Contraeditorial

El dolor después del dolor

Todo ha cambiado a partir de la invasión a Venezuela. Aquí se inicia una nueva modalidad de justicia internacional, de tutelaje colonial por el cual Donald Trump se va a apropiar de los recursos naturales donde y cuando a él se le ocurra. Al que molesta se lo interviene, se lo invade. ¿Será el mismo curso que tomarán Rusia y China? No lo sabemos. Sí sabemos que Israel lo había hecho antes, amparado por Trump, que relocalizaría a la población palestina, con indemnizaciones de 3.000 dólares, en otros países, dejando atrás montañas de escombros y cadáveres. El mundo reaccionó con movilizaciones, tal vez fue el testeo previo a está nueva invasión.

La derecha adora tres verbos: prohibir, ejecutar y desaparecer. Son una santísima trinidad que se caracteriza por su soberbia y crueldad, aún en los pequeños retos que ve en su horizonte. Esos intersticios pueden provocar una molestia, mínima, pero si se los asocia a la desatención de programas asistenciales, veremos que son una persecución persistente y coherente. La idea es que te sientas mal por todos lados, que estés afuera, como el último Joker del cine, roto y desquiciado (vale el femenino también y el inclusivo). Hay personas por las que nos preocupamos, que a ellos no les preocupan; hay personas por las que militamos y hacemos política que están presas. No dejan espacios, ni grandes ni chicos, libres de ser azuzados.

Tal vez las pretensiones de la paranoia nos lleven a pensar en un plan ejecutado paso a paso, que nos va debilitando de a poco. En Ecuador, persiguiendo a Correa e instalando una sucursal imperial. En Argentina, encarcelando a CFK cuando se lanzaba a la rueda electoral. Estados Unidos dio la orden al prohibir su entrada a ese país. La orden clara para que nuestros alcahuetes del poder judicial la encarcelaran. El hostigamiento a Brasil y México también es parte de esta ofensiva. 

Así andan por las calles, acechando como en Mar del Plata a quienes duermen a la intemperie, corriéndolos, evitándoles el sueño, subiendo videítos que exponen con orgullo cómo los obligan a deambular.

Me gusta escribir en Calibri 16 mis artículos, notas e informes. Increíblemente me acabo de enterar que la administración Trump prohibió para escritos oficiales esa tipografía, pues la considera woke. Por lo cual, esta debe ser erradicada de cualquier comunicación oficial. 

El diligente hijo de cubanos gusanos Marco Rubio se puso manos a la obra, institucionalizando a la más burocrática Times New Roman. Ocurre que en la administración Biden eligieron la ahora polémica letra después de hacer algunos estudios que demostraron que era mucho más accesible a las personas con discapacidad visual. La Calibri carece de elementos decorativos, que resultan distractivos y complejizan la lectura. Precisamente es mi elección por esos motivos y me alegra utilizarla, aunque sea de casualidad. Son sucesiones de dolores, de pequeños a grandes, que solo buscan debilitar, en forma doméstica y permanente. Mantenernos inertes y sin reacción.

El futuro traerá películas como El huevo de la serpiente. Y, muchísimos años después de la catástrofe, comentaremos en un café cómo el mal se apoderó de nosotros, a través de pequeños experimentos.

Ante la desaparición y ocultamiento que ejerce la derecha por suerte somos muchos los que hacemos ejercicios de memoria.

En nota anterior, contaba que Milei se había hecho cargo de ordenar la prisión de CFK. Ya pasó una semana y ningún fiscal levantó el guante para investigar, ni escuché muchas voces de protesta ante semejante jactancia por una ilegalidad. Debo ser justo y decir que el único del cual leí algo al respecto fue Joaquín Morales Solá. Lo decía preocupado, pensando en la violación de la división de poderes. Es decir, ejerciendo la corrección política, no vaya a ser que aparezca un valiente que se le ocurra investigar. Milei fue claro, dijo que fue “el primer presidente que metió presa a Cristina”, que es lo que quiere que se escuche. Un modo de afirmar que fue el que tuvo las bolas de hacerlo, el que se animó. Porque él cumple con lo que dice, no retrocede, es fuerte y va a arrasar con todo el kirchnerismo y el comunismo internacional. Lo dijo y saltó en garrocha a la Corte Suprema de Justicia, ese adorno engolado del servicio de justicia nacional.

Pero a la luz de los hechos y de las charlas que debe tener Milei con quienes deciden invadir países donde hay un gobernante díscolo, lo de Morales Solá es el asombro de una tía coqueta a la hora del té, cuya indignación servirá para prolongar una conversación de gente indignada y bien pensante.

La idea del Cartel de los Soles es algo digno de Homeland, y la operación de extracción de Maduro, también. Nos acostumbramos a ver lo que pasa en las series de Netflix, y los algoritmos son la base legal de ese mundo sin ley al que venimos bautizando Nuevo Far West.

¿Quién estará a salvo ahora? ¿México?, donde abundan los carteles. ¿Lula?, que hace poco vio como corría la sangre en sus favelas por el capricho de un gobernador bolsonarista, que se anticipa a visualizar el enemigo interno. ¿Colombia?, presidida por ese hombre digno, que defiende la naturaleza, el ambiente, la salud de su pueblo, pero al que Trump acusa de narco. Por él van.

Venezuela parece ser aquello que nuestro querido pensador Edgardo Mocca nos contara después del estallido del 2001, que se planteó en un editorial de La Nación, al cual solo su aguda visión le dio bola. Allí se decía que la Argentina debía ser sometida a un experimento de gobierno gerencial elaborado por expertos de otros países.

Como en la Argentina se cree que Perón les dio las obras sociales a los sindicatos, el mundo cree que Chávez creó PDVSA, nacionalizando el petróleo. Pero ese fue Andrés Pérez, a quien Chávez destronó. De ahí que ahora los norteamericanos quieran recuperar sus empresas. Mientras que tenían un títere que nacionalizaba de mentirita, todo bien. Ah, me olvidaba: Onganía le dio a Vandor las obras sociales para que traicionara a Perón. Un tiro por la culata.

Qué van a decir los circunspectos miembros de la Corte Suprema de Estados Unidos y el Congreso de la gran democracia del norte sobre esta violación del derecho internacional. Cómo la Argentina, que apoya esta barbaridad, va a defender la soberanía de las Malvinas.

Qué vamos a hacer nosotros y nuestras fuerzas políticas cuando Estados Unidos nos empuja hacia un conflicto mundial con el que no tenemos nada que ver. Aunque para nuestro presidente, genuflexo con el Estado de Israel en su política de alineamiento irrestricto a los designios de Trump, ya estamos adentro. Y por eso compra aviones que no pueden invadir territorio malvinense porque sus sistemas se lo impiden. Son como esos perros de country a los que sus amos adoran y les prodigan selfis, pero les ponen un collar que, cuando cruzan a lo de los vecinos, les genera una descarga de martirio que los convence de regresar a la postal feliz en el jardín permitido.

En estos días hemos presenciado un show digno de las series que acostumbramos ver; solo ellos lo pueden hacer.

La orquestación de un plan de persecución es algo muy viejo: se instala un tema en los medios y la Justicia oficia de subsidiaria. No en vano Mitre creó la Corte Suprema, casi junto con el diario que se postulaba como “tribuna de doctrina” y que hasta el día de hoy comparte desayuno con todos los magistrados. Ellos pueden adoctrinar siempre; es un privilegio de los dueños.

Esto es un desafío para todas las fuerzas políticas populares del país. Lo que busca el poder del norte, que se piensa como patrón absoluto del continente americano, es destruir este enclave chúcaro, que no puede encontrar el rumbo. Y la falta de rumbo es una debilidad que ellos alientan. 

Es preciso darse cuenta contra quién peleamos, hacer una muy buena caracterización y saber, cómo el viejo Fierro, que los de afuera esperan, cuchillo y tenedor en mano. Es el dolor después del dolor.

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