Contraeditorial

Incidencias de una motosierra

Respecto del progreso técnico somos víctimas en estos tiempos de la narrativa publicitaria, de la mera propaganda. Los advenimientos se presentan como objetos o acciones mágicas, renunciantes ya a toda pretensión de conocimiento o comprensión acerca de qué se trata. Hace rato que ya fueron olvidadas las propuestas de moratorias ante avances problemáticos, como sucedió en la década del 80 del siglo pasado con la ingeniería genética. Hemos ingresado en una nube confusa en que supersticiones alternan con amenazas y tomas de rehenes, extorsiones del tipo de oferta que no podremos rechazar. Nada de todo ello está privado de una profusa bibliografía indagatoria, explicativa y comprensiva, pero no obstante ausente de la conversación pública, estragada en estos días por emociones espectaculares, estupidizaciones masivas y fetichismos. Toda racionalidad y sensatez, todo aquello que concurre al intelecto general, es decir, los saberes tácitos en posesión de las masas populares, se ha empujado al exilio, a un estado de minoridad y ausencia.

No es que en épocas anteriores estos problemas fueran solucionados o superados, más bien el estado actual de las cosas es la culminación de los procesos de modernización que vienen evolucionando desde hace varios siglos. Nos encontramos ante el declive del propósito emancipador ilustrado que esperaba articular saberes y formas de vida con sensibilidades multitudinarias. El fascismo del siglo XX fue un punto de inflexión decisivo para detener aquel tránsito autopercibido como evolutivo, de maneras horrorosas que dejaron su marca en forma irreductible. Entrado el siglo XXI alcanza un estado crítico el supuesto de superación que fue procurado durante los últimos ochenta años para encontrarnos con el retorno de configuraciones totalitarias dispuestas a ratificar el punto de inflexión anterior mediante una nueva detención trágica que nos haga retroceder de los relativos logros alcanzados bajo la consigna de Nunca más. El peronismo es una víctima decisiva en nuestro país porque entramó la forma argentina de transitar el Nunca más que sucedió al fascismo del siglo anterior, antes y después de la dictadura.

Claro que sostener esta forma de ver las cosas nos empuja de inmediato al destino de vilipendio, ninguneo y difamación que colectivamente hemos aguantado con sus claroscuros, con sus treguas a veces prolongadas de felicidad popular y avatares trágicos y dolorosos como los que ahora nos vuelven a mortificar. Como en toda ética de la convicción, las consecuencias gravosas se desdeñan porque el compromiso asumido exonera de antemano de todo castigo.

“El dominio no requiere gestapos porque esa tarea la hacen las redes sociales, con la ventaja de que cuentan con nuestras voluntades”

No es el propósito de estas líneas abundar en el estéril debate sobre cómo se llama lo que nos sucede sino seguir adelante con lo que consideramos necesario pensar o decir acerca de la actualidad. La meta fundamental del fascismo es el exterminio de la solidaridad, justicia social, eticidad empática o como sea que designemos a lo que nos permite vivir en condiciones que en toda la historia cultural fueron objeto de diferendos y litigios, y frente a las cuales se destinaron todos los esfuerzos creativos de las lenguas, las artes, las ciencias y las creencias teológicas. El principio que más comúnmente llamamos justicia social, muchas veces sin ponderar sus alcances ni estimar su arraigo irreductible en las almas, ofrece una resistencia natural frente a la opresión, y así en todos los tiempos y en múltiples versiones. No obstante, también olvidamos que las diversas versiones no afloran independientemente ni bajan del cielo, sino que se encadenan en secuencias genealógicas de inspiración histórica y memorial. Cada generación dialoga con las anteriores. Quienes vivieron antes que nosotros nos legaron sus palabras y ellas lo contienen todo, aparte de los profusos registros de la cultura. Sin embargo, bastaría solo con la lengua para garantizar continuidades. Lo cierto y también olvidado es que sucede lo mismo con el antagonista opresor, con las prácticas del Mal, los esclavismos, colonialismos, explotaciones y fascismos: no caen del cielo sino que mantienen sus vínculos con el pasado como sucede con todo lo que nos constituye. Por eso termina siendo necio el debate sobre cómo se llama aquello que debe definirse por procesos y acontecimientos, y no por sus apariencias o atributos autopercibidos.

Al respecto adquiere una relevancia ineludible la cuestión del estado. Banal es el cotejo analógico entre enunciados de diferentes épocas. Lo que importa es cómo poderes institucionalizados, orgánicos, totalitarios, se apropian de la economía libidinal de masas y la estructuran de manera supresora del lazo social para configurar multitudes esclavizadas. (La palabra esclavitud también podría ser objetada del mismo modo, y sin embargo cuando la empleamos damos por sentado que no la referimos a su literalidad, ni a si se compran o venden personas encadenadas en un mercado.)

La estatalidad fascista del siglo XX viene a ser sustituida por corporaciones globales absolutistas que, mediante extractivismo de la producción libidinal colectiva de las subjetividades, subyugan a las masas por el embargo y apropiación de tal producción libidinal, convertida ahora gracias a nuevas tecnologías en el recurso económico constitutivo de una nueva acumulación de capital. Una cohorte de milmillonarios del “sector privado” se creen dioses. La distinción entre “estado” y “sector privado” es un engañabobos colosal, porque reduce la palabra estado a lo que recordamos o sabemos precariamente de los estados totalitarios del siglo XX. Hoy en día el dominio de las subjetividades no requiere gestapos ni partidos ideológicamente dominantes de juventudes alineadas porque esa tarea la hacen las redes sociales, las plataformas y sus algoritmos, con la ventaja invalorable de que cuentan con nuestras voluntades. No necesitan ejercer violencia en mazmorras clandestinas. Todo el proceso se hace a la luz del día, o de las pantallas. Se lo presume consentido (lo cual también es engañoso).

Lo que llamamos positivamente estado en un sentido popular emancipador no es la máquina abstracta que sirvió y siempre puede servir para configurar un régimen opresor, sino la apropiación colectiva de esa estatalidad al servicio del lazo social, que se trasunta en la conquista de derechos, que desde luego obstaculizan la acumulación ilimitada de riqueza en poquísimas manos, porque el enriquecimiento ilimitado solo puede ser a expensas del empobrecimiento masivo. En la creación de riqueza también rigen las leyes de la termodinámica, y la riqueza no sale de la nada ni del móvil perpetuo sino de la acción colectiva, noción más amplia en la actualidad que trabajo, dado que todo lo que humanamente producimos como subjetividad es traducible en capital social y económico. De esa transformación se trata la revolución tecnológica en curso y no de gadgets que vende amazon, como nos quieren persuadir.

De modo que el lazo social, su administración y gestión, se encuentra en disputa entre las estatalidades regidas por derechos humanos y sociales, todavía, y las corporaciones globales absolutistas que se quieren apropiar de toda esa riqueza inscripta en los cuerpos (sin perjuicio también de las formas mejor conocidas de la riqueza, residentes en el mundo circundante viviente y no viviente).

La Argentina es el único país del mundo hasta ahora en que se ha optado mediante el sufragio legal por transferir gratuitamente una estatalidad de las más habitadas por el lazo social a las corporaciones globales absolutistas mediante una operación de liquidación y subasta, indiscernible para la conversación pública. Necesitamos renovar esa conversación de una vez. Necesitamos escrutinios en lugar de inculpaciones y resentimientos.

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