Contraeditorial

IA, justicia y tecno-autoritarismo

Quiero aprovechar este espacio para compartir algunos pensamientos preliminares sobre la denominada “inteligencia artificial”. Digo la “denominada” o, si se quiere, la “mal llamada” inteligencia artificial, ya que, en realidad, inteligencias solo hay dos: la inteligencia universal, infinita, inasible y omnipresente del Dios creador, y la inteligencia humana, limitada y terrena, provista por Dios, que nos permite entender, razonar y resolver algunos temas.

Nuestra inteligencia como especie humana nos hace conocer, aprender, abstraer y crear.

Dentro de las dotes de que disponemos, la creación humana ha dado a través de los tiempos numerosos frutos: herramientas, tecnologías, recursos y conocimientos específicos, aplicados a la transformación del entorno y a la mejora de las condiciones de nuestras existencias.

Entonces, la mal llamada inteligencia artificial no es sino una novísima tecnología aplicada a la sistematización rápida e integrada de los conocimientos y las experiencias pasadas. Que la humanidad haya creado nuevos recursos para mejorar y dar velocidad a sus razonamientos no implica que se trate de una sustitución de toda la dimensión cognoscitiva del hombre. Dimensión que, no está de más recordarlo, no se ciñe a los meros conocimientos científicos, filosóficos o religiosos, sino que abarca también la abstracción, la percepción sensorial, la emotividad, la intuición, la elevación y otros tantos.

Es preocupante la insistencia de algunos en “humanizar” a la inteligencia artificial, sosteniendo que será capaz, en forma autónoma, de definir, ejecutar y controlar todos los planos de la vida humana más allá de la voluntad del propio hombre. Justamente, lo que no existe es la mentada autonomía: la inteligencia artificial tiene siempre límites y sesgos que son establecidos por hombres.

Es preocupante la insistencia de algunos en “humanizar” a la inteligencia artificial, sosteniendo que será capaz, en forma autónoma, de definir, ejecutar y controlar todos los planos de la vida humana más allá de la voluntad del propio hombre.

Es cierto que puede complejizar su análisis y ofrecer alternativas para algunos de los problemas que se le plantean en términos de futuro, pero esas alternativas siempre lo serán dentro de parámetros preexistentes concebidos por la propia mente humana.

Pensemos si acaso, bajo el disfraz de esa supuesta autonomía de la IA, no se esconden decisores de carne y hueso que se beneficiarán con un proceso de “delegación”.

En el campo de la justicia, además de la autonomía, se plantea que es incuestionable la imparcialidad y objetividad de la IA en tanto no se apasionaría ni modificaría posturas según lineamientos ideológicos. Los que eso afirman, ocultan que los programas de IA utilizan siempre sesgos y paradigmas para avalar posturas que algunos humanos ya establecieron como correctas.

En esta confusión, que no es ingenua, es posible que terminemos creyendo que una computadora puede ser más fiable que el mejor de los jueces. Temo que sentencias injustas terminen por ser justas en la conciencia social de grupos convencidos acerca de la imparcialidad y eficiencia de la IA.

Como ya advirtió el Papa Francisco, la falacia sobre la supuesta neutralidad quirúrgica de los sistemas de inteligencia artificial permitirá, si no hacemos algo para evitarlo, que poderosas corporaciones generadoras impongan gradualmente nuevos paradigmas civilizatorios de los que luego será muy difícil abstraerse.

En resumen, más que la inteligencia artificial, me preocupa su falsa autonomía y la naturaleza de los proyectos a los que sirve. Por eso, debería alertarnos el paralelismo entre estas nuevas tecnologías y las más recientes ideas deshumanizantes de aceleracionismo, negacionismo y transhumanización.

Las herramientas y las tecnologías utilizadas para buenas ideas y prácticas dignas son de excelente ayuda, pero no olvidemos que fue “la utilidad” de un martillo la que sirvió para clavar los clavos en la cruz de Cristo.

Sorprenden algunas líneas de pensamiento de los principales referentes de las corporaciones que desarrollan inteligencia artificial cuando aluden a modelos sociales, económicos y políticos. Daría la sensación de que asumen como un hecho la destrucción del planeta y de la civilización humana, y que sobre esa base proyectan sus nuevos paradigmas: sencillamente, piensan en irse a Marte, convirtiéndose en extraterrestres.

Cabe preguntarse cómo “razonará” una inteligencia artificial creada por quienes desprecian la justicia social, enarbolan banderas supremacistas, descreen de las luchas igualitarias, niegan el cambio climático y detestan a los migrantes. Tampoco podemos dejar de pensar en la robótica y en su peligroso papel de ejecutor insensible de las decisiones delegadas a la inteligencia artificial.

Ya somos testigos en este complejo presente de las acciones bélicas “pensadas” con IA y ejecutadas por artefactos no humanos. ¿Qué tan lejos estamos de un orden mundial concebido por la oligarquía tecnocrática, regido por la inteligencia artificial y ejecutado por el videocontrol y la robótica?

La democracia está amenazada de muerte si se la limita a una agenda exógena concebida y ejecutada por laboratorios de comunicación. Si a eso sumamos las fake news, las creaciones de realidad virtual y la acción multimediática, el escenario es más que peligroso.

La viabilidad técnica de ese escenario es indudable y su viabilidad política guarda directa relación con el proceso erosivo ejercido sobre la opinión pública a través de las redes, manejadas, no casualmente, por los mismos que diseñan los proyectos distópicos.

La democracia está amenazada de muerte si se la limita a una agenda exógena concebida y ejecutada por laboratorios de comunicación. Si a eso sumamos las fake news, las creaciones de realidad virtual y la acción multimediática, el escenario es más que peligroso.

Por otra parte, no se observa mucha preocupación entre los desarrolladores de IA por resolver los problemas acuciantes del planeta y de la humanidad: el cambio climático, la pobreza, el hambre, la migración forzada, la carencia de agua. Para estos temas las inversiones específicas son comparativamente insignificantes.

Todo parece formar parte de un complejo y preocupante engranaje.

Tal vez, la cuestión estriba en quién le pone el cascabel al gato. Este es un tema central para quienes somos mujeres y hombres del derecho.

Pareciera que los Estados ya renunciaron a controlar los desarrollos de las nuevas tecnologías. Bajo el pretexto de la libertad económica y de la supuesta incapacidad para liderar estos procesos, muchos gobiernos han confiado los controles en los propios generadores de las nuevas tecnologías. En la práctica, gobierna el descontrol y cada uno hace lo que le parece correcto hacer.

La gran definición del presente es si las corporaciones son controladas por los Estados o los Estados terminan cooptados por las corporaciones informáticas. Como venimos repasando, la justicia y la democracia podrían quedar reducidas a su mínima expresión si las nuevas tecnologías carecen del debido control estatal, abriendo las puertas a un período histórico de tecno-autoritarismo.

Los hermanos y hermanas descartados esperan que nuevas tecnologías impliquen para ellos posibilidades de integración y dignidad y no que sean utilizadas para profundizar las asimetrías y negar derechos. Miles y millones de trabajadores también anhelan que las nuevas tecnologías no destruyan sus trabajos y acaben con sus planes de vida.

Si los Estados no regulan las transformaciones estructurales que ocasionará la masificación tecnológica, es muy probable que los hoy trabajadores, penosamente engrosen mañana las filas de los nuevos descartados.

Bajo el pretexto de la libertad económica y de la supuesta incapacidad para liderar estos procesos, muchos gobiernos han confiado los controles en los propios generadores de las nuevas tecnologías. En la práctica, gobierna el descontrol y cada uno hace lo que le parece correcto hacer.

Está en nuestras manos, como magistradas y magistrados, como operadoras y operadores judiciales, poder incidir en la correcta utilización de las nuevas tecnologías. Es necesario un abordaje integral y multidisciplinario del proceso, que sostenga la perspectiva humanista y respete las fronteras éticas.

Debemos impedir que solo el mercado y la ganancia sean los que rijan del desarrollo de la IA, poniendo en peligro nuestra misma existencia. Es imprescindible que pongamos la lupa sobre la inteligencia de quienes desarrollan la “inteligencia artificial”, para garantizar una herramienta al servicio de la humanidad, del planeta y de la paz.

* El autor es juez y presidente del Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y la Doctrina Franciscana (COPAJU). Esta columna es una adaptación de la alocución pronunciada en el congreso de COPAJU “Inteligencia artificial, justicia y democracia”, celebrado el 4 y 5 de marzo en el Vaticano.

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