a cuestas. En estos días supimos que en el Río de la Plata se encuentran nuevos elementos contaminantes como paracetamol, ibuprofeno y viagra, toda una definición de la impotencia y de cómo se unen daño ambiental y sufrimiento humano. Un río que, entre sus servicios ambientales a nuestro favor, nos da la brisa que refresca la ciudad y el agua que bebemos, pero ahora sabemos que además de contaminarlo lo hemos medicado. De esa forma no quedará afuera de nuestro estado emocional.
La IA se suma a esta realidad que vivimos como uno de los otros descubrimientos que nos muestran, o que sospechamos, que es real. No lo sabemos: cada vez es más difícil saberlo. La masividad da credibilidad, genera corrillos virtuales de “verdades a voces truchas” imparables. Siempre las nuevas tecnologías o avances técnicos trajeron una instalación que se utilizó desde el poder para manipular. Cada tanto vuelve del pasado una foto del Chacho Peñaloza, a quien se lo ponía bizco en un daguerrotipo —ese antecedente de la foto— para darle un aspecto fiero y temerario y así justificar su posterior persecución y asesinato. Hoy los algoritmos derivan en esas exposiciones con finalidad chismosa y dañina, causando adicción entre las personas, además de miedo y rabia. Entendemos que la época suma al sexo como un aditamento esencial en la formación de emotividades.
Venimos sosteniendo que las redes han generado una especie de Far West sin leyes, donde todo es agresivo y violento, y el algoritmo, como hemos dicho, es la pistola humeante que dispara sin piedad sobre nosotros. Así se arma la revuelta en las redes donde vale el todos contra todos y se genera ese antagonismo letal e irracional. Lo cierto es que ya no sabemos sobre qué base se dan las discusiones: las mismas están mediadas por una serie de flujos que en algún momento impactarán en la realidad.
Vivimos un mundo de odios que la derecha ha sabido aprovechar, y tal vez debamos mirarnos y hacer algunas correcciones de lo actuado recientemente. Muchos pibes odian, y el odio no es constitutivo de ellos: lo aprenden, porque se está incubando rabia, frustración y soledad. Cuando no hay dónde hablar, lugares reales donde entendernos sin levantar el dedito y juzgar todo comportamiento masculino. Masculinizo porque estoy convencido de que son a quienes busca la derecha con su discurso fácil, que quiere un statu quo inamovible. Hombre joven, confundido y golpeado, es alguien a reclutar. Es allí donde la cultura virtual de la inmediatez tiene un sentido letal, en los memes y la crueldad de las transmisiones en las pantallitas del celu.
No entendemos a estos pibes, no nos damos cuenta de que muchas veces sus respuestas son lo único que pueden dar y que su argumentación la mayoría de las veces no tiene sustento y puede ser revertida. Por eso necesitamos abrir lugares donde la pureza ideológica, que es una de las mejores aliadas de la reacción, baje del pedestal y se haga comunidad, que colabore en la generación de vínculos, abriendo espacios de libertad donde vayamos despojados a escuchar y reflexionar juntos.
Nuestra masculinidad y lo que hemos desaprendido, junto a los grandes avances del feminismo, del cual somos deudos, están amenazados por estos gobiernos violentos. En ellos hay un modelo de mujeres subsidiarias de sus verdugos, que son enaltecidas, y la mayoría de las fotos oficiales son de varones atildados y educados en esos colegios donde no iban las pibas. No tuvieron nuestros conflictos. Ellos han conformado una nueva cadena del reino animal y hoy detentan el poder trastocándolo todo “a piacere”.
Porque esta nueva cultura nos desviste de los valores que teníamos como animadores de nuestras vidas, aquellos que nos conformaban como ciudadanos, con todas las contradicciones que se puedan percibir, pero que respetaban un cúmulo de valores humanos, ciertos acuerdos alcanzados y perfectibles que muchas veces costaba cumplir. Podríamos decir derechos que hoy están en riesgo cuando se nos degrada a la categoría de consumidores. Si no pensamos el Estado, si no vemos que debemos cambiarlo para que un proyecto más justo e igualador se manifieste, nos ganan las ofertas que nos traen los anuncios permanentes, una forma de empaquetar a la política y ponerla en una góndola.
Pareciera que el Estado, tan insidiosamente estigmatizado, va logrando ser lo que la derecha quiere: ese espacio negativo y obstaculizador. Por lo cual en nuestra vida el mercado deberá ocupar su lugar y nosotros ser sus súbditos en carácter de consumidores. Todo ciudadano que vote estas nuevas corrientes anarco/liberales debe saber que vota desde esta categoría, que es la de consumidor, la cual carece de connotación cívica y constitucional. Es ahí donde la tensión generada entre ciudadano y consumidor nos saca de la legalidad conocida y nos lleva hacia la del consumidor, la del que quiere poseer, no la del que quiere convivir, en un sentido pre-hobbesiano de la vida. Volver a ser lobos de nosotros mismos nos pone en un lugar de feroz competencia que diluye muchísimos años de lucha para que el hombre se constituyera en comunidad. Una comunidad donde las tensiones no dejaran de abundar, pero habría un árbitro consensuado por todos para evitar avasallamientos, sobre todo hacia los más débiles.
Hoy la función pública nos muestra cómo eso se manifiesta en sus organigramas y vemos cómo se dan esas metamorfosis que van desde un simple operador financiero a un funcionario del Estado, algo que es una tendencia a nivel mundial. Son dos formas incompatibles en la administración de lo público. ¿Cómo puede ser que todos los funcionarios del equipo económico hayan pasado por la JP Morgan, la misma que instaló su comando electoral en el Colón con su plana mayor en las últimas elecciones en la Argentina? Nuestro ministro es un trader que está convencido de que un país es una empresa y reporta a una idea de trader global que desterritorializa la función que debe cumplir en su país, poniendo en peligro la soberanía.
Estamos ante un gran problema, porque el verdadero peligro es que la democracia se convierta en aquella comedia que antecede a la tragedia, donde campee la subordinación de nuestros gobiernos a soluciones tecnocráticas de sociedades cada vez más impotentes. De aquí se sale con política, pero una que debe tener la valentía de sostener el cara a cara, el abrazo y la posibilidad de la discusión que busque el acuerdo reparador para construir nuestra comunidad.
Vivimos una dictadura del instante, con una conciencia absoluta del oportunismo: es aquí y ahora lo que rompe cualquier construcción solidaria de futuro, porque pensar el futuro es pensar en lo que no vamos a ver, es nuestra forma de trascender en el vínculo social. Hoy, si algo no funciona, alguna ortopedia del sistema lo reparará, como ocurre con nuestra economía, que se mantiene a flote porque desde el norte ordenaron que no se caiga. ¿Eso cuánto dura? Solo el tiempo del saqueo.
Hay que recuperar al conjunto, volver a unir y tejer de nuevo el lazo social que nos rebele y hermane contra esta anarquía que nos impone hambre y miseria, despojada de toda raíz cultural y espiritual.