Desde hace varios años, el psicoanalista y escritor Jorge Alemán viene construyendo una biblioteca urgente sobre la época. Sus libros, en los cuales las complejidades de las categorías lacanianas iluminan las complejidades del momento histórico, construyen herramientas con las que avanzar sobre el desconcierto del presente, en un mundo donde, una vez más, todo lo sólido parece desvanecerse en el aire y en el cual surge una nueva figura de mando: los neoemperadores.
Ese nombre, que da título a su más reciente trabajo –publicado por Ned Ediciones y que en mayo estuvo presentando en Argentina–, reúne las claves de la lectura política de Alemán. “Yo creo –explica el autor– que no se puede entender al neoemperador sin el goce. Y creo que no se puede entender la política sin las economías libidinales en juego, sin los estragos de la pulsión de muerte”.
Radicado en Madrid desde su exilio en 1976, en sus visitas frecuentes Alemán fue uno de los primeros intelectuales en advertir en el país y la región sobre la amenaza de las ultraderechas, muchas veces ante la mirada escéptica de sus interlocutores, que con el tiempo le fueron creyendo a fuerza de pruebas dolorosas, de la cuales la presidencia de Javier Milei es su expresión más reciente y brutal.
– ¿Qué lectura hiciste del clima político en Argentina en tu última visita al país?
– Salvo excepciones, como la marcha del 24 de marzo o la lucha por las universidades, lo entiendo como un repliegue, porque cada vez veo menos presente el discurso de la política en el campo popular. Si tuviera que determinar algo, sin definir exactamente su alcance, es la vejación, la desviación, porque este es un proyecto mundial de las ultraderechas, del lenguaje político como lenguaje universal, un lenguaje para aplicar en la vida comunitaria. Lo vemos en esa escena repetida del movilero en la fila de colectivo, cuando le dice a una persona: “El colectivo va a aumentar un 25%, ¿qué le parece?”. La cara de pena es infinita. “¿Y cómo va a hacer?”. La respuesta es “no lo sé”. La cara es de tragedia y dolor. El movilero intenta arrancar alguna definición política. Los del “antiguo régimen”, es decir, los que hablan como nosotros, le empiezan a pegar al gobierno. Pero mucha agente lo acepta con una suerte de fatalismo, de que es así y nunca va a ser de otra manera.

– Es un bucle difícil de romper.
– Exacto. El análisis histórico ha quedado absolutamente neutralizado. Ni siquiera está la memoria del buen momento.
– Volviendo a esa escena, si bien hay mucha gente en la fila del colectivo, no parecen hacer un conjunto. Cada individuo está viviendo su tragedia personal.
– Sí, y no hay ningún recuerdo de que, tal vez, esa persona pudo con su vida hacer otras cosas a través de la política.
“Cada vez veo menos presente el discurso de la política en el campo popular. Este es un proyecto mundial de las ultraderechas, la vejación del lenguaje político como lenguaje universal”.
– En tu libro Neoemperadores describís los rasgos de este nuevo tipo de liderazgo global: un mando fuerte, que reúne la negatividad de las frustraciones y el descontento, y se ofrece como un salvador autoritario pero eficiente. Para hacerle frente, ¿qué es lo “neo” que debería surgir?
– Habría que reinventar la Ilustración, ¿no? La Ilustración, la misma que tiene muy mala prensa. Porque el Che Guevara fue la Ilustración, la comunidad organizada fue la Ilustración, los movimientos independentistas americanos fueron la Ilustración.
– Eran el fusil y el libro.
– Claro. El uso público de la razón es algo radical en política. Si de verdad querés crear un ámbito de experiencia política, el “atrévete a saber”, la consigna de Kant, es central. Por supuesto, se puede deconstruir la Ilustración. La Ilustración, por ejemplo, no resuelve la justicia. ¿Pero qué condición preliminar tenés? Si vos me decís que hay que reinventar la política argentina, personalmente creo, y sin entrar en ninguna interna, que la idea del Perón conductor, que preside la estrategia que se va a realizar, con movimientos tácticos, son cosas del siglo XX. Primero, hoy no sabemos si hay conducción; después, no hay más estrategia; y tampoco hay nada que teleológicamente vaya hacia un objetivo final.
– El objetivo final se avizora como inmediato: ganar una elección, pero no parece ser “la patria liberada”.
– Sí, habría que coordinar la elección con la patria liberada, y, como digo en Neoemperadores, escuchar al vecino como si fuera el mundo más alejado y la realidad internacional como si fuera el barrio.
– Decías que la Ilustración tiene mala prensa. Sin embargo, en este último tiempo, intentamos resguardar, rescatar de la tormenta neoliberal, mucho de lo que hasta hace poco tenía mala prensa. Nos encontramos defendiendo a la familia, escuchando lo que dice una encíclica del Papa, luchando por el Estado. Es decir, defendiendo instituciones que hasta hace poco eran parte de nuestros objetivos a cambiar o a derribar. ¿Es otra de las novedades de la época?
– Sí. Y lo veo positivo. Es empezar a entender cuál fue el verdadero efecto del capitalismo. No digo positivo en quienes lo aprovechan para volverse nacionalistas reaccionarios o para instaurar una especie de “lopezreguismo” en el peronismo. Yo me defino como ateocristiano. La expresión la usa también Žižek, lamentablemente, pero no se la tomé él. O sea, creo que en la experiencia de la cruz hay una experiencia de lo no matable. Y en esa condición de lo que no muere del todo, de lo que no se puede aniquilar definitivamente, está una precondición de todo proyecto de emancipación.
“Habría que reinventar la Ilustración. Porque el Che Guevara fue la Ilustración, la comunidad organizada fue la Ilustración, los movimientos independentistas americanos fueron la Ilustración”.
– Hablabas de lo que no muere. En otra oportunidad, mencionaste aquello que no puede ser capturado por el neoliberalismo. El filósofo y epistemólogo Miguel Venasayag, que también utiliza recursos de diversas disciplinas para indagar en el momento político, estudia la delegación de funciones del cerebro humano a las máquinas. Volviendo a tu planteo, ¿podría pensarse también en aquello que no puede ser delegado?
– Claro. Mirá, Freud era un conjunto de malas noticias para el proyecto ilustrado clásico, ¿no? En El malestar en la cultura, decía de los bolcheviques que puede estar muy bien el sistema de distribución de la propiedad, pero que no estaba seguro de que se pueda ser feliz con eso, que la felicidad depende de otra cosa. Siguiendo su pesimismo antropológico, en el ser humano la felicidad no era lo más frecuente. Estaba constituido de tal manera que no era eso lo que iba a florecer. Había formas de paliarlo, sino Freud no hubiera intentado la experiencia del psicoanálisis, pero ahí estaban la repetición, la pulsión de muerte, la capacidad de hacer daño, los deseos de hacer daño a los demás. Sin embargo, esos mismos términos son los que no se pueden delegar ante ninguna maquinaria de poder. Uno podría ver a Freud y decir que es un reaccionario, porque está avalando lo que las derechas decían, lo que las derechas quieren del ser humano. Pero si lo leés de otra manera, es lo inapropiable del ser humano, es el resto indómito. Su manera de sufrir, su manera de amar, su manera de morir. Es el elemento que no puede jamás ser reabsorbido en ningún plan.
– En todo el proceso de escritura de tus libros referidos a la época, ¿qué aprendiste?
– Las transformaciones que hubo. Mi amigo Felipe Pigna publicó recientemente el libro 76 y lo leí con suma atención, aun conociendo yo todos los detalles de esa época. Es un gran relevamiento. Pero fijate una cosa: la dictadura militar, decididamente asesina, les otorgaba a los símbolos un valor tremendo. Censuraban El Principito, pusieron a analizar la obra de Aroldo Conti a un tipo a que dijo “es un gran literato, pero sus ideas…”. Es decir, había un valor otorgado a la palabra. Bueno, a mí me empezó a interesar esto cuando ya la palabra perdió su valor. Lo profetizado por Heidegger como nihilismo fue para mí una de las claves del capitalismo o del neoliberalismo. Si vos y yo hoy decimos que acá hay gatos azules volando, no hay nada que nos contradiga, salvo la voluntad de poder. El asunto del valor de verdad, la desintegración del lazo social, la desaparición del discurso del amo en el sentido clásico y la aparición del capitalismo apropiándose definitivamente de ese discurso son las cosas sobre las que sigo aprendiendo e indagando.
– Sin embargo, cuando empezaste a hablar de estas ultraderechas, había cierta reticencia, como si se tratara de una noticia europea que no se verificaba en Argentina y la región.
– Te agradezco mucho esto que decís, porque a veces fui cruelmente tratado por personas que conozco y aprecio. Me decían: “Venís con el cuco de la ultraderecha, pero es el cipayismo de siempre, es la derecha gorila, la oligarquía”. Pero no, hay algo más. Y ese algo más es lo que llegó: Milei.
“En la experiencia de la cruz hay una experiencia de lo no matable. Y en esa condición de lo que no muere del todo, de lo que no se puede aniquilar, está una precondición de todo proyecto de emancipación”.
– Si pensamos que el problema está funcionando en el plano de lo cognitivo, arrancado por el hecho de haber votado a alguien que hizo campaña agitando una motosierra, ¿alcanza para hacerle frente una respuesta centrada en la gestión, del tipo volver a generar puestos de trabajo, bajar impuestos, controlar la inflación, etcétera? ¿O es otro el problema?
– Hay otro problema.
– ¿Uno puramente ideológico?
– En mi libro Ideología establezco una relación entre ideología y fantasma. Es como su alguien se quisiera matar y vos le decís “pero cómo te vas a querer matar, mirá el jardín que tenés en tu casa, con todo lo que has hecho en la vida, con la mujer que tenés”. Eso no produce ningún efecto, porque es en otro lugar donde está el desorden. Es verdad que es exagerada la analogía, pero, como decís muy bien, se trata de otro orden de cosas.
– ¿Viste en este tiempo algo que puedas caracterizar como un acontecimiento? Es decir, lo inesperado que irrumpe y establece nuevas posibilidades, otras reglas de juego.
– Es muy difícil construir una autoridad en política. Una autoridad no en el sentido imaginario, nostálgico, sino algo que vos digas esto abre un surco en la realidad, hay un antes y después. Eso sería un acontecimiento, lo imprevisible. Lo que yo veo es un proyecto revolucionario que no lo impulsa la izquierda sino la ultraderecha, que se propone cambiar la raíz de las cosas.
– El acontecimiento es la ultraderecha, entonces.
– En algún punto, sí, porque no es la derecha tradicional, sino una que se propone sustituir la historia por la guerra. No hay más historia, hay guerra.
“Es lo inapropiable del ser humano, es el resto indómito. Su manera de sufrir, su manera de amar, su manera de morir. Es el elemento que no puede jamás ser reabsorbido en ningún plan”.
– ¿Por qué escándalos políticos como el actual de Manuel Adorni parecen no tener el impacto social de antaño?
– Por falta de imaginación, por no poder encontrar otra vía, porque Milei exhibe que es capaz de sostener cualquier escándalo. No digo que se los dé por hecho, pero se ha entendido que la ruta de Donald Trump ha sido que, cuanto más escándalo, más isla, más Epstein, más pedofilia, menos importa. Acá pasa con Adorni. ¿Sabés lo que hago yo? Cambio de canal. En principio, tengo que considerar también la posibilidad de que se lo exhiba como un recurso de este gobierno para soportar la crítica política.
– A su manera, quizás por la vía de la inestabilidad, del desequilibrio, el gobierno de Milei parece entender cómo funciona la psiquis de la sociedad mejor que la política tradicional.
– No es que la entienden, es que se parecen. Son más parecidos. Son parecidos al taxista que ve una toma de escuela y quiere que se jodan todos los estudiantes, aunque su hijo sea estudiante y necesite de la educación pública. Se parecen a eso.
– En este escenario, ¿la política, los partidos, tienen las herramientas necesarias?
– Tienen que estar. Están obligados a estar, como vos y yo estamos obligados a pensar qué es lo que tendría que cambiar. Pero estamos obligadas por el deseo. Y el deseo no es un capricho, es un deber. Estamos obligados por un deber que es equivalente a un deseo. De lo único que te podés sentir culpable, dice Lacan, es de haber cedido en tu deseo. Deber y deseo para mí son equivalentes, porque si no se confunde deseo con el capricho de hacer lo que te da la gana, y no es así el deseo, al menos en Lacan. Entonces, los partidos, la militancia, lo que hacemos, es lo que tenemos que hacer.