¿Qué esconden en verdad las mundanas decisiones del poder? ¿No solo a qué apuntan, o cuál es su intención sino, más aún y sobre todo, de dónde vienen, cuál es el germen que emerge en la decisión de vetar una ley, o promulgar otra? ¿De qué se nutre y qué vomita el alma de los verdugos, el alma de esos que alzan banderas que son todo menos blancas? ¿Qué les pasó cuando eran pequeñas almas indefensas, lo mejor de sus casas o, cuando menos, personas que sentían y crecían y creían en eso de atrapar sueños al vuelo?
Al final, la economía, no es sino la excusa sobre la que sostienen la disruptiva obsesión por exterminar a cualquiera que no se pare en su misma vereda. O mejor: a cualquiera que no se acerque siquiera a poseer lo necesario para ocupar un lugar que indudablemente creen que lógicamente les corresponde, por linaje, únicamente a ellos. En el ávido y provocador juego que ponen sobre la mesa cualquiera acaba cayendo en la partida, jugando, a la defensiva o al ataque, y lo hace, casi por inercia, según las reglas impuestas y todos sus falsos silogismos. Y a pesar de que todos sabemos que hay quienes andan por la vida maquillados para lo ocasión y gritando bien lejos de su propio nido, ya es tiempo de reconocer también que a veces, la única manera que tienen para estar a la altura de las circunstancias, es haciendo que todo vaya mal.
La intención no es un país mejor, ni una patria ancha y larga, libre, justa y soberana, sino, una que refleje una figura similar a ellos mismos: cada cual muere cómo y donde nace, con apellido ilustrado o sin él, con techo o sin él, con la panza llena o el hambre amenazándolo como un polizón. De eso va realmente el supuesto sinceramiento y el desmantelamiento de la justicia social y sus oportunidades: del sentimentalismo de unos cuantos que miran con remembranza y melancolía los años en los que nadie le llegaba siquiera a la suela de sus brillantes y lustrados zapatos. El atropello no es sobre la economía; la economía, en cualquier caso, es tan solo el más antiguo y burdo elemento que accionan para alcanzar la vieja y tan ansiada reorganización social, y que al final del día no hace más que desenmascarar la brutalidad y lo obtuso de su falta de ideales y coherencia. La economía es la excusa, el brazo que usan para atacar la cultura, la moral y, sobre todo, el progreso de la inmensa mayoría.
Es fácil. Sinceramiento es, para ellos: cada cual a la buena de dios, sin políticas que impulsen el crecimiento, la educación, la salud, las oportunidades; sincerar para descubrir que si no naciste en un lugar privilegiado, eso sos y eso serás, ahí vas a quedar, quizá en esa inmensa mayoría del 57,4% de la población, el mayor índice registrado desde el 2004, o quizá en el 5% más rico: qué más da, no es mi problema, a llorar al campito.
Joan Manuel Serrat escribió, en 1970, una bellísima canción titulada Fiesta. La melodía comienza con unos festivos redoblantes y después, en la letra, Serrat describe muy bien cómo, en la noche de San Juan, las miserias se iban a dormir y cada cual, el noble y el villano, el prohombre y el humano, bailaban y se daban la mano, sin importarles la facha. Y que después, cuando terminaba la fiesta, el pobre volvía a su pobreza y el rico a su riqueza, aunque por una noche se habían olvidado que cada uno es cada cual. Quizá, después de todo, y elucubrando, a eso se refieren aquellos que dicen, ahora, que se terminó la fiesta, o que hay que pagarla, o saldarla. Quizá así lo ven, o así lo sienten, aunque el sentimentalismo parezca algo de lo que carecen, y volvieron entonces para defender su posición de espantapájaros clavado en el medio de la cosecha. Quizá deberían sincerar sus intenciones que no son, como dicen, las de no asistir desde el Estado, sino, la de pisar con él. Es peor que lo sospechado: no se trata de no fomentar la igualdad, sino de aborrecerla y frustrarla. Un estado chico, pero empecinado en desengañar y destruir. Quizá, al final, no sólo tienen rencor, odio y picazón, sino también, una buena porción de temor.
