Contraeditorial

El precio de una promesa

Cuando René Lavand movía las cartas con su única mano a la velocidad de las tortugas, con esa clase de agilidad por persistencia y no por ligereza, engañaba con una facilidad envidiable, con una simpleza digna de admirar. El engaño estaba ahí, a la vista de todos, pero era tan molesto, tan frontalmente expuesto, y lento, que el enojo formaba parte de la ecuación y funcionaba como el aliado perfecto para que el testigo dejara realmente de observar. Nada mejor que un berrinche para olvidar rápidamente lo importante. Nada mejor que esconder algo a la vista de todos.

En la Argentina está sucediendo algo similar. Lentamente, a la vista de todos, con el consenso necesario y obligatorio, y no sin un buen caudal de enojo fabricado artesanalmente golpe tras golpe, el truco nos embaucó para trocar la política por lo político. Algo tan simple -parece un juego de palabras- esconde, como Lavand, un truco majestuoso. Dejamos de apreciar, cuestionar y exigir políticas, para distraernos con lo político, el ruido, la forma en la que el presidente lo llama a tal o cual, o cuántos tweets metió esta madrugada, o qué relojito lleva en su pulsera el jefe de gabinete (si es que al momento de publicarse esta columna todavía subsiste en su cargo), o qué hace y qué no un asistente, o si el tres por ciento, o cuánto.

Las discusiones no están mal, son necesarias. Son cuestiones importantes, que no hacen al todo -no todavía-, pero sí son una cadena de detalles (y no tanto) que al final pintan de punta en blanco la radiografía de los empleados estatales que toman decisiones que nos salpican a todos. Porque sí: nos salpican. Una cosa es cierta: si bien están mal todas y cada una de las acciones de las que se acusa a cada participante circunstancial del gobierno nacional, lo cierto es que poco importa. Es para una charla de café, poco más, y terminará -en el mejor de los casos- con algunos de los involucrados condenados a prisión. Pero mientras eso sucede, mientras discutimos con obstinada decisión los pormenores del gobierno, los chismes de lo político, se pasan de largo como por un tubo las cosas importantes: la política. ¿Se acuerda alguien, acaso, de la política y las políticas? El truco está a la vista de todos, a veces es más evidente, a veces menos, pero ahí está; basta con alejarse un poco, con quitarse como harapos algún que otro precepto, algún que otro enojo, algún que otro desencanto, y aparece mágicamente, igual que si frotáramos una lámpara.

Y cuando alcanzamos ese punto, el truco no se devela, pero sí las formas para consumarlo. Y es un esquema Ponzi. Ya sabemos: uno convoca a otro prometiéndole el oro y el moro, casi sin costo, así tanto como un voto, y convencido de la rentabilidad, o de los beneficios, o de que eso lo llevará a ese argentino a ser un alemán o un norteamericano en menos de lo que canta un gallo, pone ese voto, lo mete con envión, y después convence a otro rápidamente porque bueno, vamos, es tan fácil: un ciudadano vale lo que un voto. El flujo de votos, de apoyo, se hace líquido y corre como sangre al río sin que nadie la detenga porque, claro, sepa usted, seremos España en diez años, Alemania en solo veinte, óigame y cuánto cuesta esto, sencillo: un voto. Y es lógico: ¿quién en su sano juicio no lo haría, no correría a hacerlo, a defender ese futuro que les han prometido? ¿Cuánto vale una promesa? ¿Cuánto cuesta una promesa? Poco y mucho, en ese orden, en este contexto. Y entonces, la realidad punzante e inequívoca. El flujo se ralentiza. La confianza se resquebraja. España queda cada vez más lejos. Estados Unidos ni te cuento. No se puede hacer más lento; la frase parece, ahora, un chiste de mal gusto, un presagio escandaloso. Y sin embargo, nadie se dio cuenta. El truco, evidente, sigue siendo un misterio.

¿Te acordás hermano, qué tiempos aquellos? ¿Cuándo la política era un tema de discusión, y no en cambio, uno de disuasión? ¿Cuándo se debatía el mejor camino, el más prometedor, el más inclusivo, el más universal? Ahora discutimos si la cascada del jefe de gabinete que desemboca en la pileta es de acero inoxidable o de mármol travertino. Pobre Patria mía. Lo han logrado, los inmorales nos han igualado. Y con nuestro propio consentimiento.

Es cierto que la política es el resultado, en mayor o menor medida, con más o menos exactitud, de la sociedad a la que representa. Y es cierto también, que en ese juego la política ha cruzado todos los límites morales y éticos en pos de alcanzar los objetivos que sean que se propongan. Como también es cierto que la sociedad, probablemente agotada, seguramente desencantada, y ciertamente ingenua, ha decidido dejar de involucrarse. Depositar no solo el voto en tal o cual, sino también, una confianza sin amparo, sin responsabilidad y, sobre todo, sin culpa. Ese es el truco. Haber interpretado que a la mayoría no le importa la política (ni lo político por caso), sino otras cosas. El abanico es interminable. Y haber interpretado, también, qué heridas apretar con la punta del dedo, para después guiar a los espantados hacia los propios molinos. Y que nadie se sintiera operado. El truco, Lavand, es sencillo: darle a las personas lo que verdaderamente quieren. Y eso que quieren, y que cada día que pasa lo quieren con más desesperación y obstinación, es ficción. Sentir, no saben muy bien cómo ni con qué pretexto, que el que gobierna es un ser extraterrestre, que debe solucionar y al que no se le puede exigir (eso se especifica en el preámbulo del truco) porque si miran para atrás, recuerden, los fantasmas del pasado. El truco es mentir.

Pero como a todo buen y respetable prestidigitador, las historias eventualmente se le agotan. Como todo, en esta vida, es una cuestión de tiempo. El truco queda al descubierto, la memoria no es un lugar donde escarbar para rescatar, y de repente, de atrás de un árbol, se aparece esa mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus. El desengaño. Es un loco que ha descubierto el truco. Somos nosotros, lentos.

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