La culpa la tiene, la tuvo y la tendrá, Perón; pero que paguen los jubilados y las jubiladas, la clase media, la baja, la de más allá y la de más acá, la casta (vaya uno a saber qué es la casta), las pequeñas y medianas empresas, los trabajadores y las trabajadoras, el arte, la ciencia, la educación. La culpa la tiene, la tuvo y la tendrá, Perón, y esa tan estrafalaria idea de gobernar para las mayorías, de instaurarles en las cabezas que pueden algo mejor, que quieran algo mejor, que lo pidan, lo consigan, lo defiendan. Hay una verdad evidente: sin Perón no existirían personajes siniestros y oscuros como el actual presidente; sin él no existirían, como resultado a sus políticas y sus derechos (poco merecidos, dirán, o injustos y fastuosos), políticas dispuestas a hacer que paguen justos por pecadores, o a sacarle el pan de la boca a un niño (al menos un millón se van a dormir sin cenar), o los remedios a una jubilada, o los ahorros, o lo que sea que tengan y que no deberían tener porque, bueno, Perón. Hace falta la noche para ver las estrellas, así como hace falta Milei para ver a Perón. Y a pesar de eso, del vacío temporal que se genera entre ambos, como el huevo y la gallina, al final del día, sometidos ante el tortuoso peso de la realidad, es necesario pararse frente al espejo, o bien disertar en soledad mientras caminamos, y preguntarnos: genuina y honestamente, ¿en qué clase de país queremos vivir? Y tomar este escueto párrafo como una introducción, o quizá una excusa, o un contexto, para después despejar por fin el ruido, quitar los sustantivos propios, los eufemismos que intentan suavizar lo desgarrador, y volver a preguntarse lo mismo, una y otra vez, hasta que la pregunta sea obscena, y la respuesta obligatoria. Ni de derecha, ni de izquierda, ni Perón, ni Mauricio, ni K, ni de centro, ni unitarios, ni federales; en verdad y tan solo, simple y sin preconceptos, ¿en qué clase de país queremos vivir? La respuesta sorprenderá.
De los tristemente memorables acontecimientos del pasado miércoles, y mientras en el interior del Congreso de la Nación ochenta y siete diputados validaron el veto Presidencial a la nueva fórmula jubilatoria, quedó una fotografía, que es también el registro de una época, del actual mandato y sus políticas. La imagen fue tomada desde las alturas, y en el centro de ella, aparece una mujer, una jubilada, recostada sobre el cemento; a la izquierda un camión hidrante, verde, y cientos de agentes policiales con cascos y escudos; a la derecha un puñado de jubilados y jubiladas, más policías, y periodistas.
La fotografía es brutal, no solo por lo que narra, sino también, y más aún, por lo que advierte: que buena parte de la sociedad parecería estimar que no se va a jubilar nunca, o bien actúan en consecuencia de esa suposición, desinteresadamente, creyendo que los jubilados y las jubiladas de este país son extraterrestres que llegaron al cono sur, más precisamente la Argentina, para quedarse con las escasas, delicadas y finitas arcas del estado nacional; el mismo Estado que veta trece mil quinientos pesos de aumento y que después otorga bajo la mesa cien mil millones de pesos a una agencia de inteligencia.
Ironías aparte, la Argentina no transita una época oscura, únicamente por el Presidente, sino también por una sociedad indiferente, que se atreve, con esmero y sin espasmos, a ignorarse a ella misma. La culpa la tiene, la tuvo y la tendrá Perón, eso ya lo sabemos, por eso de andar regalando derechos, consolidando mejoras, haciéndole creer a un jubilado que puede vivir dignamente, pero más aún, actualizado al hoy, la culpa la tiene, ni más ni menos, que Cristina Fernandez de Kirchner; esa ex mandataria que en un halo de grandilocuencia y demagogia “jubiló a gente que no laburó en su vida” y por ende, egoísmos e ignorancia aparte, la masa de jubilados es mayor, y donde antes cobraba uno, ahora cobran dos.

Menudo cinismo de patas cortas. De víctima a victimario, en un mandato: el gobierno nacional es especialista en eso de convertir un reclamo justo, acorde y coherente, como el de los jubilados, en un articulado desatino que pretende quebrar el hipotético déficit fiscal cero; o en eso de poner en jaque a la educación, arrinconándola sin pruebas ni evidencias, para justificar el triste y absurdo desfinanciamiento que llevan adelante. Y todo eso con el aval o la indiferencia, que al final son la misma cosa, de buena parte de la sociedad, por culpa de Perón, y de una mayoría de congresistas que fueron votados para defender intereses, y no para crear abandono. Al final, quizá tengan razón en eso de que se terminó la fiesta; entendiendo que fiesta era vivir, y esto, este presente, sobrevivir.
Ahora en serio. Ahora sin ironías. Ahora con dolor. ¿Qué pasa en la Argentina, en donde la policía, lejos de cuidar a la sociedad, la reprime? ¿En donde los jubilados y las jubiladas reclaman una mejoría en sus haberes, y lo único que reciben son palos y gases lacrimógenos? ¿En donde una nena de diez años, sentada en el suelo, recibe una descarga de gas en la cara? ¿En donde quienes deberían defender a la sociedad, la juzgan, la castigan, la arrodillan, y más tarde, la reprimen? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Dónde nace la indiferencia del conjunto de la sociedad, y dónde el enojo que parece justificar su desdén? En fin: la culpa la tiene, la tuvo y la tendrá, Perón. O no, vaya uno a saber.