Contraeditorial

Borrados del mapa

Hay expresiones que nacieron como metáforas y que, de pronto, dejan de serlo. “Borrar del mapa” era una de ellas. Significaba derrotar, hacer desaparecer, arrasar. Gaza obliga a leer esas palabras de otra manera. Hoy podemos abrir una pantalla, acercarnos desde el espacio y comprobar cómo barrios enteros que estaban allí hace tres años dejaron de existir. Donde había casas, calles, hospitales, escuelas, universidades, mezquitas, comercios y árboles, aparecen manchas pardas, escombros, caminos abiertos por máquinas militares y enormes extensiones de carpas.

La guerra empezó después de la atrocidad cometida por Hamás el 7 de octubre de 2023, cuando unas 1.200 personas fueron asesinadas en Israel y 251 fueron secuestradas. Nada puede relativizar aquellos crímenes. Pero tampoco aquel horror puede convertir en invisible lo ocurrido después. Tres años más tarde, el territorio muestra una devastación de una dimensión difícil de encontrar en la historia reciente. Más de 74.000 palestinos han muerto y más de 175.000 resultaron heridos según el Ministerio de Salud de Gaza, cifras utilizadas también por organismos y agencias internacionales.

Ahora existe además un testigo que no duerme, no tiene nacionalidad ni puede apartar la mirada: el satélite.

El Centro de Satélites de Naciones Unidas, UNOSAT, calculó que al 16 de junio de 2026 habían resultado dañadas 201.290 estructuras, alrededor del 82 por ciento de todas las construcciones de Gaza. De ellas, 134.422 estaban destruidas completamente; otras 13.848 gravemente dañadas; 28.096 presentaban daños moderados y 24.924 posibles daños. Se estimaban además más de 328.000 unidades habitacionales afectadas.

No hace falta imaginarlo. Se puede mirar.

Las imágenes recientemente disponibles en GoogleMaps permiten recorrer Tel al-Sultán, Rafah, Jabalia, Shujaiya, la Ciudad de Gaza. Lugares que en 2023 tenían la textura reconocible de cualquier ciudad —manzanas, avenidas, techos, patios— aparecen convertidos en superficies grises. En Tel al-Sultán, por ejemplo, las imágenes de febrero de 2026 muestran un territorio en el que apenas permanecen algunos edificios. Fotografías satelitales todavía más recientes muestran que incluso después continuaron desapareciendo construcciones.

El dato adquiere otra dimensión cuando se conoce la potencia material utilizada para producir esa transformación. Un informe presentado en febrero de 2026 por el relator especial de Naciones Unidas sobre el derecho a una vivienda adecuada sostiene que durante casi dos años fueron lanzadas sobre Gaza más de 200.000 toneladas de explosivos. El propio informe compara su energía total con aproximadamente trece bombas parecidas a la que se lanzó sobre Hiroshima. También señala que más del 92 por ciento del parque habitacional resultó dañado o destruido.

Pero una ciudad no es solamente un conjunto de edificios. Una ciudad es también la posibilidad de curarse, estudiar, recordar, rezar, encontrarse y transmitir conocimientos.

Por eso impresiona tanto observar desde arriba el hospital Al-Shifa. En las imágenes anteriores a la guerra se distinguen sus edificios, la escuela de enfermería, las instalaciones sanitarias. Después aparecen sectores enteros devastados. Lo mismo ocurre con otros hospitales. La evaluación realizada conjuntamente por Naciones Unidas, la Unión Europea y el Banco Mundial estimó en 2026 que más de la mitad de los hospitales de Gaza no funcionaban y que prácticamente todas las escuelas habían sido destruidas o dañadas. Calculó además en 71.400 millones de dólares las necesidades de recuperación y reconstrucción para la próxima década.

Hay una palabra que comenzó a utilizarse para explicar otra dimensión de esta destrucción: escolasticidio.

No significa solamente bombardear una escuela. Significa destruir las condiciones que permiten a una sociedad transmitir conocimientos y reproducir su vida cultural. Matar docentes y estudiantes, arrasar universidades, bibliotecas, archivos y laboratorios; dejar a cientos de miles de chicos durante años sin educación. La Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas documentó que, ya para febrero de 2025, 403 de los 564 edificios escolares de Gaza habían recibido impactos directos y que decenas de edificios universitarios estaban completamente destruidos. UNICEF informó después que el 95,5 por ciento de las escuelas de Gaza estaban dañadas o destruidas.

Destruir una universidad es destruir un edificio. Destruir todas las universidades de un territorio significa algo diferente: atacar también su futuro.

Allí aparece inevitablemente la palabra que durante mucho tiempo provocó discusiones diplomáticas y jurídicas: genocidio. Israel rechaza esa acusación y sostiene que su campaña militar estuvo dirigida contra Hamás. Pero en septiembre de 2025 la Comisión Internacional Independiente de Investigación creada por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas concluyó que existían fundamentos razonables para determinar que las autoridades y fuerzas israelíes habían cometido y continuaban cometiendo actos de genocidio contra la población palestina de Gaza. Entre ellos señaló asesinatos, graves daños físicos y mentales y la imposición deliberada de condiciones de vida capaces de provocar la destrucción del grupo.

Lo estremecedor es que una parte de la discusión ya comienza a producirse también dentro de Israel.

En Israel hay una discusión en torno a si Netanyahu sabía o no de los atentados que realizó Hamas el 7 de octubre. El ex jefe de inteligencia militar israelí, Aharon Halina, anunció demandar por difamación al Primer Ministro, este lo acusa de haber estado al tanto y no avisarle, y este sostiene que, sí le avisó en tiempo y forma, siendo Netanyahu quien no compartió la información.

El documental NAZA, de los realizadores israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, recoge testimonios de 24 integrantes y exintegrantes de los aparatos militares y de inteligencia israelíes. Hablan de sistemas de vigilancia, inteligencia artificial y selección masiva de objetivos. El propio nombre de la película proviene de una expresión utilizada para estimar el número previsto de víctimas civiles en un ataque. El filme recibió una ovación de alrededor de 25 minutos en el Festival de Venecia. El ejército israelí rechazó categóricamente sus acusaciones y afirmó que realiza esfuerzos para reducir las víctimas civiles. Pero quizás lo decisivo del documental sea otra cosa: quienes hablan no son palestinos denunciando lo que padecieron, sino israelíes describiendo desde adentro cómo funcionaba parte de aquella maquinaria.

Hay algo profundamente inquietante en nuestra época. Nunca dispusimos de tantas herramientas para mirar y, sin embargo, seguimos siendo capaces de acostumbrarnos a lo que vemos.

Los satélites nacieron asociados a la conquista del espacio, a la comunicación, al conocimiento del clima, a la posibilidad de observar nuestro pequeño planeta desde una distancia que alguna vez nos hizo pensar que éramos una sola humanidad. Hoy una de esas tecnologías nos permite contemplar el resultado de nuestra propia barbarie.

Acercamos la imagen. Primero aparece el Mediterráneo. Después Gaza. Seguimos ampliando. Ya no vemos un territorio sino una ciudad. Bajamos un poco más: un barrio. Luego una calle. Allí hubo alguna vez una casa. En esa casa alguien comía, dormía, discutía, estudiaba, amaba. Alguien tenía una mesa, fotografías, una cama, una ventana desde la cual miraba el cielo.

Ahora queda un rectángulo gris.

Los mapas suelen decirnos dónde están las cosas. Los nuevos mapas de Gaza nos dicen también dónde estuvieron.

Tal vez ésa sea una de las imágenes más terribles que nuestra época dejará para el futuro: mientras decenas de miles de seres humanos eran borrados de la vida y centenares de miles perdían sus casas, desde cientos de kilómetros de altura una cámara iba registrando metódicamente su desaparición.

Los borraron del mapa.

Y el mapa quedó como testigo.

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