Un libro reúne las experiencias de niñas, niños y adolescentes atravesados por el terrorismo de Estado y visibiliza las marcas del horror de la última dictadura que aún laten en el presente.
Hay sueños que no terminan nunca. Sueños que vuelven como escenas aterradoras, como fragmentos de una foto rota que se transforma en pesadilla o anhelo.
“Todas las noches sueño que me encuentro descalza en el colegio… todas las casas de la cuadra están, menos la del medio, la mía”.
“Eli sueña que le entierran los pies en una torta de cumpleaños y la empiezan a trozar”.
“Desde que se enteró que a su papá lo desaparecieron, Loreta sueña que están reunidos en la casa todos juntos”.
“Ale soñó infinidad de veces con ese mismo milico sentado en la puerta de su casa”.
Las escenas pertenecen al texto “Hay un terror a recordar”, de la escritora Ángela Urondo Raboy, publicado en Infancias sobrevivientes, un libro colectivo editado por la cooperativa La Minga, que propone desplazar el centro del relato sobre la última dictadura cívico-militar y obligarnos a mirar allí donde la memoria pública todavía titubea: las experiencias infantiles atravesadas por el terrorismo de Estado. “No es fácil hablar de infancias en dictadura sin atragantarse”, escribe Ángela.

Esa descripción no es casual, ella tenía 11 meses cuando estuvo en el operativo de junio de 1976 en el que asesinaron a su padre, el escritor Francisco Paco Urondo, y la secuestraron junto a su madre, Alicia Cora Raboy.
Pasó por un centro clandestino, por un orfanato y por casi 20 años desconoció su verdadera historia de origen.
Como ella, hubo otros cientos de infancias que vivieron el horror de los operativos de secuestro, o que fueron dejados en centros clandestinos por días, o que fueron torturados, o abandonados en casas vacías, a veces muy chiquitos y sin ninguna alimentación, o dejados en hogares como NN en lugar de entregarlos a sus familias, y que todavía hoy la justicia se niega a tratarlos como sujetos de derecho.
Infancias sobrevivientes reúne trabajos de investigadores, abogados, periodistas y sobrevivientes, entre ellos, Cecilia Goldberg, Pablo Llonto, Luciana Bertoia, Julián Axat, María Toninetti, Mariana Eva Pérez y Florencia Urosevich, que abordan distintas aristas de esta realidad histórica invisibilizada. Lejos de limitarse a los casos emblemáticos de robo y apropiación de bebés –visibilizados gracias a la lucha incansable de Abuelas de Plaza de Mayo y de los organismos de derechos humanos–, el libro propone ampliar el campo de análisis y reconocer la existencia de una trama represiva específica dirigida contra niñas, niños y adolescentes.
En ese sentido, el texto de Ángela funciona como una puerta de entrada sensible y política al problema. Y marca una idea rectora de todos los textos: si bien la represión sobre niñas y niños no fue el objetivo principal de la dictadura, tampoco fue un daño colateral, desmontando así la idea de que se trató de consecuencias inevitables o marginales del accionar represivo.
La autora describe un universo de experiencias marcadas por la persecución, la tortura, el disciplinamiento y la desprotección jurídica, en un contexto histórico donde la infancia ni siquiera era reconocida como sujeto de derecho sino como objeto de tutela estatal.
Desde esa perspectiva, la supervivencia misma aparece atravesada por esa experiencia traumática: “Las infancias en dictadura no salieron ilesas”, escribe Ángela, señalando el carácter generacional del daño y la persistencia de sus efectos en el presente.
No fue un daño colateral
En el capítulo “Somos los invisibles, los no vistos”, la socióloga Florencia Urosevich, investigadora y una de las coordinadoras del área de infancias del Observatorio de Crímenes de Estado (OCE) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), reconstruye, a partir de la sistematización de testimonios judiciales y expedientes de causas por delitos de lesa humanidad, las trayectorias represivas que atravesaron niñas, niños y adolescentes sobrevivientes de operativos de secuestro en el circuito Atlético-Banco-Olimpo (ABO) y las decisiones que adoptaban los grupos de tareas.
El punto de partida de su investigación es, justamente, un desplazamiento en la mirada: dejar de considerar a estas infancias únicamente como “hijos de víctimas” para reconocerlas como víctimas directas de prácticas represivas específicas.
Este corrimiento conceptual no fue inmediato, surgió en el marco del acompañamiento a las querellas en los juicios por crímenes de Estado, cuando comenzó a hacerse visible que los testimonios de quienes habían sido menores de edad durante los operativos estaban siendo convocados únicamente para relatar lo sucedido a sus madres o padres. La pregunta, simple y disruptiva a la vez, sobre qué les había ocurrido a ellos abrió un campo de investigación poco explorado. A partir de allí, desde el OCE, junto a los equipos de los sitios de memoria de ABO, se propusieron revisar uno por uno los testimonios.
El trabajo permitió reconstruir 133 casos de niñas, niños y adolescentes que atravesaron operativos en el circuito ABO y sufrieron diversas trayectorias represivas: abandono, cautiverio, institucionalización, violaciones, amenazas o vigilancia posterior; múltiples violencias que no culminaron en su apropiación.
Lejos de tratarse de situaciones fortuitas, Urosevich describe que estas decisiones se inscribían en operativos planificados mediante tareas de inteligencia previas, lo que permite sostener que la violencia sobre las infancias no fue un efecto colateral del secuestro de adultos sino parte de una lógica represiva que contemplaba explícitamente qué hacer con ellas.
La autora subraya además que la invisibilización de estas violencias no solo dificultó su reconocimiento judicial sino también el propio proceso subjetivo de quienes las atravesaron, muchos de los cuales tardaron años en poder nombrarse como víctimas.
Urosevich explica que la investigación no solo documentó la sistematización de estas prácticas sino que promovió el encuentro entre hijos sobrevivientes de ABO, con el propósito de transformar experiencias vividas de manera aislada en una memoria colectiva capaz de interpelar al Estado, a la Justicia y a la sociedad.
Los doce textos que integran Infancias sobrevivientes proponen ampliar el campo de la memoria para incluir a quienes durante décadas quedaron en los márgenes del relato colectivo. Recuperar esas experiencias implica reconocer que el genocidio no solo se expresó en la desaparición de militantes o en la apropiación de bebés, sino también en la instalación de un clima de terror que modeló subjetividades infantiles, fragmentó proyectos de vida y dejó marcas persistentes.
María Eva Perez, en el capítulo “Infancias víctimas de la Fuerza Área: entre la palabra vicaria y el testimonio afectivo”, describe a través de distintos casos las diferentes formas de afectación sobre los vínculos de apego de la infancia como consecuencia del terrorismo estatal. Desde “desapego forzoso”, un daño específico que produce en las infancias la ausencia de los adultos por desaparición forzada, hasta la tortura de quienes estaban en la panza de sus madres o perdieron la posibilidad de la lactancia. “¿A qué edad se puede empezar a torturar a un niño?”, se pregunta.
El libro invita, así, a revisar las narrativas heredadas, a complejizar los sujetos de la| memoria y a sostener la vigencia de una consigna que atraviesa generaciones: memoria, verdad y justicia no solo como legado histórico sino como tarea política permanente.
* La foto de apertura de esta nota corresponde a la película Infancia clandestina (2011), de Benjamín Ávila, que abordó la dictadura desde la mirada de un niño que vive en la clandestinidad.