Contraeditorial

Hiperrealidad

Diecisiete nenas y diez nenes de unos ocho años, ubicados delante de una gigantesca bandera argentina, algunos parados, otros sentados, entonan al unísono una canción. Al mismo tiempo, coordinados, recitan la canción con lenguaje de señas. La melodía de Que canten los niños, de José Luis Perales, empieza a sonar y cantan, la letra es tan maravillosa que sería una imprudencia de mi parte recortar apenas unas oraciones para citarlas en esta columna. Es mejor que la busquen y la escuchen. Que la sientan. Y que sientan, también, qué recorre el cuerpo de un adulto sumido en la cotidianidad nacional, que corrompe con violencia los anhelos más puros y la compasión más innata, al oírla. La experiencia es tristemente majestuosa.

Vale aclarar que el colegio no es marxista-leninista, ni comunista, ni socialdemócrata. Tampoco recibe fondos estatales, ni adoctrina, ni baja línea alguna, ni declara ni posee un enfoque ideológico. Apenas uno cruza la puerta de entrada se encuentra con un enorme cuadro del general San Martín. Más allá hay un mástil. A un costado se apilan unos preciosos mapas de tela. No es presuntuoso, ni humilde. Es lo que es: un colegio del conurbano bonaerense, con genuina enseñanza primaria y secundaria, uno de esos establecimientos que se dedican a abrir puertas sin cerrar ventanas, y que otorgan herramientas para el futuro. La canción continúa. Después de más de una decena de actos escolares uno empieza a familiarizarse con algunas maniobras del lenguaje de señas, y eso está bien, porque entiende que tal o cual movimiento significan tal o cual cosa, y así. Todo se aprende en esta vida, el problema es dónde buscamos, y sobre todo, quién nos enseña. Tan solo unos minutos más tarde, la canción termina. Y entonces la realidad vuelve a su lugar, o sea a aplastarnos, y a uno lo inunda esa triste sensación de saber cuánta distancia hay entre el anhelo de la enseñanza o de la canción, y la realidad.

Lo que angustia, al final y sin dudas, es la patria. Porque los niños aprenden amparados en la confianza, acaso el pilar sobre el que se sostiene no solo la educación sino también la sociedad, cualquiera. Y no, contrariamente, a través de prueba y error. Cuando esa máxima se trastoca, entonces empiezan los conflictos, a corto, mediano y largo plazo. Y eso está sucediendo en este presente complejo: la confianza se pierde porque quienes imparten las normas las rompen. Pienso en una situación cotidiana: mamá, no voy a parar hasta clavarle el último clavo al cajón del pelotudo de Carlitos. La madre, espantada, debe explicar que eso está mal, que a pesar de que las palabras fueran tomadas de un discurso de la máxima autoridad nacional, están mal. Ya lo sabemos: los peores defectos son los de quienes están orgullosos de ellos. Los datos son alarmantes: el Presidente acumula más de cuatro mil insultos en apenas ciento treinta discursos.

Saliendo del colegio, pensativo, recuerdo sin querer una noticia vieja pero constante, lamentable y repetidamente cotidiana: la de un pibe entrando a un colegio norteamericano, con un arma entre sus cuadernos, justo ahí, debajo de la cartuchera con lápices de colores, y empuñándola en un recreo, disparando sin mirar, sin apuntar, sin medir: matando. Pienso: dispara porque eso hacen en ese país, y en algunos otros también, en donde la idiosincrasia de la guerra, de las armas, del acceso y el derecho, no solo figuran en la Constitución, sino también en su ADN. Un arma en Estados Unidos es lo mismo que un libro en una biblioteca, que un pez en el agua, algo normal. En los últimos dos siglos, el país del Norte lleva la delantera mundial en cantidad de conflictos bélicos y armados, y también en cantidad de presos per cápita. Me pregunto qué tan lejos estamos de esa realidad; cuánto tiempo nos separa de confundir libertad con libertinaje. Me pregunto si la libertad es eso, o acaso, todo lo que acaban de cantar veintisiete niños y niñas. A pesar de saber la respuesta, me respondo: la violencia es la sala de máquinas de la tragedia.

Me voy enojando a medida que avanzo por la vereda. Cada paso es una pisoteada. Porque dejando en reposo los gustos personales, y sobrepasadas las preferencias políticas, pienso que es necesario coincidir, al menos, en el espanto. En que la violencia, la falta de respeto y la agresión física o verbal, todas ellas hijas del desinterés, no son, no deberían ser, admisibles.

No todo vale. No todo debería valer. Pisoteo las baldosas como si intentara matar cucarachas, el enojo crece paso a paso. Porque normalizar al bravucón, al violento, al desalmado, es un error social insalvable. La lógica de la guerra jamás debería aplicarse a una democracia, y además, nunca debemos olvidar aquello que dijo Miguel de Unamuno: la lengua no es la envoltura del pensamiento, sino el pensamiento en sí mismo. 

Libertad no es tratar de deficiente mental a quien piensa diferente, ni tampoco eliminarlo; pero cuando se entienden mal los conceptos, entonces resulta casi inevitable equivocar los resultados, y por consiguiente, confundir violencia con autoridad, actitud con aptitud, devastar con desbastar. La canción de Perales vuelve a mi mente. Las palabras, los mensajes, la melodía. Tarareo algunas partes, busco en ellas alguna respuesta a los tantísimos interrogantes que me interpelan. Me equivoco. Me doy cuenta que mi error es igual al que intenta clavar un clavo y termina machacándose un dedo; porque mi error me tuerce, porque probablemente no posea la potestad de él, sino que simplemente esté siendo atravesado por un mal de época. Porque la canción no esconde respuestas, como la galera no esconde conejos: no hay trucos. Es evidente que un grupo de chicos y chicas canten esa canción, algunos incluso hasta alcanzar la emoción, es la respuesta. La única.

El presente es el ápice vertiginoso del tiempo, escribió Jorge Luis Borges. El presente es lo único que tenemos, nada más. El concepto de que el sacrificio nos acerca a un (inexistente) futuro abarrotado de grandilocuencia, no solo es peligroso y voluntarista, sino también – y trágicamente – una falacia grande como un elefante. Una más. La paradoja del gobierno radica en que venden algo que los ciudadanos deben constantemente desacreditar, o comprar tapándose la nariz. En cualquier caso, es válido esperar que fracase, al menos, con un claro y honesto propósito: uno puede ser y hacer muchas cosas en la vida, con el fin de alcanzar un objetivo, pero no todo vale y, en general, quien mal obra mal acaba. Ese sí es un buen mensaje, uno que cualquier padre o madre estaría dispuesto a propagar. 

Nadie posee la capacidad de ver el futuro, ni el derecho absoluto para decir que tal o cual políticas son mejores que otras. En eso se basa la democracia: en el consenso, el respeto, al diálogo. En la diversidad. Por eso es que supongo (espero) que cualquier persona adulta, con mínimo discernimiento, comprende que nada bueno puede surgir del desinterés (político y humano), de la violencia (estatal o familiar), o de la verborragia prepotente y denigrante (política y social). Nada. Deberíamos negarnos a aceptar que esta hiperrealidad de la que somos parte, construida con un fin electoral, y en la que la simulación y la ficción han acaparado la realidad, torciéndola y validando acciones intolerables, se transforme efectivamente en una realidad irremediable. Quizá mañana sea tarde. Posiblemente mañana, a este paso, tampoco podamos distinguir qué está bien y qué está mal, y nos acostumbremos a lamentarnos.

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